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EL BLOG DE FRAN

 

 

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La selva negra

16 de Octubre de 2006

Quedamos en hablar de la selva negra.

Tomando un autobús que era más malo que el caballo del malo tardamos unos 45 minutos en llegar al corazón de la selva negra. Que se llama negra por una razón diametralmente opuesta a aquélla por la que se les llama negros a los agujeros que hay en el espacio: porque la luz no entra de lo espesota que está la vegetación. A los agujeros negros se les llama negros, sin embargo, porque la luz no puede salir. Es tal el poder gravitacional que la estrella colapsada ejerce que atrae hasta a la luz. ¡Qué fuerte! ¿no? Casi es difícil hasta concebirlo. Brruuuuuufff!

Pues ahí anduvimos por esos andurriales el Txus y yo, calándonos las zapatillas de domingueros que llevábamos porque por el camino principal por el que bajábamos discurría un pequeño riachuelillo. Bajábamos mirando más hacia abajo que hacia el frente para no dislocarnos un tobillo de la manera más tonta, que todavía nos quedan muchos caminos por recorrer.

Las fotos que pueden apreciarse en el blog siguiente nos la sacó un “dedo inocente” elegido de entre un grupo de franchutes que merodeaban por los alrededores (Francia queda realmente cerca de la selva negra, nos dijo un franchute mientras señalaba al horizonte con el dedo).

Después de esa travesía por el monte volvimos a Baden-baden a darnos un baño en las termas. Hay dos clases de balnearios: uno de ellos (creo recordar que se llama Cara Vitalis ) está ambientado como si fueran unos baños romanos clásicos, y el otro (Las termas de Caracalla) tiene un diseño más moderno, así como más artefactos para el placer. Le enseñé al Txus la cúpula del primero mientras el tío de la ventanilla nos invitó a comprar unas entradas. Nos animaba diciendo que la zona era nudista, pero separada por sexos, lo cual tampoco es nada del otro mundo, así que nos piramos educadamente por donde habíamos entrado.

Fuimos entonces al segundo edificio del placer y el relax y ahí nos quedamos: 12 euros por tres horas de Spa con derecho a baños, saunas, aguas termales, lavabos para los pies, duchas de agua fría y caliente, tumbonas calientes, jakuzzi y un montón de atracciones más que no sé ni si tienen nombre. Sobre los pormenores de estos placeres os remitiré al Txus, que me consta que ya tiene la pluma caliente para escribir algo sobre ese aspecto.

Os dejo ahora con una foto del Coliseo que recientemente me ha mandado mi amigo, el Heri, que hace poco estuvo en Italia para practicar el italiano con vistas a sacarse 5º de la EOI. Me consta que aprobó. Desde aquí le felicitamos.

 

Una semana con el Txus

14 de Octubre de 2006

Aquí estamos de nuevo con los blogs. Pido perdon a mis fieles y ávidos seguidores, pero podríamos decir que esta semana el blog de Fran ha estado cerrado por vacaciones debido a una buena causa: como saben, hemos recibido en estas tierras bárbaras al no menos bárbaro Txus, que nos ha deleitado con su visita y se ha deleitado a sí mismo con la belleza facial de las alemanas, que pasean con sus bolsitos y con su culito embutido en un pantalón vaquero por la calle principal de Heidelberg. La cara maquilladita con mucha delicadeza y las rayitas en los ojos realzando más, si cabe, su expresividad. Sí, señores, el Txus, catedrático en sexología práctica y técnicas de cortejo, ha dado sus vistos buenos -¡vaya que los ha dado!- a las viandantes de la HautpstraBe . Incluso ha llegado a la conclusión de que, a pesar de que las suecas tengan todavía un rostro más fino y delicado, la chispa y picardía de las alemanas las hace preferibles.

Todas las mañanas, mientras Fran trata de descubrir por qué los romanos exigían la entrega física de la cosa vendida para entender transmitida la propiedad –requisito que ha llegado hasta el Código Civil de nuestros días como botella que llega a isla desierta-, el Txus se paseaba la calle principal y hacía más estudios antropomórficos que los de Corporación Dermoestética. Ir andando por esa calle con el Txus -o con cualquier tío que no se haya acostumbrado a estos bellezones- es como ir patrullando por Basora con el comandante de una unidad de los Marines:

-¡A la izquierda!, ¡A la derecha!, Ui, Ui, ¡Por detrás!, ¡fíjate bien! ¡Qué peligro tiene! ¡A tu izquierda! ¡A las seis! Ten cuidado, ¡disimula! ¡que no te vea! Uf Uf Uf

Lo monumentos de piedra no le interesan al Txus. Sólo los de carne y hueso. Si subió al castillo fue porque finalmente lo hicimos en funicular. Oír que una persona manifieste abiertamente que no le gustan los monumentos y que prefiere ver los de carne y hueso es excepcional. Creo que es porque poca gente tiene la suficiente seguridad como para afirmarlo. Un porcentaje no desdeñable de los turistas que visitan museos y ciudades como locos no están realmente interesados en lo que ven o, por lo menos, no les causa la misma impresión o no disfrutan lo mismo que viendo una chica guapa. Estoy seguro de que muchos lo hacen por snob o por la presión social de que no se les tache de incultos, pero no porque disfruten del arte o de la arquitectura en sí mismos.

Cuando uno va a Roma a ver el Coliseo no vuelve contando que se construyó bajo la dinastía de los Flavios –por eso se llama también anfiteatro flavio-, bajo mandato de Vespasiano, allá por el año 75 d.C, o que algunos dicen que se llama Coliseo porque allí había una estatua colosal de Nerón o porque había un lago que etimológicamente suele conectarse con el nombre. Tampoco te hablarán seguramente de sus dimensiones o de sus rasgos arquitectónicos. Simplemente aparecerán con la foto y dirán expresa o implícitamente “que ellos estuvieron ahí”. Ese es el mensaje. El turista busca la aprobación o la alabanza de sus familiares o amigos por haber visto el Coliseo. El Coliseo en sí mismo le importará seguramente un pito si no es por la aprobación que ello conlleva. No pondrá la Construcción del Coliseo en contexto ni se preguntará por la función política que cumplía o por el emperador de turno que mandó construirlo.Nunca.

En cierta ocasión vi en Mérida un “arco de Trajano” que fue levantado en fechas que no coincidían con el mandato de Trajano. Nadie se preguntó por qué (yo no lo quise preguntar por no parecer listillo (síntoma de inseguridad mía) –la gente te censura por ser muy tonto, pero también por ser muy listo-). Todos señalaban con el dedo y lo fotografiaban mientras decían: “Mira, el arco de Trajano”. Y luego son estos mismos los que te apuntan con el dedo cuando dices que no te interesa ver monumentos (cuando lo que es realidad no me interesa es verlos sin un bagaje cultural previo) como es mi caso en muchos aspectos. Te llamarán “inculto”, ¿no? En el fondo es una crítica por no seguirles el juego. Por diferenciarte. La gente tiene un miedo atroz a las personas sui generis . Sí, creo que, de la misma manera que sólo un ajedrecista puede disfrutar de una partida de ajedrez, no disfruta de la misma manera ante el Coliseo un arquitecto que un profano en la materia, como yo.

Así que si el Txus dice abiertamente lo que todos esconden y le resbalan las eventuales críticas o los potenciales juicios, olé por él, porque eso es síntoma de madurez y de no dejarse llevar.

Contaré otro día nuestra aventura en Baden-baden. Por ahora, adelanto unas fotos.

 

Txus y Fran en la Selva negra

 

A Baden-baden

6 de Octubre de 2006

Pues bien, amigos. Oficialmente ha llegado el día D, aunque la hora H todavía está por llegar. No, no me refiero a la hora del programa de Cuatro de esa mujer tan simpática. Me refiero al encuentro de los dos elementos que escriben en esta página: el Txus y el Fran.

La hora prevista de la llegada del Txus a Stuttgart está programada para las 16.20 de la tarde. Ahí estará el servidor –no el de internet, sino éste que escribe- para guiarle por esa ciudad tan apacible que al alemán medio no le dice ni fu ni fa, pero que a estos dos galbanosos les atrae bastante porque, entre sus atracciones turísticas, cuenta con un súper balneario que cura todos los males: Las Termas de Caracalla, por referencia a ese emperador romano que gobernó el imperio desde el 211 hasta el 217 d.C y que fue célebre por conceder la ciudadanía romana a todos los habitantes. Seguro que lo hizo “de buen rollito” porque acababa de estar en las termas y salía relajado.

El mérito del descubrimiento de esta ciudad del relax lo tiene, no obstante, mi novia, que lee y relee todo con más minuciosidad que el abogado de Michael Jackson. Antes de venirse pacá ya se había leído toda la guía de viajes y se había fijado especialmente en Baden-baden. Si por mi fuera, seguro que nunca me habría dado por ir ahí.

La ciudad cuenta con una ópera de la que dicen que es la segunda más grande de Europa, creo que con 2500 localidades. En todo caso, no nos pareció tan monumental como para considerarla la segunda de Europa. También tiene un casino muy lujoso, varios museos, un castillo (que no nos pareció gran cosa), un hipódromo, una iglesia ortodoxa, una rumana y dos jardines majestuosos: uno de rosas y otro de dalias (entre otras cosas)

En cuanto al balneario, este tiene una piscina de aguas termales que brotan directamente desde una roca, y otra de agua fría, en la que uno se mete a continuación. Más abajo hay piscinas con hidromasaje y, en la plante de arriba, tumbonas de rayos uva, una especie de recipientes de cerámica para meter los pies en agua fría y caliente, varios jacuzzies, tumbonas de piedra que te calientan los riñones y, si uno sale por un camino al bosque (por lo menos estaba habilitado en verano) incluso saunas y duchas al aire libre.

Todo ello por 12 euros (hasta tres horas). Merece la pena. Espero que puedan pasar este fin de semana sin nosotros.

   

El teatro de Baden-baden y el jardín de rosas.

Fran

Escribe a Fran: No te cortes, vierte aquí tus felicitaciones, halagos, aprobaciones, reprobaciones, reprimendas o vituperios. A poder ser, con respeto.

La lista de Schindler

5 de Octubre de 2006

Hoy la cosa va de películas. De las películas que recuerde haber visto ya con cierto capacidad de formular críticas con sentido, las que más me han gustado han sido la de Forest gang (me pareció entrañable), la de La milla verde o la de la lista de Schindler. Mis actores preferidos son Tom Hanks y Nicolas Cage. La película de Titanic, a pesar de ser muy comercial y contar la típica historia de amor en la que una aristócrata se enamora de un pobretón, me dejó marcado durante varios días. No sé por qué. Es de esas películas que dejan resaca. No recuerdo haber visto ninguna película que me dejara tanto tiempo recreándome en las escenas, rebobinándola mentalmente. Sólo me pasó años después con la película de “El lobo”, en la que Eduardo Noriega hacía de inflintrado en ETA.

De las películas que he visto recientemente, las que más me han gustado han sido las de Syriana, El hombre de la guerra, El hundimiento (también me gustó bastante el pianista) o Lutero.

De entre estas cuatro películas, más o menos recientes, me marcó sobre todo la de Syriana, que abre los ojos definitivamente a quien todavía los tuviera cerrados. La verdad es que el nudo se hace un poco pesado, pero el desenlace es de flipar: los ex – compañeros de la CIA de George Cloony se lo llevan por delante sin ningún miramiento con tal de acabar con el destronado hijo de un jeque árabe que había pensado (en parte, asesorado por Matt Damon –me gusta bastante este actor-) en redistribuir la riqueza de su país hacia el mejor postor (los chinos) e invertir las ganancias en el desarrollo de la región. Su padre, que las veía venir, quería asegurarse una vejez tranquila y nombra como sucesor al iletrado y juerguista de su hermano. El hijo bueno de la película se rodea de algunos altos cargos fieles y se escapa en una caravana de limusinas con la intención de hacer oposición a su hermano desde la clandestinidad. Pero para entonces ya se había dado el chivatazo a la CIA, que desde su cuartel general no perdía de vista el objetivo, como si de un videojuego se tratara.

El cañonazo se lleva por delante al maharajá y a su séquito antes de que Cloony pudiera avisarle.

Ahí acaba la película. Le mataron por terrorista, ¡claro!. ¿Cómo se le ocurrió ser terrorista después de haber estudiado un Master en no me acuerdo qué prestigiosa universidad estadounidense? Podría haberse quedado con su hermano jugando al billar en hoteles de lujo y rodeado de mujeres.

La lista de Schindler también te deja cavilando algún día. La última escena –la única de la película que es a color- hace llorar a cualquiera. Pero, al menos, las lágrimas que uno derrama tienen fundamento. La película se las merece. No es el típico recurso fácil del padre que se reconcilia con el hijo o del bombero cuyo sacrificio se recuerda en un funeral al cabo de dos días, como en Brigada 49 o como muy seguramente ocurra en World Trade Center. En relación con esta última peli, puede traerse a colación el dicho de Manrique de que “si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado”. Pues bien, esta película, a poco que se vea el trailer, puede darse ya por pasada antes incluso de que haya venido. Como si ya la hubiéramos visto. Está claro que la película no va sobre el 11-S. Es sólo para sacar pasta, hombre! ¿Qué te habías creído?. Se ha hecho lo suficientemente tarde como para que al director no se le tache de oportunista o de rentabilizar a las víctimas (¿a qué me suena esto?). No creo que en la peli salga algo más que la silueta de los aviones que tenga relación con el 11-S. Os dejo en el portal de Schindler –por cierto, las escaleras mecánicas y ascensores de esa marca tienen que ver con él?-

Fran

 

    

En esta casa vivió desde 1965 hasta 1974 Oskar Schindler. Durante los tiempos del nacionalsocialismo salvó alrededor de 1200 judíos de la muerte. Fotografiado en un portal de Frankfurt, cerca dela estación principal.

Éramos pocos y parió la abuela

4 de Octubre de 2006

Hoy estaba en la barandilla de la estación en la que para el tranvía. Iba hacia la universidad. Llevaba todos los papeles en regla en una carpeta debajo del brazo y unas fotos que me acababa de sacar –9.95 euros cuatro fotos de carnés (bastante caro)- en el bolsillo de la chaqueta.

A mi izquierda estaban hablando una chica bajita con pinta de sudamericana con su madre, que era bastante morena y tenía el pelo como un pompón (como el tío que anuncia lo del teléfono de 11811 y que sale en medio). Como tampoco veo perfectamente, supongo que me fijé más de lo que las reglas sobre discreción permiten y, al parecer, la chica, al verme, puso gesto de avergonzarse por la eventual posibilidad de que hubiera entendido lo que le había dicho a su madre. La chica me miró con una sonrisa en la boca y dijo en alemán:

-Has entendido lo que he dicho?

-No, no he entendido

Al principio pensé que estaban hablando en alemán, pero de ser ese el caso no tendría sentido su pregunta, porque nunca habría dicho nada pudoroso en alemán rodeada de alemanes. Debió de ser, entonces, en otro idioma. Ni corto ni perezoso, la interrumpí para preguntárselo:

-Che!, entxuldigun!

- Ja?

- En qué idioma estabas hablando con tu madre?

- En persa. Pensé que entenderías persa.

Sí, me temo que me han vuelto a ver cara de persa. Y no es la primera vez. El en supermercado había el otro día una mujer que hablaba sola y yo, que por practicar alemán, hablo hasta con los locos, entablé conversación con ella. Aquélla mujer creyó que yo era turco. En el tren, hace un mes, otra también me “echó” que era turco. Y hoy una chica que habla persa teme que la entienda.

Un día de estos me voy a ir a la mezquita con Nizar, que igual allí encuentro mis orígenes, como cuando Alejandro Magno se pasó por ese templo egipcio donde le dijeron que era hijo de Amón –creo recordar-.

Pues bien, volvamos a la chica que hablaba persa, que resultó ser simpática. Entablamos conversación dentro del tranvía y me dijo –en español fuido- que vive en suecia, pero que está en Heidelberg estudiando italiano. Y que es de origen iraní. De Teherán, para más señas. Su madre asentía orgullosa sin enterarse ni papa de la conversación mientras se le movía el pompón de la cabeza como a Mars Simpson.

O sea, la chica de Teherán habla persa, sueco, inglés y alemán bastante bien. Lleva un año estudiando italiano y el español, que es el que peor habla, lo hablaba con fluidez conmigo. Joder! Esta chica mesopotámica parecía venir de antes de la contrucción de la torre de Babel !! Como dice el “Ro”: ¡se caga la culebra! ¡Y encima es del barrio! Vive aquí mismito con una alemana que sabe español perfectamente. Le he tomado las señas como si fuera un inspector del organismo internacional de la energía atómica y la he invitado a una tortilla de patata, como a casi todo el que veo. Ya veréis cuando nos juntemos el palestino, el sirio, la iraní y el menda que escribe. De esa cena sólo pueden salir dos cosas:

•  Una alianza de civilizaciones mejor que la de Zapatero.

•  Un suicidio colectivo en plan “Leganés”; sólo nos faltaría un chino. Y en el instituto hay tres.

Fran

 

El amigo Ahmadineyad el día en que se le fue la olla y dijo qeu habría que borrar a Israel del mapa

CLICK

3 de Octubre de 2006

Hoy es martes, el día del espectador, así que, ni corto ni perezoso, me he ido a la sesión de las ocho. Esta vez al cine que está en la calle principal, así me daba un paseillo, a pesar de que el día estaba lluvioso.

He salido de casa sin el paraguas. Me he dado cuenta al salir del portal y notar las primeras gotas en el cogote. Pero, en fin, como me ha dado pereza volver a casa a cogerlo me he arriesgado y me he encaminado sin él hacia la parada del tranvía. Total: tampoco hay que andar mucho hasta llegar al cine. Son diez minutos escasos. De todas formas, llevaba un chubasquero que no da calor pero que tampoco deja que pase el agua (salvo por las mangas, que sí que cala –todavía no he adivinado por qué-). Pues bien, de acuerdo con la ley de Murphy, mientras estaba en el tranvía empezó a llover con más intensidad. Yo pensaba para mis adentros “¿ves, Fran, cómo te tendrías que haber traído el paragauas? En-plan-mi-madre”. En fin, llegué a uno de los extremos de la HauptstraBe y comencé a caminar por una de las orillas a paso ligero. Se veía a las parejas caminar tapadas debajo de los paraguas como tortolitos. Muchos de ellos, en vez de paraguas, parecían llevar sombrillas de lo grandes que eran. También había gente que no llevaba paraguas, e incluso los había que, por no llevar, no llevaban tampoco ni chubasquero. Además, iban con nickies de manga corta y bebiéndose –algunos- una cerveza.

Pues bien, por fin llegué al cine. Iba con un poco de mal cuerpo y peor mente (estudiar mucho te deja mal cuerpo, está comprobado). Por eso he decidido ir al cine: para desconectar, aunque mejor sería que dijéramos “para reconectar”, porque la película, evidentemente, era en alemán. La verdad es que he entendido más que cuando fui a ver el perfume. Estoy orgulloso. Eso sí, delante de mi, en la fila de la compra, había un maromo-armario que me sacaba cuatro cabezas y dos cuerpos. De vez en cuando me miraba como quien tiene ganas de decirte algo pero no acaba de decidirse. Finalmente, cinco minutos más tarde y cuando ya estábamos en el cine me dice

-“Entschuldigung”

- ¿Ja?

Y ahí se quedó toda la conversación, porque por mucho que intentaba agudizar el oído, no entendí ni papa de lo que me decía, pero ni una sola palabra (y eso que normalmente entiendo a los Mitarbeiters del instituto y a la gente con la que he comido en el Mensa). El tío se debió de quedar pensando: ¿Y este viene al cine a ver una peli?

Por cierto. Hoy ha sido fiesta en Alemania y no me han cobrado como el día del espectador (4.5 “oigos”), sino como un día festivo (7 “oigos”). Aún así, ha merecido la pena. He visto una comedia que se titula CLICK.

Trata de un hombre obesionado con el trabajo al que un día se le presenta a oportunidad de desconectar de todo y ser dueño de su tiempo. No daré más pistas por si la quieren ver. La peli tiene sus puntos. Uno puede pasar un buen rato .

Fran

Ya habrán podido comprobar que tampoco soy un genio sacando fotos, pero es que llovía y, además, la máquina es de las baratillas.

 

Un chico llamado Yussef (y ya van dos)

2 de octubre de 2006

Hace unos días me dijo el palestino que tenía un amigo sirio al que le gustaría conocerme y que la próxima vez que pasara por casa se lo traería. Yo le dije con toda naturalidad que se trajera por casa a quien le diera la gana, que siempre es interesante conocer a gente nueva, más todavía si se trata de un kurdo que vive en Siria.

Sé que el palestino sabía que me interesaba conocer a un sirio porque estoy interesado en los conflictos geo-políticos que se traen por ahí. Le mareo al palestino a preguntas. No sé, por ejemplo, por qué los Sirios no reclaman para sí la disputada franja de las granjas de Chebaa si incluso una resolución de las Naciones Unidas les atribuye ese pedazo de tierra –que al mismo tiempo parece ser la razón por la cual los libaneses de Hezbolá y los israelíese se pelean-. ¿No la reivindica porque le interesa tener el conflicto encendido para que Irán tome nota –de la misma manera que experimenta EEUU con los israelíes y, al mismo tiempo, para vender Katiushas a las milicias de Hezbolá? También le andaba preguntando al palestino acerca del asesinato de Hariri. Creo entender que cuando Moratinos fue a hablar con el presidente sirio para que intercediera en la crisis de Líbano e israel, éste le pidió a nuestro ministro de asuntos exteriores como contrapartida que ejerciera sus influecias para que dejaran de investigarle por tal asesinato –en el que parece ser de cajón que estuvo involucrado-. También quería saber si el presidente sirio –no me acuerdo ahora de cómo se llama, ni me apetece buscarlo en internés- saca mucho provecho por permitir el paso de los Katiusha iraníes (que deben de ser rusos en su origen, ¿no?) a través de su país –supongo que, en parte, por esto precisamente se mostraba reticente a tomar parte activa en la resolución del conflicto-, ¡vamos!, que si cobraba algún tipo de arancel o se lo pasaba como el camello pasa costo a los niños de los colegios....

De todo esto y mucho más me gustaría hablar con un sirio, y el palestino lo sabía muy bien, así que me lo trajo. A eso de las diez y media de la noche llamaron a mi puerta. Salí a abrir con las zapatillas de casa y les ví a los dos fuera, mojándose, porque había empezado a llover. Les abrí la puerta y pasaron. El palestino ha cogido tal confianza conmigo que ya ni se quita los zapatos para entrar a la habitación –algo que tampoco me importa demasiado-. El sirio pasó detrás de él con más discreción. Llevaba una chaqueta de cuero negra que no se quitó hasta media hora después de estar en casa. Por debajo llevaba una camisa azul.

Abrí una bolsa de patatas, le traje un zumo de naranja y empecé a hablar con el sirio –que dice ser agnóstico- mientras el palestino devoraba con avidez páginas webs árabes en mi ordenador. Yussef (así se llama) me contó que era Kurdo, que los kurdos son una comunidad de 50 millones de personas disgregados por Siria, Turquía, Irak y hasta Irán, que habla árabe pero que su idioma es el kurdo, que no pueden estar casados con más de una mujer, que en Siria se está bien ahora mismo, que hay muchos sirios y libaneses en Madrid, etc etc. Le pregunté lo de las granjas de Chebaa y lo de los Katiusha. Se me olvidó hablar del asesinato de Hariri. Eso sí, le dije que Madrid tiene buenas relaciones con Siria en estos momentos. Hace no mucho se reunieron en la Moncloa una embajada de empresarios sirios con otros españoles para potenciar las inversiones en Siria. No sé si tendrá que ver con lo de la alianza de civilizaciones de Zapatero.

Después de charlar un poco (si yo hablara árabe o él español podríamos haber profundizado más en estos temas) nos pusimos a cenar. Freí unos champiñones y una berenjena (es una barbaridad lo que aguanta la berenjena en el frigorífico; llevaba por lo menos dos semanas). El sirio no comió, pero el palestino (que sólo había tomado una sopa de setas ese día) comió conmigo champiñones con berenjena (por cierto, les echó sal para aburrir; hasta el sirio flipaba).

Después nos pusimos con el árabe. Aprendí mis tres letras del día, las localicé en un texto y a continuación se marcharon. Una de las razones por las que aprendo árabe es que sólo hay un género, como en el inglés o en el sueco. Eso facilita mucho las cosas. El artículo que llevan todos los sustantivos es “Al” (un palito y una jota al revés). Por ejemplo, “AL-kazár” es “casa”. “Casa” suena muy parecido a “kazar”. El alcázar de sevilla es, pues, la casa de sevilla. Dicho así como que le resta solemnidad. Ahora bien, no creo que beso se diga “salí-babá”; divorcio “sáleha-lalmeha” o cagalera, “alud-al-kagar”.

 

 

Fran con Nizar (que´cara de diablillo me ha salido)          Fran conYussef, el kurdo

Un paseo por la montaña

1 de octubre de 2006

Hoy, domingo, he salido por la mañana a estirar las piernas un poco por el barrio. He seguido una carretera asfaltada que según se empinaba, se iba estrechando progresivamente, serpenteando entre el monte y siempre manteniendo la misma inclinación. La carretera llegó a bifurcarse y yo seguía subiendo, con curiosidad, por ver a dónde llevaba ese camino. A los lados de la calle había muchos chalets con el cohe aparcado en el garaje, y la carretera seguía y seguía sin fin.

Llegó un momento en que dejó de ser asfaltada y pasó a ser empedrada, y seguía subiendo y subiendo, ahora sin chalets a los lados. Se veía el musgo saliendo entre las piedras que componian la calzada y los típicos hierbajos que salen en todas las zonas húmedas. Ya debía de haber subido cien metros en vertical. Una mujer paseaba al perro y me dijo Hallo! al pasar. Yo andaba ligero y moviendo los brazos como aspas. El empedrado resbalada y el camino, cada vez con más hierbajos entre las piedras, seguía serpenteando por la montaña.

Al girar en una curva, ví que el camino se acababa, pero conforme me iba acercando al final veía que donde terminaba el sendero comenzaban unas escaleras de cemento hacia la derecha. Guiado sólamente por la curiosidad, subí las escaleras. Debía de haber subido ya 200 metros aproximadamente, incluso la torre del campanario se veía pequeña. Cuando acabé de subir las escaleras, en pleno bosque, había un barrio. Éste constaba de una calle principal con chalets a los lados y los respectivos coches metidos en las cocheras. Me pregunté si eso todavía seguiría siendo Rohrbach.

Sorprendentemente, había calles amplias que, de manera escalonada, seguían subiendo hacia arriba (hacia adónde si no). Yo me bajé por un sendero muy resbaladizo y volver otro día en bici –si eso fuera posible-. Al comienzo de este sendero había un cartel que decía: “Cuidado, camino sin asfaltar”. El camino descendía con una pendiente bastante pronunciada. No se veía el final y sólo una persona podía transitar por él. Si anduvieran varias personas, habrían de hacerlo necesariamente en fila de a uno. Había castaños a los lados del camino. Sabía que eran castaños porque el suelo estaba lleno de castañas, muchas de ellas todavía enfundadas en esas especie de pelotas erizadas –que pinchan que no veas-. Al cabo de 500 metros llegué al final. Salí por una callejuela muy estrecha, cerca del patio de una casa privada.

Si a uno le pusieran en uno de estos barrios, nunca pensaría que está en Alemania. Decididamente, es un país de contrastes. Por lo que a mí respecta, el paseo por el monte me ha venido genial para oxigenar la sangre. Olía de maravilla. Incluso me comí una mora.

Fran

 

El Herbstfestival

30 de Septiembre de 2006

Ayer, viernes, me fui a la cama alrededor de las cuatro de la mañana. En parte porque me había echado una siesta vespertina al volver del instituto y, en parte, porque estuve entretenido explorando la red con el ordenador. Es muy fácil engancharse en la red, porque cualquiera puede encontrar cosas interesantes. No desvelo nada a nadie si digo que ahí puede encontrarse de todo.

Pues bien, hoy me he despertado hacia la una del mediodía. Siendo sábado-sabadete, despertarse a esas horas no es ninguna herejía.

Después de desayunar lo de siempre –kellogs, una rebanada de pan con queso de untar y un zumo de naranja- he ido a sacar dinero del banco para pagar el alquiler pasado mañana, después he ido a mi querido Penny Market y me he gastado 18 euros en comprar cuatro pechugas de pollo pequeñas que vienen envasadas en la típica cajita de corcho amarillo, cuatro filetes de cerdo, dos litros de leche, cuatro yogures, una botella de lejía, una pizza, una caja de champiñones, una caja de tiritas, una docena de huevos y dos bolsas de plástico para llevarlo todo.

He vuelto a casa todo ufano -como la leona cuando vuelve con una gacela thomson- y me he puesto a descansar media horita en la cama antes de ir al gimnasio –si hubiera comido, me habrían cerrado-. Después de entrenar –pecho y bíceps- he vuelto a casa y me he pirado raudo y veloz a coger el tranvía para ir al centro, porque hoy empezaba el Herbstfestival, o lo que es lo mismo, el festival de otoño.

La calle principal estaba llena de puestos de todas las clases: de castañas, de palomitas, de chucherías, de adornos, de libros, de trenecitos de madera de éstos que llevan tu nombre... Pero el verdadero jolgorio estaba, evidentemente, en los puestos de salchichas asadas y de filetes de cerdo a la parrilla. Yo me he pedido una salchicha de las blancas entre pan y pan (tenían que partir la salchicha por la mitad). Finalmente me la han dado de Frankfurt, pero da igual. Eso sí, la mostaza que me ha echado me ha hecho sudar más que la sauna del gimnasio.

Con mi perrito caliente me iba abriendo paso entre la muchedumbre, pisando de vez en cuando a alguna anciana en la parte de atrás de la chancleta

- Entschuldigung!

- Bitte

- ¡Joder!, pues si me viste ¿por qué no apartaste el pie? (estos asturiamos...)

Tardé una media hora en llegar a la plaza de la universidad, cuando normalmente tardo 15 minutos. Para entretenerme, iba mirando a los lados. Quizá la atracción que más llamaba la atención era un puesto de Karaoke. La gente hacía cola para esperar mientras los demás –padres y demás familiares, amigos y curiosos- miraban en corro. Yo no ví casi nada porque consideré que no mereciera la pena esperar el turno.

Por lo que a mí respecta, lo que más me sorprendió fue el puesto de los steaks de cerdo, en el que un hombre obeso y sudoroso se empeñaba en freir a la vez 20 stakes en una sartén gigante. El tío no paraba, parecía que tenía el baile de San Vito. Eso sí, estaba más concentrado que Nadal en la final del Wimbledon. Flipé cuando se puso quitar con una espátula los restos adhreridos a la sartén. Era como si uno se unta de cera y luego estira. Ahí salían restos de grasa, carne, y cebolla en perfectas tiras de 10 centímetros de grosor que el hombre recogía con servilletas de papel. Ello no obstante, ahí se agolpaban en una fila unas 15 personas ávidas por echar el diente a un filete –y si yo no me puse no fue por escrúpulos, sino porque tenía las pechugas en casa-.

Lo segundo que me impresionó fue el cochinillo que habían asado en la plaza de la universidad. Además del cerdo, asaban salchichas y filetes de todo. Para acompañar, cerveza de todas las clases. En el centro de la plaza había unas 20 mesas de madera con sus correspondientes bancos –como los de misa- para que la gente se sentara a comer. Las improvisadas txosnas (como las llamaríamos en mi tierra) simulaban las típicas casas rústicas alemanas. La verdad es que había buen ambiente. Al ver todo esto me venían a la mente las cenas que se representan en los comics de Asterix. Y es que estaba todo pensado para comer como verdaderos bárbaros.

 

  

No me negaréis que la cocina está que echa               UUUmmmmmmmmmm, SALCHIIIIICHAAS

chispas.

Los compañeros del instituto

29 de Septiembre de 2006

Creo que ya llevo alrededor de una semana yendo al instituto de Derecho comparado y económico de Heidelberg, por lo que ya tengo elementos de juicio suficiente para dar una opinión sobre él.

En primer lugar, la atención del personal administrativo es exquisita. Desde el primer momento me atendieron muy bien, aunque nunca saliéndose de las formalidades que tienen establecidas, por ejemplo, la de pedir cita previa a la secretaria para hablar con el profesor. Evidentemente, la norma tiene todo el sentido del mundo, porque así se le deja al profesor trabajar tranquilo en sus asuntos.

Desde muy pronto se me facilitó una llave magnética para entrar. Es como una tarjeta de crédito y tiene una banda por detrás. Yo la paso por el lector con orgullo y alegría al mismo tiempo, tal y como debe de pasar Victoria Beckham la tarjeta de crédito de su marido en las tiendas de lujo.

A pesar de que la fachada sea un poco antigua, las instalaciones por dentro están intactas. A mí me han asignado una habitación en la que trabajo con alumnos invitados de otras nacionalidades. No tenemos un despacho propio, pero sí un pupitre con un flexo cada uno, un cajón, conexión a internet y una silla de oficina que chirría bastante cuando uno se apoya en el respaldo. Pero en fin, no me puedo quejar para nada. Dudo que en muchas universidades españolas se les den esas facilidades a un doctorando extranjero.

La habitación está forrada de librerías que llegan hasta el techo (para coger libros de las últimas estanterías hay un par de escaleras), repletas de libros de Derecho internacional privado de otros países. Quizá en el Instituto haya unas 15 habitaciones. Y cada habitación está dedicada a un país. El otro día fui en busca de un Código Civil español a la sala de literatura española y me sorprendí gratamente del volumen de literatura científica española que tienen ahí metido. No les falta ni uno de las libros más importantes de cada disciplina: Derecho penal, laboral, civil, administrativo. Incluso tenían colecciones enteras de revistas. Y no de la “Hola” precisamente, sino de la Revista de Derecho Privado, cuya colección ocupaba unas cuatro estanterías.

Pues bien, pasemos a hablar ahora de los compañeros: estoy con tres chinos, un alemán y una alemana (de Mannheim). Los chinos son muy simpáticos y muy trabajadores. Se tiran horas delante del ordenador sin moverse. Uno de ellos (Shin –o algo asín-) está desarrollando una regulación del tráfico marítimo de mercancías para China basándose en un tratado austriaco. De lo que hacen los otros dos no tengo ni idea, porque me lo explicaron recién llegado yo y no les entendí. Evidentemente, no he vuelto a preguntárselo.

Con el alemán me llevo bastante bien. Es un tío alto, rubio y con ojos azules. Resaltaría de él que tiene bastante pelo por los brazos y por las manos, pero como son rubios no se le notan tanto. El tío me saca tres cabezas y, la verdad, después de estar con él mucho tiempo a uno le entra tortícolis de estar siempre mirando hacia arriba –de hecho, nunca veréis una cuadrilla de chicos altos en la que haya algún bajo-. Estuvimos hablando de la carrera de profesor en Alemania, es decir, de lo que hay que hacer para llegar a ser profe de universidad. Me explicó por encima el procedimiento, con más pruebas que el Grand Prix de Ramón García (creo que eran dos tesinas y una habilitación).

Me llevó a un Mensal en el que no había estado antes y que, definitivamente, era mucho mejor que el que yo frecuentaba. Me lo pasé bien con él y practiqué bastante alemán. Después de estar 45 minutos hablando me dijo que no le tratara de Usted, a lo que yo respondí que no se incomodara, pues no le trataba de Ud. por respeto, sino porque la declinación del verbo es más fácil.

Por cierto, se llama Christian.

Fran

 

Mis hobbies

28 de Septiembre de 2006

Tengo una mentalidad un tanto compulsiva. Todo se me antoja. Si voy un día al monte y veo unas cuantas setas, es muy posible que si al día siguiente paso por una librería y veo un libro de setas, me lo compre y sueñe con ser un experto micólogo. Si oigo a alguien tocar bien una guitarra me muero de ganas por aprender para poder tocar así mis canciones favoritas, si veo un manual de árabe en casa de mi amigo el palestino ya estoy proyectándome a mí mismo en el futuro leyendo esos textos que parecen venidos de otro planeta.

Son muchos los hobbies y aficiones los que empiezo y pocos los que conservo a lo largo del tiempo. No obstante, suelo volver de vez en cuando sobre mis antiguos hobbies para rescatarlos del baúl de los recuerdos y volver a experimentar lo que sentía cuando los practicaba con asiduidad.

Un ejemplo claro es el del gimnasio: después de años con las mancuernas colgadas volví a experimentar las mismas sensaciones que cuando empecé con 18 años, aproximadamente. Otro ejemplo es el de la bicicleta. Cada vez que la cojo en Heidelberg -o cuando la cogía en Holanda- me recordaba a mí mismo pedaleando como un fugado en el puerto de Dima o llaneando por Zeberio como si estuviera haciendo una contrarreloj: la espalda recta como una tabla de planchar, los codos en ángulo recto y la mirada fija en el horizonte o en el cuentakilómetros, que iba haciendo estadísticas de todo menos del ritmo cardiaco (no tenía esa opción).

Ojalá pudiera retomar la bici como he hecho con el gimnasio, pero lo cierto es que en España resulta realmente peligroso. Recuerdo que solía hacerme (cuando estaba en el instituto) unos 40 kilómetros diarios. Normalmente iba solo. Alguna vez me acompañaba algún amigo aficionado que corría como amateaur en el Saunier Duval. De vez en cuando, también unos compañeros meramente aficionados, pero que andaban bastante bien.

Los fines de semana sí que se apuntaba gente. Solíamos ir cuatro: el espi, el Aío, el conserje de la casa de la cultura (a quien llamábamos J´antonio) y yo. Nos solíamos hacer una media de 75 kilómetros. Yo iba con un Malliot y un Cullote –no sé si se escribe así- de la Gewiss –azul-, el equipo de un tal Eugeni Berzin, un contrarrelojista ruso bastante bueno que en una ocasión creo recordar que ganó un Giro. Y si no lo ganó, hizo podium fijo. Llevaba un casco azul a juego, unas gafas oscuras Rudy Proyect –bastante buenas-,unos guantes naranjas y marrones y unas zapatillas normales negras –porque mi bici no tenía pedales automáticos-. En los bolsillos de detrás del malliot soía llevar alguna barrita energética e incluso alguna ampolla de glucosa.

Salíamos desde la casa de la cultura como si nos esperaran azafatas en un podium con una sonrisa profidén. Recuerdo que todos escatimaban esfuerzos. Nadie quería ir el primero, sino “chupando rueda” para no desgastarse. Yo solía hacer el pardillo y tirar de todos, que me seguían en fila india. Recuerdo que en una ocasión J´antonio –que era bastante mayorcito- se picó porque los otros dos no daban relevos y se fue a su casa. Ni que decir tiene que si tenían la oportunidad, se escapaban y todo, aunque luego te esperaran a 30 kilómetros. La verdad es que era realmente divertido ver pasar los kilómetros mientras uno va medio anestesiado en la bici, concentrado en el ritmo y el paisaje. No puedes pensar en nada. Sólo pedalear. Es una buena terapia. Muy sano. Cuando uno llega a la cima de un puerto jadeando al límite, se baja de la bici y contempla la azaña, se siente mejor que un adolescente en un Ferrari. Uno se siente orgulloso de contemplar la hazaña.

El deporte me ha servido para desarrollar una capacidad de sacrificio notable; te da fuerza de voluntad, te enseña a no desfallecer y a crecerte ante la adversidad. Aún cuando subo las escaleras recuerdo aquellos tiempos en los que me subía el puerto de Dima (14 kilómetros) sin sentarme en el sillín.

 

Alianza de civilizaciones

27 de Septiembre de 2006

Hoy por la mañana he utilizado un servicio que tiene la universidad de Heidelberg para conocer a gente interesada en practicar español –y otros idiomas, por supuesto-. Me he registrado y he comenzado a buscar a gente nativa con la que poder practicar alemán. Han aparecido 35 personas dispuestas a aprender español y enseñar alemán, y yo he apuntado el correo electrónico de seis de ellas. Como me daba lata escribir a todos/as, he optado finamente por escribir a los dos que más cosas tenían en común: a un chico que se llama Daniel, vive en Dossenheim, estudia ciencias políticas y la ejerce activamente –supongo que, de momento, como militante-. Además, también hace deporte de vez en cuando y le gusta hablar de conflictos geopolíticos y de la situación en el mundo, que está un poco chungo. La segunda persona es una chica que se llama Fredericke y que me ha llamado la atención porque, entre otras cosas, le gusta meditar. Le he propuesto ir al centro budista que hay en Heidelberg, no muy lejos de donde yo vivo, a meditar una hora los jueves con un maestro budista que hay ahí. He pensado alguna vez en ir solo, pero finalmente, por inercia, y porque me daba bastante palo, no he ido. Mejor con alguien conocido.

Pues bien, al cabo de unas horas ya me habían respondido los dos, diciendo que les parece genial y que podríamos quedar en cuanto vuelvas a Heidelberg: la una dentro de una semana y el otro dentro de dos o tres aproximadamente, cuando empieza el semestre de invierno.

Yo mientras tanto sigo yendo al gimnasio y a casa del palestino a que me siga enseñando el alfabeto árabe. Lo mío con el palestino sí que es una verdadera “alianza de civilizaciones”: él me enseña árabe y cosas de su cultura –por ejemplo, cómo rezar- y yo le enseño español y cosas de mi cultura –cómo echar una siesta en condiciones-. Por cierto: el palestino dice que ayer no durmió. Sencillamente no tenía sueño. Además, se levanta a las cuatro y media de la mañana a comer algo porque está en el Ramadán y no puede volver a comer nada hasta las siete y media de la tarde. Aun así, dice que se siente muy bien ayunando. Ya que no duerme, le he invitado a que venga a mi casa a ver la tele, y aquí ha estado hasta la una de la mañana viendo “Buffy, cazavampiros”.

Fran

Con la OPA hasta en la sopa

26 de septiembre de 2006

Como no sé nada de España, hoy mismo he ido a la hemeroteca de la Universidad de Heidelberg a leer El País (no tienen El mundo). Después de estar una media hora enfrente leyendo he podido comprobar que –salvo que el príncipe ha engendrado otro vástago- las cosas no han cambiado nada, y si lo han hecho, ha sido a peor. Sí, señores, ahí seguimos los españoles como el gato que persigue la madeja: el proceso de paz en el País Vasco está enquistado, todavía se discute sobre la autoría del 11-M, ahí estaba también Txapote en su enésimo juicio en la audiencia nacional dando la espalda al juez y, por supuesto, ahí estaba el athletic de Bilbao con la Real Sociedad en la parte baja de la tabla, y, ¡cómo no!, en la sección dedicada a la economía, el precio del petróleo y la OPA de Eón. Si, señores, desayuno OPA, como sopa y ceno OPA. Yo me la trago por partida doble (lo digo por los de Eón).

Pero .... ¡oyes!, ¿qué es una OPA? Poca gente lo sabe. Imaginad que un padre pasea apaciblemente con su hijo un domingo y éste, de desarrollo intelectual prematuro, le pregunta:

-Papá?

-Si, hijo

-¿Qué es una OPA?

Al padre le puede dar un infarto, y no es para menos. Yo hice un curso sobre el mercado de valores en el doctorado y después de seguir el culebrón en el País durante un mes lo dejé por aburrimiento.

Una OPA, como sus propias iniciales indican, es una Oferta Pública de Adquisición de acciones. El capital social de las sociedades cotizadas está dividido en acciones, y éstas, están repartidas entre diferentes personas, físicas o jurídicas, que se llaman "accionistas”. Cuando más del cincuenta por ciento de las acciones de una sociedad estás desperdigadas entre accionistas minoritarios, se dice en el argot de la gente que se mueve en este mundillo que la sociedad es “opable”, esto es, que en cualquier momento puede venir otra empresa, un fondo de inversión o un tío gilito y proponer a todos los miles o incluso millones de accionistas que les vendan sus acciones ( a un precio mayor que el de cotización, evidetemente; si no no las venden). De esta manera el “opante” tomaría el control de la sociedad. Si esta operación está consentida por el consejo de administración de la sociedad opada (que son los representantes de los accionistas mayoritarios) se dice que la OPA es amistosa. Si se hace sin el consentimiento del consejo de administración (para lo cual el consejo tiene que tener necesariamente menos del 50% de las acciones), se dice que es “hostil”, porque al consejo de administración, evidentemente, no les hace ninguna gracia que venga alguien a comprar las acciones a los minoritarios y les bote de la sociedad. Es casi una declaración de guerra, y a los administradores de sociedades opables les cabrea mucho.

Es por esto por lo que en el seno de estas sociedades se arbitran mecanismos jurídicos anti-opa, que en el argot de este mundillo se conocen como cláusulas de blindaje o anti-tiburones . Hay varias maneras de protegerse de una OPA hostil. La más frecuente es la de limitar el número de votos que un mismo accionista puede tener en la junta general (que es –je je-, el “órgano soberano” de las sociedades, donde, entre otras cosas, se elige al consejo de administración). Cada acción incorpora un voto –salvo casos extraños-. Cuando una empresa opante compra más del cincuenta por ciento de las acciones, es de cajón que tiene la mayoría de votos en la junta general, y lo primero que haría tal opante sería echar al consejo de administración antiguo y poner el suyo. Pues bien, con la cláusula estatutaria –en los estatutos de la sociedad- que limita el número de votos, la empresa opante no podría echar al anterior consejo, a pesar de tener la mayoría de las acciones y, por tanto, la mayoría de votos.

Creo recordar que Endesa tiene un 57 % de free float, lo cual –traducido al cristiano- significa que el 57 por ciento de las acciones de Endesa están en manos de pequeños ahorradores, como podría ser tu padre, y que, muy seguramente, venderían sus acciones a EON si éste ofrece –como es el caso- un precio superior al de mercado. Esto significa que Endesa es opable. Y de hecho lo ha sido.

Ahora bien, Endesa tiene una cláusula anti-opa que limita el número de votos que un mismo accionista puede tener a un 10% del capital social, es decir, si EON comprara el 57% de las acciones sólo podría votar con el 10% de las mismas, o lo que es lo mismo, de 57 votos sobre 100, sólo podría ejercitar 10. En contra, tendría a Caja Madrid, con un 10% del capital social y, por tanto, 10 votos. Empate. Pero ahora entra un nuevo elemento: Acciona –los del desarrollo sostenible- acaban de comprar otro 10% y dice que estaría dispuesta a comprar más. No cabe duda de que sumaría sus 10 votos a los de Caja Madrid y bloquearían la elección del nuevo consejo de Eón.

Resumiendo:

Eón, que tendría el 57% de las acciones, sólo tendría 10 votos

Acciona (10%) y Caja Madrid (10%) tendría 20 votos entre los dos, y si quisieran –y de hecho, quieren-, podrían paralizar la estrategia de Eón con menos de la mitad de acciones.

Esta ruptura de la regla democrática –o mejor, plutocrática- en el gobierno de las sociedades perjudica en este caso -como suele ser costumbre-, a los accionistas minoritarios, que se beneficiarian del mayor precio que Eón pagaría por las acciones. Con la cláusula anti-opa a Eón no le interesa comprar Endesa, porque no la podría controlar.

Y esto es sólo la punta del iceberg. Aquí hay más cuestiones entrelazadas, como la eventual restricción de la competencia en el mercado español si finalmente Eón se retirada de la Opa y la ganara Iberdrola, la restricción del mercado en europa –sobre lo que ya se ha pronuciado la Comisión europea-, la modificación del reglamento de OPAs, que en verdad, sí que es “cambiar las reglas del juego a mitad de partido” o una demanda que hay en un juzgado de la castellana por una cuestión de desinversión de activos que no acabo de entender del todo, pero que debe de estar paralizada.

Como veis, la cosa tiene su miga. Ya podrían explicárselo poco a poco a los españoles en algún programa de sobremesa. La gente iba a andar más espabilada, pero ¡claro! ¿a quién interesa que la gente ande espabilada?

Fran

 

El paseo de los filósofos

25 de Septiembre de 2006

El domingo por la mañana, después de actualizar la página en el cíber de los indios, me fui a conocer el paseo de los filósofos. Era la última atracción turística de Heidelberg que me quedaba por visitar, y la mañana soleada de un domingo es el momento más propicio para hacerlo. Anduve aproximadamente cuatro kilómetros hasta que llegué al pie del camino de los filósofos, a la otra orilla del río Neckar. Al final de la calle LadenburgerstraBe, cuando la carretera se empina, comienza el sendero.

Subí una cuesta que tendría aproximadamente un 15% de desnivel –recuerdo esta peculiar medida de cuando andaba en bici-. Es un desnivel bastante pronunciado. Algunas personas mayores incluso se iban apoyando las manos en las rodillas para subir. Yo, sin embargo, iba lanzado como un Sputnik , en parte porque me acababa de tomar un café –los cafés cuestan de media 1.80 “oigos” en Heidelberg- y en parte porque me relaja andar al límite de mi capacidad. De lo contrario, me pongo a pensar en mis cosas. Sin embargo, cuando uno sube a paso ligero una cuesta, moviendo los brazos y piernas armónicamente como si fuera un molino, no piensa en nada. Simplemente está concentrado en el ritmo. Eso es muy sano.

Pues ahí iba yo cuesta arriba, sudando la camisa verde –sí, la que llevé el otro día puesta el primer día de instituto- y concentrado en la respiración y el ritmo, porque la cuesta era interminable. Cualquiera que me hubiera visto debió de pensar que me estaba jugando el malliot de la montaña –sí, el de puntos rojos-.

Pues bien, la cuesta tendría un kilómetro de longitud, pero el esfuerzo había merecido la pena, porque el paisaje que se abría ante mis ojos era digno de ver –de ahí lo de Sehenswürdigkeit -: la margen izquierda de Heidelberg, de la que destacaban los campanarios de las iglesias, el edificio nuevo de la universidad y, en la montaña, y como no puede ser de otra manera, el castillo.

El camino volvió a ser llano y, a los lados, había jardines, barandillas y zonas de césped para que los enamorados se sienten a contemplar el paisaje o para que los exploradores domingueros como yo se tumben a la bartola. Me senté en el césped a contemplar el paisaje, al lado de una pareja de tortolitos. Ella estaba tumbada sobre sus piernas y él le acariciaba la cara a dos manos como quien acaricia una bola de cristal, pero con mucho tacto, como si se fuera a romper, embobado por su belleza. Imaginaos a un arqueólogo que lleva años buscando el maxilar enterrado de un tiranosaurio rex y, por fin, cuando lo encuentra, lo acaricia con devoción para quitarle el polvo. Pues con esa misma devoción acariciaba el chico a esa rubia, pero, a diferencia del arqueólogo que nos ha servido de ejemplo, no para quitarle el polvo, sino para echárselo. A unos metros a la izquierda había otra pareja con un portátil. En aquél paraje se respiraba tranquilidad.

Yo, por mi parte, me quité los calcetines, me remangué el pantalón vaquero –como si me fuera a meter en un río a coger cangrejos- y me puse a hacer ejercicios de estiramiento. Así pasé la mañana. ¡Qué pena que no me llevara la cámara!. Otra vez será.

 

La primera cena II

24 de Septiembre de 2006

Yo aparecí en la puerta con el trapo de cocina en la mano como Dulcinea del Toboso y les hice una señal con la mano para que bajaran. La rusa me reconoció y bajaron trotando las dos a la vez, las escaleras de dos en dos y agarrándose a la barandilla. La primera impresión que tuve al verlas fue la de que las dos chicas parecían muy amigas. Son de estas chicas que van de dos en dos como los donuts. De hecho, parecía como si hubieran sido siamesas y las hubieran separado hace unas horas. Apostaría que incluso tenían la regla coordinada para tener las mismas sensaciones cuando van de marcha –lo de la coordinación de la regla en las chicas que son muy amigas es un hecho científicamente demostrado, lo ví en un documental de la Discovery Channel-. Se acercaron a mi y me dieron la mano. Primero la rusa –para demostrar a su amigan que este especimen que escribe es pacífico y no muerde- y luego la croata, que se llamaba Jelena. A primera vista me pareció más guapa la croata. Tenía el pelo rizado, los ojos claros, la nariz respingona –aunque no era la típica nariz fina de nórdica, sino un poco más ancha-, y el cuerpo delgado. Ambas tenían el culo embutido en un pantalón vaquero. De hecho, diría que la croata ni tenía culo. Era plana por detrás –o eso parecía-

La rusa ya tiene el pelo liso de por sí, pero ese día se lo había estado alisando más, si cabe. Llevaba una camisa con los dos últimos botones de arriba desabrochados estratégicamente –para sentirse mejor con ella misma-, pero que en ningún momento dejaban que se intuyera nada. Parecía que había estado estudiando en casa los movimientos que podía y que no podía hacer para que la camisa diera siempre esa falsa sensación de apertura. De pantalones llevaba unos vaqueros ajustados.

La croata llevaba un jersey rosa chillón y unos pantalones vaqueros más oscuros al vacío. Se los debía de haber puesto con una máquina de envasar salchichas. ¡Y a mí que me gusta llevar los pantalones sueltos porque me molesta que me aprieten la barriga! ¡Cómo llegarán estas a casa! ¡ Y encima dicen que lo hacen para sentirse bien con ellas mismas! Ahí está la gran paradoja. Yo lo he observado en mi novia: lleva zapatos que le hacen daño para sentirse mejor. Si le hacen daño se sentirá peor, ¿no? En fin, que les agradezco que vengan bien vestidas, pero un poquito de honestidad podrían tener de vez en cuando, ¿no? Que no se les van a caer los anillos.

Bueno, después de este estudio antropomórfico que todo hombre hace por defecto y que dura unos segundos, les invité a que entraran. Ellas se limpiaron las zapatillas en el felpudo y, al entrar y comprobar que la habitación estaba enmoquetada, me preguntaron si se las debían quitar. Yo les dije que me daba igual –y de hecho me daba igual, no lo dije por cumplir, como la típica madre que reza para que los invitados se quiten las zapatillas-. Ello no obstante, ellas observaron que yo tenía zapatillas de andar por casa y debieron deducir de ello que lo correcto era quitárselas. Y así fue. Bien pensado, sí que preferí que se las quitaran. Les dije que así estarían más cómodas. Y era verdad.

Se sacaron de debajo de las chaquetas unos regalos que habían comprado para mí –qué ilu-¡. No era vino –la rusa dijo que traería vino-, sino el postre: una tarrina grandes de helado de chocolate -de éste que viene con tropiezos- y un recipiente de cristal con caramelos polacos dentro ¿de dónde los habrán sacado?

Después entraron a la habitación y analizaron mi guarida con la misma minuciosidad con la que yo las había analizado antes a ellas y dictaron sentencia: les pareció que mi casa era muy chula. Yo les dí las gracias y me puse otra vez manos a la obra en la cocina. Me preguntaron si los cuadros los había puesto yo. Yo les dije que el de Dalí y el abstracto ya estaban cuando vine, pero que el poster de las dos chicas besándose lo había comprado yo, y no por el erotismo, sino por la ternura que desprende.

Mientras acababa de cocinar las verduras, les conté que vendría un chico palestino que había conocido ese mismo días, lo cual les pareció bien, o al menos, eso dijeron. De todas formas, con el palestino se propiciarían más conversaciones.

Durante todo este tiempo las chicas no paraban de reír, como si vinieran con el puntillo. Todo les hacía gracia. Ji ji ji, jo jo jo joj, ja ja ja. Se sentó cada una en silla de oficina de las que tengo aquí y se pusieron a mirar en la cocina cómo cocinaba. Me dijeron que aquello les parecía un show. Y sí que lo era, porque para preparar una cena de nada había desplegado todo un arsenal de ollas, sartenes, bolls y cubiertos, y yo en medio ahí liado como si fuera el cocinero de la boda de los príncipes, más tiznado que el carbonero del Titanic.

A todo esto, llamaron abajo: el palestino. Las chicas empezaron a cacarear como locas y a dar vueltas por la cocina, como las gallinas cuando entra un zorro en el corral. Finalmente se abrazaron, se metieron detrás de la puerta de la casa y se acurrucaron. Yo las miraba con extrañeza mientras flipaba en colores. Cuando abrí la puerta al palestino las chicas quedaron tapadas detrás y, evidentemente, cuando la cerré, volvieron a aparecer. Menos mál que ya no estaban abrazadas ni con cara de espanto, aunque el palestino no dejó de sorprenderse por el hecho de que estuvieran detrás de la puerta.

El palestino venía vestido con unos pantalones vaqueros negros, una camisa negra con rayas blancas, unos zapatos negros y un cinturón de éstos que tienen una chapa por hebilla. Se había mojado el pelo, pero aún así lo tenía más rizado que una escarola. Ayer me enteré de que sólo tiene 19 años.

Nizar se quitó las zapatillas y yo puse las sartenes con la comida sobre la mesa. No contaré mucho más. Sólo que el palestino entendía el alemán perfectamente (y eso que nunca lo había estudiado y sólo llevaba tres meses en Alemania), no comió nada, y cuando digo “nada” es absolutamente nada –y eso que todavía no había empezado el ramadán-, que durante la cena hablamos de lo típico: qué estudiamos, por qué Alemania, qué actividades hay en Heidelberg...

La rusa cantó en español “Guantanamera”, pero en realidad decía “cuánta ramera”. Yo le expliqué el significado de lo que estaba diciendo y nos echamos unas risas. También nos reímos de que en Rusia hay un detergente que se llama “Mist”, que en alemán significa “estiércol” o “porquería”. Yo le dije que en España teníamos Ariel. Ellas dijeron que en Rusia también. Y en Alemania también lo hay. El palestino dijo que no hay Ariel en Palestina. ¿Sabéis por qué? Porque con Ariel Sharon ya tienen –tenían- bastante. ¿Imagináis que en España tuviéramos un detergente que se llamara Osama?

En fin, el palestino nos bailó un poco y la rusa acabó fregando los platos –¡voluntariamente!-.

Fran

 

La primera cena

23 de diciembre de 2006

Como hoy ando algo falto de ideas, voy a tirar de archivo y voy a contar cómo se desarrolló la cena a la que estaban invitadas, en principio, la rusa que conocí hace una semana, su novio y algún amigo/a más, pero que al final resultó ser una cena en la que se juntaron, nada más y nada menos, que una rusa, una croata, un palestino –invitado de última hora-, y el menda, español, aunque viene de una zona en la que mucha gente es de un sitio o de otro dependiendo de quien haga la pregunta.

Llevaba yo alrededor de dos horas preparando la casa para que pareciera que el tipo que vive en ella es ordenado y curioso. Pasé la escoba a la cocina y al baño y después la fregona; también pasé la aspiradora a la moqueta de mi habitación y limpié la zona de la encimera, que empezaba ya a desprender un cierto tufillo a hongo o liquen. No es por disculparme, pero la cocina es enana y tengo todo mi avío –aceite, vinagre, sal, cubiertos, trapos, estropajos, etc.- colocado en el fondo de la encimera. A nada que se te queda un trozo de ajo por ahí, se pudre en un santiamén, por la humedad que hay

También descolgué la ropa del colgador para que no vieran mis calzoncillos colgando. Los metí en el armario.

Una vez recogida la casa, me puse a pelar las patatas. Seríamos cuatro, así que pelé lo equivalente a cuatro patatas grandes –digo “lo equivalente” porque aquí todas las patatas que venden son enanas. Como mucho vendrán un par de patatas grandes en cada bolsa-. Pelé las patatas con el peeler –ya dije que no sé hacerlo de otra manera- y las puse a freír –tardé aproximadamente 25 minutos en pelarlas- mientras hacía otras cosas, como cocer huevos para preparar unos pinchos. También iba echando patatas y aperitivos en una platos –de los de la vajilla, que son de cerámica. No compré platos de plástico-.

De vez en cuando removía las patatas para que no se pegaran, y ni que decir tiene que las iba aplastando para que las patatas quedaran, como dicen los chefs de ahora, “deconstruidas”. Cuando estaban bien fritas me dí cuenta que no había echado sal ni cebolla, así que las quité del fuego y me apresuré a echárselo cuanto antes por si todavía me daba tiempo. Las patatas ya estaban fritas, así que para que no se me quemaran y la cebolla se hiciera no tuve más remedio que removerlas constantemente. Cuando la cebolla estaba lo suficientemente blanda como para que no crujiera al morderla las patatas estaban tan “deconstruidas” que aquello parecía más bien una papilla. Las vertí en un boll con cinco huevos hechos tortilla y lo mezclé todo.

Las chicas estaban al llegar, así que me metí al baño a ponerme un poco de gomina para -como dicen las mujeres- "sentime mejor conmigo mismo". Es que si no, el peinado que tengo por defecto es el de Jim Carrey en la pelícla de "Dos tontos muy tontos", esto es, a lo "palante".

Como sabía que no me iba a dar tiempo a hacer unos champiñones, decidí poner a freir unas verduras que vienen congeladas y que tras cinco minutos en la sartén quedan muy buenas. Mientras hacía las verduras, ellas llamaron abajo. Las abrí desde el portero y me limpié las manos en el trapo de cocina. Cuando abrí la puerta para indicarles cuál era mi casa ellas ya estaban subiendo las escaleras hacia el segundo piso a toda leche y riéndose sin parar como dos colegialas en su primer día de escuela.....

Continuará ...

Fran

 

El Perfume

22 de diciembre de 2006

El martes por la tarde fui a ver la adaptación cinematográfica de la novela de Patrick Süskind "El perfume". La croata me había dicho que era una película fácil de seguir y que, si me había leído el libro, no tendría ningún problema en entenderla. Además, el protagonista de la película fue mudo durante sus primeros años de vida y gran parte de la peli la narra una voz en off. Sin embargo, aunque reconozco que no era como ver una peli de Woody Allen, no entendí gran cosa. En cuanto había una frase un poco más larga con alguna subordinada, yo ya estaba más perdido que un pulpo en una garaje.

Hay cuatro cines en Heidelberg: Gloria, Gloriette, Kamera y Studio Europa. Yo fui al Studio Europa, aunque la verdad es que pensé en ir al Gloriette, porque el martes era el día del espectador y la entrada costaba 4.50 “oigos”. Finalmente me fui al cine que está al lado de casa (relativamente) porque no me apetecía meterme con la bici en la calle principal. Además, tampoco me habría ahorrado tanto. En el “Studio Europa” pagué 6 “oigos”.

El cine era espacioso y tenía un palco. A la hora a la que estaba programada la peli nos empezaron a bombardear –como es natural- con anuncios publicitarios. Entre otros, nos pusieron un anuncio de unos dos minutos de Marlboro en el que salían unos vaqueros del oeste pasándolo en grande con los caballos mientras se hacían los duros (la publicidad del tabaco no está restringida en Alemania).

Con un cuarto de hora de retraso, empezó la película. Me desenceré los oídos en la medida de lo posible y afiné el oído como si fuera a hacer una prueba de comprensión oral del Hochstufeprüfung. La verdad es que es entretenido ponerse a prueba a uno mismo y ver si uno es capaz de entender los diálogos de las películas. De hecho, viendo la tele en casa me lo paso muy bien, aunque sean programas del corazón.

La película estuvo entretenida, pero tampoco tenía mucha enjundia, aunque había algún guiño al tema de la hipocresía moral. En cualquier caso, no es una de esas películas que te deja pensando después de salir del cine, aunque yo relacioné la atracción que Grenouille logró con su perfume con la atracción que nos producen las personas bellas. Y me interrogué: ¿Qué hay en la belleza que nos atrae tanto? Es la simetría de los rasgos, la pureza, la ausencia de mutaciones –como oí decir a un científico en el programa de las noches de Eduard Punset-. Es como si la belleza fuera una condensación de energía que nos atrae como si de un imán se tratara. Grenouille logró esa pureza sin aristas en su perfume.

Fran

 

Carreras de caballos

21 de septiembre de 2006

El otro día, cuando fui al ciber de los indios a actualizar el blog y entré en mi cuenta de correo de yahoo!, vi un banner de Open Bank (antes Patagon) -filial del banco Santander por internet- en el que se decía que el caballo ganador no era ni el 6 -por referencia a ING-, ni el 7 -por referencia a Uno-e (del BBVA)-, sino el 8, o sea, el suyo. Y para tan feliz afirmación se basaban en el hecho de que su depósito 8 lo remuneraban a un 8% TAE durante el primer mes. Lo que ya no decían a bombo y platillo era que los restantes cinco meses te lo remunen al euribor, o sea, en torno al 3%. La TAE media de ese producto para los ahorradores era, entonces, de un 4% TAE -lo ponía en letra pequeñita en alguna esquina o después de pinchar en algún sitio-.

No entiendo cómo puede compararse tan alegremente el producto de ING con el de Openbank. ING te deja sacar el dinero después de tenerlo un mes al 6%. OpenBank no. Y ahí está el truco del almendruco. Es cierto que la mayor remuneracion por mes la da Open Bank, pero el hecho de que luego te obligue a terner el dinero cinco meses más a una remuneración más baja le resta atractivo y su afirmación de que gane el 8 es más que dudosa. El 8 ha menguado hasta el 4 (como si el príncipe se hubiera convertido el rana). Posiblemente un ahorrador que hubiera tenido el dinero en ING al 6% hubiera encontrado un producto en el que le den más del euribor (hasta hace poco, en Citybank). O imaginemos que un ahorrador sólo puede disponer del dinero durante un mes. El producto de Openbank no le serviría.

En fin, que si Openbank no miente, lo cierto es que no dice la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, sino una verdad a medias -o una mentira a medias, que es lo mismo-. Ya me gustaría que me respondieran a la siguiente consulta que les hice en su página web:

"Quería comentarles algo que ustedes ya saben de sobra: que su producto no es mejor que el de ING. ¿Por qué no dicen a sus potenciales clientes que su producto tiene una tasa de interés anual del 4% porque sólo se remunera al 8 el primer mes? Los de ING no te obligan a tenerlo metido a una rentabilidad inferior. Esperando que sean del todo honestos y transparentes algún día,

Francisco del Pino."

A todo esto, si los de Openbank son pillines, los de Caja Madrid tienen una jeta de cemento, porque utilizaron la misma estrategia, pero con un depósito que daba el 12% anual el primer mes y no más del 2 el resto de los 11 meses, porque la TAE (que es en lo que todo el mundo se tiene que fijar -para eso está-) salía en torno al 3%. ¡Y encima lo llamaban el depósito 12!. ¡Cómo se aprovechan de que los mayores de este país -que son los que tienen algo- están anestesiados con el tomate, la salsa rosa y los triunfitos!.

Fran

 

Sí, soy un primo

20 de Septiembre de 2006

¿Sabéis lo qué es hacer el primo? Pues hoy lo he hecho bien de narices. Me he despertado incluso antes de que sonara el despertador, me he duchado, he desayunado, he metido el ordenador, el cable de alimentación y el ratón en el maletín, los lbros de Kelsen y de derechos reales en el macuto de los libros, y me he vestido. Me he puesto mi segundo mejor par de zapatos (y porque el mejor lo tengo en España), una camisa verde de un tono pálido que acababa de planchar ayer, unos pantalones también recién planchados y, encima de todo, una chaqueta de lino que está siempre arrugada (¡ni mi madre puede con las arrugas!). Todo ello para mi primer día de trabajo en el instituto. Me he asegurado de llevar las gafas, la carpeta con los papeles del instituto que acreditan que estudio ahí (para sacarme un billete de tranvía barato), la agenda, el pendrive (para actualizar el blog), la cartera, el reloj, etc... y tras beberme un zumo de naranja -como si fuera la poción de Asterix- he salido apresurado pero todo dedicido, como si fuera a salvar el mundo. He cerrado la puerta con un golpe seco -no suele cerrar bien- y, entonces, he caído en la cuenta de que ¡me había dejado las llaves dentro!. En ese momento uno jura hasta en hebreo -pasando por el alemán ( verdammte ScheiBe)- y mira hacia el cielo mientras aprieta los dientes con un gesto de dolor en plan "señor, ¿por qué me has abandonado?". La amígdala -sí, la del otro día- pone al cuerpo a segregar todo tipo de sustancias que le preparan a uno para la acción -como si se tratara de huír de una pantera- y el cerebro se pone a examinar las posibles salidas que a uno le pueden quedar -como el ajedrecesta que intenta evitar un mate en tres, pero que lo ve chungo-. De repente, una voz interior dijo: "Fran, entra por la puerta que da al patio." No sabía si habría dejado la puerta del patio abierta -y eso que había pensado dejarla para que se me ventilara la casa (eso es lo que más jode, ¡ese pudiendo y no!)-. De todas formas, no tenía la lleve del patio, así que tuve que esperar a que bajara algún vecino para que me la abriera. No recordaba haber dejado la puerta abierta, pero era una posibilidad, así que había que explorarla. Sí sabía que no había bajado la persiana del todo, sino sólo hasta las rodillas. Lo suficiente para que no me vean andando desnudo por casa.

Pues bien, el potencial salvador apareció por las escaleras. Le conté el problema y le pedí que me abriera la puerta del jardín, y el tío, muy simpático, me la abrió. Sabía que la puerta se cerraría sola, pero me la jugué. Cuando llegué a la puerta de mi terraza me derrumbé al ver que estaba cerrada por dentro. Mi última posibilidad se había extinguido. Además, estaba encerrado en el patio (de Guatemala a guatepeor), y el ordenador y el macuto de los libros delante de mi puerta (aunque no corrían mucho peligro, porque las puertas no dan a la calle). Ya ven, ahí estaba yo, encerrado en el patio como un perro, maldiciendo mis tristes hades y clamando a mis dioses justos, hasta que apareció una vecina a la que nunca había visto y me salvó -como el principe azul a la princesa que está encerrada en su castillo-.

No contaré más. Sólo decir que fui al ayuntamiento a pedir un número de un cerrajero, que éste vino -tampoco fue fácil hacer que viniera- y que me clavó ........ 127 "oigos": 17 de impuestos, 30 por la salida y 80 por abrir la puerta -la abrió en 20 segundos con un alambre mientras yo, atónito, pensaba: ¡queeeeeeeeé cabroooón! -no despectivamente, sino como expresión de sorpresa-. EL cabreo no se me ha quitado hasta después del gimnasio. Me he autocastigado con dos semanas sin caprichos. Y es que dejarte la llave dentro de casa es una de las mayores putadas que a uno le pueden pasar (sólo superada por el hecho de que te la desvalijen o por quemarla imprudentemente). Bueno, pues me despedí del tío y tan amigos, incluso le dí propina, por ser simpático y por haberme estado buscando una hora. Eso sí, no le dije "auf wieder sehen".

Fran

Fe de e-ratas: Mi amigo Nizar es, efectivamente, palestino. Ayer puse por equivocación que venía de Pakistán. Le agradezco la apreciación a mi novia, que todo lo escudriña rozando la perfección. No se le escapa ni una.

 

Y dijo Dios... ¡Hágase la red!. E internet se hizo

19 de septiembre de 2006

Hoy he hecho bastantes gestiones: he conseguido que me den un lugar de trabajo y una llave del Instituto de Derecho comparado, he recibido un mensaje de mi contacto de hospitalityclub.org en Baden-baden aceptándonos a mí y al txus para pasar una o dos noches en su casa, he ido a las piscinas y he comprobado que ya estaban abiertas -pero, por desgracia, hoy sólo era para chicas (¿qué harán?)- y, además, me ha llegado el módem de Aol. Sí, increible pero cierto: ya tengo el módem, después de un mes y diez días (aunque tengo que decir que el retraso también me es imputable a mí). Lo que ocurre es que no me puedo meter todavía a internés desde casa porque los de AOL tienen que instalármelo automáticamente desde su central en Luxemburgo. Menos mal que ese proceso lleva tan solo un día -dicen-.

Bueno, pues ahora que tengo un lugar para trabajar en el Instituto y que me voy a poder codear con los profesores y los mitarbeiters, ya me siento mejor. Incluso he decidido ponerme un horario y empezar la jornada a las nueve de la mañana y terminar a las seis. Así sólo me como la cabeza en ese intervalo de tiempo (con un recreo de una hora para ir a comer al Mensa). Sólo me queda sacarme un billete de tranvía de estudiante, porque pagar 1.70 todos los días para ir al centro y otro tanto para volver es una clavada. El palestino tiene un billete que le permite ir a donde le dé la gana (incluso hasta Mannheim) por sólo 24 euros al mes. A ver si consigo yo algo parecido, porque ir en bici cargado con los libros es una lata. Llega uno sudado y eso no da la mejor imagen. Además, tendré que llevar el portátil, así que lo de la bici descartado.

En cuanto al módem, me ha llegado a eso de las 11 de la mañana, estando yo en calzoncillos por casa. Me he puesto el pantalón como una exhalación y el primer nicky que he pillado de encima de la cama y he salido a abrir. Era un tío de DHL con un paquete 7 veces más grande que el módem que estaba dentro. ¡Absurdo! Igual están compinchados los de AOL con los de DHL para mandar paquetes más grandes de los necesario y repartirse las ganancias a costa de los miles de clientes de AOL. Nunca se sabe. Pues bien, el repartidor -que en este caso no se queda con la mejor parte- me ha dicho que eran 35 "oigos". ¡Y yo que pensaba que me lo pasarían por el banco! Le he dicho que me lo deje en la postoffice (no me acordaba de la palabra en alemán) o que, si podía esperar tres mitutos, iba al banco en un pis-pas (es que no suelo llevar nunca más de 20 euros encima, ya véis). El repartidor me ha esperado en la furgoneta ordenando unas cajas. No he tardado nada. Ni que decir tiene que el paquete me ha hecho tanta ilusión como un regalo de reyes. Lo he abierto y me he dispuesto a montarlo como quien hace un puzzle, pero me he decepcionado bastante cuando he visto que no funcionaba. En fin, a ver si para mañana lo han instalado ya.

Fran

Un chico llamado Nizar

18 de Septiembre de 2006

Hoy ha sido el día en que por fin he afianzado mis relaciones sociales. Desde que mi novia se fue de Heidelberg el 2 de Septiembre no había hablado con nadie en condiciones. Sólo con la rusa.Yo vengo de una familia de cinco mienbros, por lo que estoy bastante acostumbrado a tener gente alrededor, aunque tampoco soy de esos que no pueden estar solos. También me gusta la soledad; para pensar, recapacitar y encontrarse con uno mismo. Pero, como dice el refranero, "lo poco agrada y los mucho enfada", y llega el momento en que, de tanta soledad, uno acaba encerrándose en sí mismo y -digamos- deshabituándose al necesario y saludable contacto humano. Además, escribo una tesis y, de momento, no me han dado un lugar de trabajo en la universidad, por lo que no tengo contacto fluido con ningún colega. Me tienen que dar cita. Así que, imaginad: paso todo el día metido en mi madriguera, sin poder comentar ideas con nadie y cociéndome en mi propio jugo. La soledad es como las arenas movedizas: cada vez te envueven más y no puedes escapar solo de ellas y, por mucho que lo intentes racionalizar,te pueden llegar a tragar. Hay que tener cuidadín y no perder pie.

Pero hoy he roto definitivamente con ese círculo vicioso, porque, cuando me pongo, puedo ser bastante extrovertido: venía yo del Penny Markt y, mientras esperaba a que se pusiera verde el semáforo, un chico de unos 25 años se ha parado al lado y, tras echarme un vistazo, me ha preguntado en alemán:

- Perdona, ¿eres árabe?

- Pues va a ser que no; tengo la nariz de un persa y la piel más negra que los cojones de un grillo, pero no soy árabe, soy español (evidentemente, no le dije ni lo del persa ni lo del grillo)

- Ah, vale, perdona (dijo con gesto de haberse arrepentido de preguntar tal cosa)

Entonces, teniendo a tiro la posibilidad de entablar conversación y de conocer a alguien ( ¡además, del barrio!) le seguí dando coba:

- ¿Y tú?¿De dónde eres?

- De Palestina, ¿lo conoces?

-Sí, por supuesto.

El semáforo se puso en verde y no quería perder la oportunidad de tener un amigo árabe para hablar con él de oriente próximo. En fin, supongo que una palestino te puede contar más historias que los hermanos Grimm. Entonces pregunté:

- ¿dónde vives?

-En esta misma calle (era perpendicular a la mía)

-Pues yo vivo ahí mismo (mientras señalaba mi casa), en el número 104. Cuando quieras, te puedes pasar (sabía que, por timidez o por inercia -mala inercia-, no se pasaría, asi que le solté: - ¿Por qué no te vienes a mi casa a comer?

Al tío le extrañó la pregunta. Puso cara de sorpresa y exclamó:

-¿ahora?

-Sí, ahora, vivo ahí cerca (y señalaba con el dedo)

En tío dijo un tímido "bueno" y empezamos a andar. Sé que la situación era extraña y que el tío tendría la mosca detrás de la oreja, así que intenté hacerme el inofensivo y mantener viva la conversación:

-No has comprado productos que se descongelen, ¿no?. Verás, yo llevo aqui más de un mes y no conozco a nadie. Estoy más solo que la una.

-Yo llevo tres meses y tampoco conozco a nadie -se le notaba a la legua que era tímido, y mi instinto masculino me decía que era buen chaval-

Cuando llegamos al portal le indiqué cuál era el botón de mi portero y, consciente de que la situación era un poco forzada le dije que, si quería, estaba invitado a una cena a la que iban a venir dos rusas y que podía venir a las ocho. Al tío se le iluminó el semblante y dijo que le parecía bien, que entonces se iría a su casa a comer y que vendría a la tarde. Y así fue.

A eso de las siete y media ya habían venido la rusa y su amiga, la croata. La tortilla, por desgracia, me ha salido fatal, porque se me ha olvidado echar aceite antes de verter la mezcla huevo-patata y se me ha pegado. Es la ley de Murphy. En el ensayo me había salido una tortilla perfecta.

Al terminal la fiesta, he acompañado al palestino a su casa. Me ha dado también su teléfono. Le llamaré frecuentemente para dar una vuelta y para me que cuente su interpretación del conflicto en oriente próximo. Muy interesante. Ahora bien, no tengo programado viajar a Palestina en el medio plazo.

Fran

 

Ahora son los alumnos los que dan la nota

17 de Septiembre de 2006

Cuando la otra noche me fui en uno de mis periplos nocturnos al bar de marcha que tenemos aquí, en el barrio, me puse a leer una revista en la que se trataba un asunto polémico: tres estudiates de informática han montado una página web (creo que era www.meinprofessor.de) en la que los alumnos de instituciones de enseñanza superiores ponen nota a sus profesores. Según los responsables de la página, ésta está diseñada para mejorar la calidad de la enseñanza y para orientar a los futuros estudiantes. Sin embargo, según la versión de los profesores, la página es una canal a través del cual se difama y se vierten las frustraciones de los alumnos que no logran aprobar (eso lo decía, por cierto, el profesor con la calificación más baja de todo Alemania). También decían que va contra el honor. ¡Cierto!, pero en ese caso la página les da la oportunidad de borrarse. Si se borran, cae sobre ellos la presunción de mal profesor. ¿Por qué iba a querer un buen profesor borrarse?. Un motivo atendible que esgrimen los profesores es que éstos pueden verse influenciados por los resultados y ser demasiado indulgentes con los alumnos, lo que iría -precisamente- en detrimento de la calidad de la enseñanza.

En todo caso, la verdad es que la iniciativa es interesante. Si de verdad los alumnos fueran objetivos y valoraran a los profesores con imparcialidad, sí que podría ser un buen instrumento para que se formara una opinión objetiva acerca de lo bueno o malo que es el librillo de cada maestrillo, pero lo cierto es que sí parece que el profesor que andaba de farolillo rojo en esa lista tiene razón: lo previsible es que todos los que suspendan se reboten con el profesor y le pongan una mala nota y que los que aprueben le pongan una nota directamente proporcional a la que ellos hayan sacado. El alumno no suele achacar su suspenso al hecho de no haber rendido lo suficiente durante el curso, sino a que "el profe" le tiene manía o a la mala suerte. Sin embargo, cuando el alumno aprueba, el mérito es sólamente suyo, rara vez se atribuye a la magnanimidad o manga ancha del profesor (de hecho, cuando el alumno aprueba, siempre dice "he aprobado"; cuando suspende dice "me han pencado").

Sin embargo, no parece que este argumento sea definitivo para desterrar la idea de implanter una supervisión anónima y pública por parte del alumnado, porque siempre pueden adoptarse medidas correctoras. No creo que le supusiera mucho trabajo a un informático desarrollar un programa que comparara los resultados de las votaciones con el número de suspensos en ese curso. El hecho de que los que hayan aprobado den un voto negativo sería un factor importante a tener en cuenta. Podría votarse por diferentes categorías -puntualidad, claridad al expresarse, apreciación del conociemiento que el profesor tiene de su materia...-. No creo que todos los que puntúen mal como venganza pongan en todo un 0. Estos matices podrían tenerse en cuenta por el programa informático. Además, el programa podría desechar resultados absurdos o incoherentes en alguna encuesta. Yo creo que si esto se toma en serio y puede ayudar a mejorar la calidad en la enseñanza, no deberíamos dejar escapar la oportunidad. De hecho, estas encuestas ya se hacen en las universidades. Incluso una parte del sueldo de los profesores depende de ella. ¿Por qué no hacerse a través de internet? Si es un problema lo de la verificación de la identidad del votante para evitar que vote gente ajena a la uni o que un mismo alumno vote dos veces, tal problema desaparecerá pronto con la generalización de la firma electrónica.

Ya véis las oportunidades que ofrece internet. Animo a algún cerebrín de la informática a implantarlo en España. Puede ganar mucho dinero. Todos los días tendría miles de visitas.

 

Fran

¿Es el consumidor el rey?

16 de Septiembre de 2006

Resulta curioso ver qué poco avanza la humanidad en temas trascendentes como el descubrimiento de las causas de la felicidad -o de la infelicidad-, el respeto de los derechos humanos, o la moral y lo mucho que avanza en cosas intrascendentes, como los modelos de las cuchillas de afeitar.

Principalmente, hay dos compañias que se dedican a diseñar cuchillas de afeitar -inicialmente para hombres, pero desde hace años también para mujeres-. Todo el mundo las conoce: son Gillete y Wilkinson. Cualquierea habrá apreciado que estas dos empresas sacan al mercado constantemente nuevos modelos de cuchillas con las más insospechadas innovaciones que, a mi juicio -un hombre que normalmente se afeita- no sirven absolutamente para nada. Pareciera, de hecho, que estas dos compañías compiten entre ellas por ver quién de las dos es capaz de sacar la mayor bobada al mercado.

Yo siempre ví a mi padre afeitarse con hojas cortantes, de esas con las que los suicidas de las películas se cortan las venas. Nunca le oí quejarse de que esas hojas de afeitar cortaran mal o fueran susceptibles de mejora. El tío enroscaba la cuchilla en su maquinilla, se afeitaba, y quedaba siempre impecable. Creo que en 20 años que llevo viendo a mi padre -con consciecia de lo que hace- ha cambiado de máquina de afeitar una sola vez -y probablemente sea porque retiraron sus hojas del mercado, quizá para evitar suicidios-. Ahora se afeita con una Gillete -no sé si Match 3 o Match 4- a la que, por cierto, no le valen mis recambios -he ahí la razón de la innovación-. y la cara le queda absolutamente igual.

Si uno se pone a pensar, cada semestre, aproximadamente, lanzan una nueva campaña publicitaria en la que sale un hombre con el torso desnudo afeitándose, pero que pone una cara de satisfacción y curiosidad que parece estar probando un artilugio de tecnología extraterrestre. Después de afeitarse con una sola pasada -algo que ningún hombre hace nunca en ningún caso, ni falta que hace- le queda la cara exactamente igual que con cualquiera de los último cinco modelos anteriores. Después aparece una chica que le acaricia la cara, le besa, y los dos se piran tan felices a comer perdices.

¿Con cuántos modelos de cuchillas nos han bombardeado en los últimos años? Uno ya ni sabe. Que si la Match 2 (como si fuera un caza), la Match 3 (con tres cuchillas), la Quatro (aquí creo que se adelantó Wilkinson), luego los de Gillete sacan una que, si he entendido bien, te debe de dar una pequeña descarga para electrizarte los pelos (la cuchilla viene con una pila ¡es pa cagarse!), y ahora... ¡van y sacan una que se llama Fusion! y que, si no he entendido mal, te sigue dando descarga -viene con pila- pero tiene cinco cuchillas y la presión que uno hace con la cuchilla al pasársela por la cara es menor porque la superficie es mayor... En fin, la cuchilla vale unos quince euros y no creo que le valgan los recambios de ninguna de las otras cuchillas. ¡Para eso es la innovación! ¿No podrían inventar cuchillas que no se desgasten con el uso? Eso sí que satisfaría al consumidor, si es eso lo que buscan. Ni que decir tiene que yo sigo afeitándome con cualquier desechable -mientras no sea china-, la cara me queda bien y el bolsillo mejor. Pero para bolsillo, el de Bechkam, que es quien se embolsó buena parte de lo que los consumidores pagaron en una promoción anterior.

Es el espejismo del capitalismo: uno se compra la cuchilla por curiosidad, dice a los demás que merece la pena, que sí nota mejoría (para justificarse a sí mismo y no parecer un pringao que compra algo que no aporta nada) y a partir de entonces tiene que comprar los recambios de ese modelo, porque, si no, no amortiza la cuchilla. Creo que decía A. Smith -o si no, algún teórico del modelo de libre competencia-, que el consumidor es el rey. Pues parece que ese rey abdicó hace ya bastante.

Fran

 

Rohrbach

15 de Septiembre de 2006

Un apartamento en el centro de Heidelberg como el que yo tengo aquí, en las afueras, costaría aproximadamente el doble: unos 700 euros al mes. Por eso vivo en Rohrbach, al sur de Heidelberg, pero dentro del municipio. La verdad es que podríamos decir que vivo entre la espada y la pared: dos bloques a la derecha del edificio hay un hospital militar de las fuerzas armadas estadounidenses. ¡Qué miedo!, ¿no? Quizá por estos lares se encuentre reposando algún herido en la guerra de Irak y todo. Otros dos bloques de pisos a la izquierda hay un cuartel general de la OTAN. No se puede ni sacar fotos a las instalaciones, ni trazar planos, ni tomar apuntes... (lo pone expresamente). Sólo les falta poner en el cartelito de marras que hay que olvidar lo que se ha visto cuando uno sale a pasear a la noche por ahí. Pone que aquél que contravenga esas prescripciones será "prosecuted". Para ponérsele a uno la carne de gallina. Rodeé las instalaciones y me encontré en dos ocasiones con un acceso a las mismas. Había una garito de vigilacia, focos que arrojaban luz desde el suelo y bloques de hormigón puestos de tal manera que sólo se puede entran en recinto maniobrando en zig-zag. Había una tía guardiana que me miraba con desconfianza.

La verdad es que cuando uno pasea por esta zona a las noches respira un aire muy puro, escucha a los grillos y disfruta de lo pacífico que es todo. Es como si unos extraterrestres se hubieran llevado este pedazo de barrio a un planeta y estuvieramos desconectados del mundo. Supongo que con tantas fuerzas armadas alrededor sólo caben dos opciones extremas: o ser el lugar más seguro y pacífico del mundo o el más inseguro y guerrero. Ya me veo yo metiéndome en el sótano en caso de que al iraní se le vaya la olla y nos tire una bomba de esas atómicas que o tiene o tendrá pronto.

Sí, por las noches salgo a que me dé el aire un poco, ¡no voy a estar todo el día en casa metido! No he ido al centro porque no me apetecía comprar un billete de tranvía -vale 1.70 el viaje sencillo-, porque no creo que hubiera conocido a nadie yendo yo sólo y también por inercia. Me he recorrido la verja del cuartel de la OTAN y luego he ido a tomar una cerveza a una bar que suele estar abierto hasta la una de la mañana más o menos. Me he pedido una cerveza de barril -ein Bier von FaB- y me la he trinkado -nunca mejor dicho- mientras hojeaba una revista que podríamos equiparar a la "Tiempo" española. Había un artículo en el que se hablaba de un acuerdo entre Bush y Merkel: Merkel dejaba que Bush mandara a Alemania a cuatro convictos de Guantánamos que no podía mandar a sus respectivos países -correría peligro su intergridad física- y Bush dejaba en paz al talibán alemán. También había un artículo sobre Ulrich -se citaba a Euemiano Fuentes, lo cual me ha hecho mucha gracia-. Evidentemente, el artículo era sobre el dopaje. Incluso salía una foto de Jean-Marie Leblanc cariacontecido cuando se dió cuenta de que todas las estrellas estaban dopadas. Más que una carrera ciclista parecía aquello un congreso de bioquímicos. Hay que sugerir a la dirección de la Vulta a España que en vez de poner como banda sonora a Hevia o a Melendi, ponga a Fangoria, con la canción que lleva por estribillo "no sé qué me das, que me hace volar". ¿Os imagináis? ¡Juas, Juas!

En fin, después de hojear un poco lo de Ulrich, le he dado el último trago a la birra -que más que en un vaso, parecía que me la habían puesto en un florero de diseño, de lo grande que era-, y me he pirado a casa, no sin antes pasar por el cajero para mirar el saldo de la cuenta.

Fran

 

Una experiencia religiosa

14 de Septiembre de 2006

Hoy por la mañana, después de actulizar los blogs en el ciber, he ido al gimnasio a entrenar. Como no tengo ninguna bolsa de deporte ni ninguna mochila, llevo la ropa de entrenar, el champú y la gomina en una bolsa de supermercado del Penny Market, soy así de cutre. Llego al gimnasio, me identifico y me dan una llave para el vestuario. La verdad es que desde el momento que uno entra en el gimnasio se le abren las puertas del relax. Como yo paso bastante tiempo solo y es difícil estar mucho tiempo sin pensar nada, normalmente me vienen pensamientos estúpidos y banales a la cabeza a los que yo les doy vueltas -como un milano de estos que vuelan en círculo-. Sin embargo, al entrar al gimnasio, se esfuman. Es como si hubiera en la puerta una barrera invisible que espantara a los malos rollos que uno se trae consigo. Y no es para menos: musiquita pop, máquinas en perfecto estado, espejos amplios, chicas levantando la patita (les gusta mucho hacer glúteos) ... ¡genial!

Me meto al vestuario y salgo con ganas de entrenar. Un entrenamiento de 45 minutos tres veces a la semana es suficiente para mí. Ya dije que prefiero entrenar suavecito. Hoy he hecho espalda y pierna. Llevaba días esperando a que llegara el día de entrenar con mis nuevas piernas depiladas, de ver cómo los músculos se flexionan y extienden, de darlas forma -ya dije que tengo tendencia a tenerlas delgadas-. La verdad es que es otra cosa; así es mucho más fácil motivarse.

Pues bien, después del entrenamiento, uno accede a la zona de relax, que es la guinda del pastel. Es una amplia zona con dos saunas -una templada y otra caliente-, una especie de lavabos en el suelo para meter los pies en agua caliente y agua fría respectivamente, un montón de tumbonas de dos posiciones (tumbado/sentado) y una especie de semicírculo en el que se encuentran las duchas. El área de la zona de relax será aproximadamente de 125 metros cuadrados, la temperatura es un poco más cálida que la del ambiente, el aire está perfumado, hay un suave hilo musical relajante para ambientar y en el centro hay plantada una palmera. En fin, el sitio genial para relajarse.

Salvo cuatro horas a la semana (dos los martes y dos los jueves) la zona de relax es mixta. Cuando uno entra, lo primero que hace es mirar en las tumbonas para cotillear un poco. Normalmente hay mujeres, aunque no muchas. Las horas a las que yo voy al gimnasio no vienen bien a casi nadie.

Hoy he entrado en la zona de relax -hay que entrar desnudo, tapándose con una toalla-y había una mujer recostada en una tumbona. Tendría unos treinta y cinco años y estaba de muy buen ver. Le he dicho "Hallo" y ella ha respondido tímidamente en un tono casi inaudble -parecía el eco-: -"Hallo". Para no ser muy indscreto, me he sentado en una tumbona que estaba a unos cinco metros de ella, justo enfrente de las duchas -sin sospechar lo que vendría después-. He accionado una palanca y me he quedado tumbado tan ricamente con las piernas en alto. Ahí empieza el relax, uno siente cómo sus músculos van liberándose poco a poco de toda la tensión, la respiración se vuelve armónica y regular. Uno respira incluso con el diafragma, una sana costumbre que incluso se nos está empezando a olvidar en esta sociedad acelerada. Pues bien, he de decir que el hecho de saber que hay una tía desnuda tumbada al lado tuyo -a pesar de que esté tapada- da un cierto morbillo que también se respira en el ambiente. Además, si uno acaba de entrenar, la mozcolanza de endorfinas, encefalinas y testosterona que recorren hasta el último capilar le predisponen hacia el erotismo. Mientras yo pensaba estas cosas e intentaba relajarme, la tía se levantó. Casi instintivamente, alcé el cuello para ver qué hacía: se dirigió a un extremo de la habitaci&