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EL BLOG DE FRAN

 

 

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La selva negra

16 de Octubre de 2006

Quedamos en hablar de la selva negra.

Tomando un autobús que era más malo que el caballo del malo tardamos unos 45 minutos en llegar al corazón de la selva negra. Que se llama negra por una razón diametralmente opuesta a aquélla por la que se les llama negros a los agujeros que hay en el espacio: porque la luz no entra de lo espesota que está la vegetación. A los agujeros negros se les llama negros, sin embargo, porque la luz no puede salir. Es tal el poder gravitacional que la estrella colapsada ejerce que atrae hasta a la luz. ¡Qué fuerte! ¿no? Casi es difícil hasta concebirlo. Brruuuuuufff!

Pues ahí anduvimos por esos andurriales el Txus y yo, calándonos las zapatillas de domingueros que llevábamos porque por el camino principal por el que bajábamos discurría un pequeño riachuelillo. Bajábamos mirando más hacia abajo que hacia el frente para no dislocarnos un tobillo de la manera más tonta, que todavía nos quedan muchos caminos por recorrer.

Las fotos que pueden apreciarse en el blog siguiente nos la sacó un “dedo inocente” elegido de entre un grupo de franchutes que merodeaban por los alrededores (Francia queda realmente cerca de la selva negra, nos dijo un franchute mientras señalaba al horizonte con el dedo).

Después de esa travesía por el monte volvimos a Baden-baden a darnos un baño en las termas. Hay dos clases de balnearios: uno de ellos (creo recordar que se llama Cara Vitalis ) está ambientado como si fueran unos baños romanos clásicos, y el otro (Las termas de Caracalla) tiene un diseño más moderno, así como más artefactos para el placer. Le enseñé al Txus la cúpula del primero mientras el tío de la ventanilla nos invitó a comprar unas entradas. Nos animaba diciendo que la zona era nudista, pero separada por sexos, lo cual tampoco es nada del otro mundo, así que nos piramos educadamente por donde habíamos entrado.

Fuimos entonces al segundo edificio del placer y el relax y ahí nos quedamos: 12 euros por tres horas de Spa con derecho a baños, saunas, aguas termales, lavabos para los pies, duchas de agua fría y caliente, tumbonas calientes, jakuzzi y un montón de atracciones más que no sé ni si tienen nombre. Sobre los pormenores de estos placeres os remitiré al Txus, que me consta que ya tiene la pluma caliente para escribir algo sobre ese aspecto.

Os dejo ahora con una foto del Coliseo que recientemente me ha mandado mi amigo, el Heri, que hace poco estuvo en Italia para practicar el italiano con vistas a sacarse 5º de la EOI. Me consta que aprobó. Desde aquí le felicitamos.

 

Una semana con el Txus

14 de Octubre de 2006

Aquí estamos de nuevo con los blogs. Pido perdon a mis fieles y ávidos seguidores, pero podríamos decir que esta semana el blog de Fran ha estado cerrado por vacaciones debido a una buena causa: como saben, hemos recibido en estas tierras bárbaras al no menos bárbaro Txus, que nos ha deleitado con su visita y se ha deleitado a sí mismo con la belleza facial de las alemanas, que pasean con sus bolsitos y con su culito embutido en un pantalón vaquero por la calle principal de Heidelberg. La cara maquilladita con mucha delicadeza y las rayitas en los ojos realzando más, si cabe, su expresividad. Sí, señores, el Txus, catedrático en sexología práctica y técnicas de cortejo, ha dado sus vistos buenos -¡vaya que los ha dado!- a las viandantes de la HautpstraBe . Incluso ha llegado a la conclusión de que, a pesar de que las suecas tengan todavía un rostro más fino y delicado, la chispa y picardía de las alemanas las hace preferibles.

Todas las mañanas, mientras Fran trata de descubrir por qué los romanos exigían la entrega física de la cosa vendida para entender transmitida la propiedad –requisito que ha llegado hasta el Código Civil de nuestros días como botella que llega a isla desierta-, el Txus se paseaba la calle principal y hacía más estudios antropomórficos que los de Corporación Dermoestética. Ir andando por esa calle con el Txus -o con cualquier tío que no se haya acostumbrado a estos bellezones- es como ir patrullando por Basora con el comandante de una unidad de los Marines:

-¡A la izquierda!, ¡A la derecha!, Ui, Ui, ¡Por detrás!, ¡fíjate bien! ¡Qué peligro tiene! ¡A tu izquierda! ¡A las seis! Ten cuidado, ¡disimula! ¡que no te vea! Uf Uf Uf

Lo monumentos de piedra no le interesan al Txus. Sólo los de carne y hueso. Si subió al castillo fue porque finalmente lo hicimos en funicular. Oír que una persona manifieste abiertamente que no le gustan los monumentos y que prefiere ver los de carne y hueso es excepcional. Creo que es porque poca gente tiene la suficiente seguridad como para afirmarlo. Un porcentaje no desdeñable de los turistas que visitan museos y ciudades como locos no están realmente interesados en lo que ven o, por lo menos, no les causa la misma impresión o no disfrutan lo mismo que viendo una chica guapa. Estoy seguro de que muchos lo hacen por snob o por la presión social de que no se les tache de incultos, pero no porque disfruten del arte o de la arquitectura en sí mismos.

Cuando uno va a Roma a ver el Coliseo no vuelve contando que se construyó bajo la dinastía de los Flavios –por eso se llama también anfiteatro flavio-, bajo mandato de Vespasiano, allá por el año 75 d.C, o que algunos dicen que se llama Coliseo porque allí había una estatua colosal de Nerón o porque había un lago que etimológicamente suele conectarse con el nombre. Tampoco te hablarán seguramente de sus dimensiones o de sus rasgos arquitectónicos. Simplemente aparecerán con la foto y dirán expresa o implícitamente “que ellos estuvieron ahí”. Ese es el mensaje. El turista busca la aprobación o la alabanza de sus familiares o amigos por haber visto el Coliseo. El Coliseo en sí mismo le importará seguramente un pito si no es por la aprobación que ello conlleva. No pondrá la Construcción del Coliseo en contexto ni se preguntará por la función política que cumplía o por el emperador de turno que mandó construirlo.Nunca.

En cierta ocasión vi en Mérida un “arco de Trajano” que fue levantado en fechas que no coincidían con el mandato de Trajano. Nadie se preguntó por qué (yo no lo quise preguntar por no parecer listillo (síntoma de inseguridad mía) –la gente te censura por ser muy tonto, pero también por ser muy listo-). Todos señalaban con el dedo y lo fotografiaban mientras decían: “Mira, el arco de Trajano”. Y luego son estos mismos los que te apuntan con el dedo cuando dices que no te interesa ver monumentos (cuando lo que es realidad no me interesa es verlos sin un bagaje cultural previo) como es mi caso en muchos aspectos. Te llamarán “inculto”, ¿no? En el fondo es una crítica por no seguirles el juego. Por diferenciarte. La gente tiene un miedo atroz a las personas sui generis . Sí, creo que, de la misma manera que sólo un ajedrecista puede disfrutar de una partida de ajedrez, no disfruta de la misma manera ante el Coliseo un arquitecto que un profano en la materia, como yo.

Así que si el Txus dice abiertamente lo que todos esconden y le resbalan las eventuales críticas o los potenciales juicios, olé por él, porque eso es síntoma de madurez y de no dejarse llevar.

Contaré otro día nuestra aventura en Baden-baden. Por ahora, adelanto unas fotos.

 

Txus y Fran en la Selva negra

 

A Baden-baden

6 de Octubre de 2006

Pues bien, amigos. Oficialmente ha llegado el día D, aunque la hora H todavía está por llegar. No, no me refiero a la hora del programa de Cuatro de esa mujer tan simpática. Me refiero al encuentro de los dos elementos que escriben en esta página: el Txus y el Fran.

La hora prevista de la llegada del Txus a Stuttgart está programada para las 16.20 de la tarde. Ahí estará el servidor –no el de internet, sino éste que escribe- para guiarle por esa ciudad tan apacible que al alemán medio no le dice ni fu ni fa, pero que a estos dos galbanosos les atrae bastante porque, entre sus atracciones turísticas, cuenta con un súper balneario que cura todos los males: Las Termas de Caracalla, por referencia a ese emperador romano que gobernó el imperio desde el 211 hasta el 217 d.C y que fue célebre por conceder la ciudadanía romana a todos los habitantes. Seguro que lo hizo “de buen rollito” porque acababa de estar en las termas y salía relajado.

El mérito del descubrimiento de esta ciudad del relax lo tiene, no obstante, mi novia, que lee y relee todo con más minuciosidad que el abogado de Michael Jackson. Antes de venirse pacá ya se había leído toda la guía de viajes y se había fijado especialmente en Baden-baden. Si por mi fuera, seguro que nunca me habría dado por ir ahí.

La ciudad cuenta con una ópera de la que dicen que es la segunda más grande de Europa, creo que con 2500 localidades. En todo caso, no nos pareció tan monumental como para considerarla la segunda de Europa. También tiene un casino muy lujoso, varios museos, un castillo (que no nos pareció gran cosa), un hipódromo, una iglesia ortodoxa, una rumana y dos jardines majestuosos: uno de rosas y otro de dalias (entre otras cosas)

En cuanto al balneario, este tiene una piscina de aguas termales que brotan directamente desde una roca, y otra de agua fría, en la que uno se mete a continuación. Más abajo hay piscinas con hidromasaje y, en la plante de arriba, tumbonas de rayos uva, una especie de recipientes de cerámica para meter los pies en agua fría y caliente, varios jacuzzies, tumbonas de piedra que te calientan los riñones y, si uno sale por un camino al bosque (por lo menos estaba habilitado en verano) incluso saunas y duchas al aire libre.

Todo ello por 12 euros (hasta tres horas). Merece la pena. Espero que puedan pasar este fin de semana sin nosotros.

   

El teatro de Baden-baden y el jardín de rosas.

Fran

Escribe a Fran: No te cortes, vierte aquí tus felicitaciones, halagos, aprobaciones, reprobaciones, reprimendas o vituperios. A poder ser, con respeto.

La lista de Schindler

5 de Octubre de 2006

Hoy la cosa va de películas. De las películas que recuerde haber visto ya con cierto capacidad de formular críticas con sentido, las que más me han gustado han sido la de Forest gang (me pareció entrañable), la de La milla verde o la de la lista de Schindler. Mis actores preferidos son Tom Hanks y Nicolas Cage. La película de Titanic, a pesar de ser muy comercial y contar la típica historia de amor en la que una aristócrata se enamora de un pobretón, me dejó marcado durante varios días. No sé por qué. Es de esas películas que dejan resaca. No recuerdo haber visto ninguna película que me dejara tanto tiempo recreándome en las escenas, rebobinándola mentalmente. Sólo me pasó años después con la película de “El lobo”, en la que Eduardo Noriega hacía de inflintrado en ETA.

De las películas que he visto recientemente, las que más me han gustado han sido las de Syriana, El hombre de la guerra, El hundimiento (también me gustó bastante el pianista) o Lutero.

De entre estas cuatro películas, más o menos recientes, me marcó sobre todo la de Syriana, que abre los ojos definitivamente a quien todavía los tuviera cerrados. La verdad es que el nudo se hace un poco pesado, pero el desenlace es de flipar: los ex – compañeros de la CIA de George Cloony se lo llevan por delante sin ningún miramiento con tal de acabar con el destronado hijo de un jeque árabe que había pensado (en parte, asesorado por Matt Damon –me gusta bastante este actor-) en redistribuir la riqueza de su país hacia el mejor postor (los chinos) e invertir las ganancias en el desarrollo de la región. Su padre, que las veía venir, quería asegurarse una vejez tranquila y nombra como sucesor al iletrado y juerguista de su hermano. El hijo bueno de la película se rodea de algunos altos cargos fieles y se escapa en una caravana de limusinas con la intención de hacer oposición a su hermano desde la clandestinidad. Pero para entonces ya se había dado el chivatazo a la CIA, que desde su cuartel general no perdía de vista el objetivo, como si de un videojuego se tratara.

El cañonazo se lleva por delante al maharajá y a su séquito antes de que Cloony pudiera avisarle.

Ahí acaba la película. Le mataron por terrorista, ¡claro!. ¿Cómo se le ocurrió ser terrorista después de haber estudiado un Master en no me acuerdo qué prestigiosa universidad estadounidense? Podría haberse quedado con su hermano jugando al billar en hoteles de lujo y rodeado de mujeres.

La lista de Schindler también te deja cavilando algún día. La última escena –la única de la película que es a color- hace llorar a cualquiera. Pero, al menos, las lágrimas que uno derrama tienen fundamento. La película se las merece. No es el típico recurso fácil del padre que se reconcilia con el hijo o del bombero cuyo sacrificio se recuerda en un funeral al cabo de dos días, como en Brigada 49 o como muy seguramente ocurra en World Trade Center. En relación con esta última peli, puede traerse a colación el dicho de Manrique de que “si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado”. Pues bien, esta película, a poco que se vea el trailer, puede darse ya por pasada antes incluso de que haya venido. Como si ya la hubiéramos visto. Está claro que la película no va sobre el 11-S. Es sólo para sacar pasta, hombre! ¿Qué te habías creído?. Se ha hecho lo suficientemente tarde como para que al director no se le tache de oportunista o de rentabilizar a las víctimas (¿a qué me suena esto?). No creo que en la peli salga algo más que la silueta de los aviones que tenga relación con el 11-S. Os dejo en el portal de Schindler –por cierto, las escaleras mecánicas y ascensores de esa marca tienen que ver con él?-

Fran

 

    

En esta casa vivió desde 1965 hasta 1974 Oskar Schindler. Durante los tiempos del nacionalsocialismo salvó alrededor de 1200 judíos de la muerte. Fotografiado en un portal de Frankfurt, cerca dela estación principal.

Éramos pocos y parió la abuela

4 de Octubre de 2006

Hoy estaba en la barandilla de la estación en la que para el tranvía. Iba hacia la universidad. Llevaba todos los papeles en regla en una carpeta debajo del brazo y unas fotos que me acababa de sacar –9.95 euros cuatro fotos de carnés (bastante caro)- en el bolsillo de la chaqueta.

A mi izquierda estaban hablando una chica bajita con pinta de sudamericana con su madre, que era bastante morena y tenía el pelo como un pompón (como el tío que anuncia lo del teléfono de 11811 y que sale en medio). Como tampoco veo perfectamente, supongo que me fijé más de lo que las reglas sobre discreción permiten y, al parecer, la chica, al verme, puso gesto de avergonzarse por la eventual posibilidad de que hubiera entendido lo que le había dicho a su madre. La chica me miró con una sonrisa en la boca y dijo en alemán:

-Has entendido lo que he dicho?

-No, no he entendido

Al principio pensé que estaban hablando en alemán, pero de ser ese el caso no tendría sentido su pregunta, porque nunca habría dicho nada pudoroso en alemán rodeada de alemanes. Debió de ser, entonces, en otro idioma. Ni corto ni perezoso, la interrumpí para preguntárselo:

-Che!, entxuldigun!

- Ja?

- En qué idioma estabas hablando con tu madre?

- En persa. Pensé que entenderías persa.

Sí, me temo que me han vuelto a ver cara de persa. Y no es la primera vez. El en supermercado había el otro día una mujer que hablaba sola y yo, que por practicar alemán, hablo hasta con los locos, entablé conversación con ella. Aquélla mujer creyó que yo era turco. En el tren, hace un mes, otra también me “echó” que era turco. Y hoy una chica que habla persa teme que la entienda.

Un día de estos me voy a ir a la mezquita con Nizar, que igual allí encuentro mis orígenes, como cuando Alejandro Magno se pasó por ese templo egipcio donde le dijeron que era hijo de Amón –creo recordar-.

Pues bien, volvamos a la chica que hablaba persa, que resultó ser simpática. Entablamos conversación dentro del tranvía y me dijo –en español fuido- que vive en suecia, pero que está en Heidelberg estudiando italiano. Y que es de origen iraní. De Teherán, para más señas. Su madre asentía orgullosa sin enterarse ni papa de la conversación mientras se le movía el pompón de la cabeza como a Mars Simpson.

O sea, la chica de Teherán habla persa, sueco, inglés y alemán bastante bien. Lleva un año estudiando italiano y el español, que es el que peor habla, lo hablaba con fluidez conmigo. Joder! Esta chica mesopotámica parecía venir de antes de la contrucción de la torre de Babel !! Como dice el “Ro”: ¡se caga la culebra! ¡Y encima es del barrio! Vive aquí mismito con una alemana que sabe español perfectamente. Le he tomado las señas como si fuera un inspector del organismo internacional de la energía atómica y la he invitado a una tortilla de patata, como a casi todo el que veo. Ya veréis cuando nos juntemos el palestino, el sirio, la iraní y el menda que escribe. De esa cena sólo pueden salir dos cosas:

•  Una alianza de civilizaciones mejor que la de Zapatero.

•  Un suicidio colectivo en plan “Leganés”; sólo nos faltaría un chino. Y en el instituto hay tres.

Fran

 

El amigo Ahmadineyad el día en que se le fue la olla y dijo qeu habría que borrar a Israel del mapa

CLICK

3 de Octubre de 2006

Hoy es martes, el día del espectador, así que, ni corto ni perezoso, me he ido a la sesión de las ocho. Esta vez al cine que está en la calle principal, así me daba un paseillo, a pesar de que el día estaba lluvioso.

He salido de casa sin el paraguas. Me he dado cuenta al salir del portal y notar las primeras gotas en el cogote. Pero, en fin, como me ha dado pereza volver a casa a cogerlo me he arriesgado y me he encaminado sin él hacia la parada del tranvía. Total: tampoco hay que andar mucho hasta llegar al cine. Son diez minutos escasos. De todas formas, llevaba un chubasquero que no da calor pero que tampoco deja que pase el agua (salvo por las mangas, que sí que cala –todavía no he adivinado por qué-). Pues bien, de acuerdo con la ley de Murphy, mientras estaba en el tranvía empezó a llover con más intensidad. Yo pensaba para mis adentros “¿ves, Fran, cómo te tendrías que haber traído el paragauas? En-plan-mi-madre”. En fin, llegué a uno de los extremos de la HauptstraBe y comencé a caminar por una de las orillas a paso ligero. Se veía a las parejas caminar tapadas debajo de los paraguas como tortolitos. Muchos de ellos, en vez de paraguas, parecían llevar sombrillas de lo grandes que eran. También había gente que no llevaba paraguas, e incluso los había que, por no llevar, no llevaban tampoco ni chubasquero. Además, iban con nickies de manga corta y bebiéndose –algunos- una cerveza.

Pues bien, por fin llegué al cine. Iba con un poco de mal cuerpo y peor mente (estudiar mucho te deja mal cuerpo, está comprobado). Por eso he decidido ir al cine: para desconectar, aunque mejor sería que dijéramos “para reconectar”, porque la película, evidentemente, era en alemán. La verdad es que he entendido más que cuando fui a ver el perfume. Estoy orgulloso. Eso sí, delante de mi, en la fila de la compra, había un maromo-armario que me sacaba cuatro cabezas y dos cuerpos. De vez en cuando me miraba como quien tiene ganas de decirte algo pero no acaba de decidirse. Finalmente, cinco minutos más tarde y cuando ya estábamos en el cine me dice

-“Entschuldigung”

- ¿Ja?

Y ahí se quedó toda la conversación, porque por mucho que intentaba agudizar el oído, no entendí ni papa de lo que me decía, pero ni una sola palabra (y eso que normalmente entiendo a los Mitarbeiters del instituto y a la gente con la que he comido en el Mensa). El tío se debió de quedar pensando: ¿Y este viene al cine a ver una peli?

Por cierto. Hoy ha sido fiesta en Alemania y no me han cobrado como el día del espectador (4.5 “oigos”), sino como un día festivo (7 “oigos”). Aún así, ha merecido la pena. He visto una comedia que se titula CLICK.

Trata de un hombre obesionado con el trabajo al que un día se le presenta a oportunidad de desconectar de todo y ser dueño de su tiempo. No daré más pistas por si la quieren ver. La peli tiene sus puntos. Uno puede pasar un buen rato .

Fran

Ya habrán podido comprobar que tampoco soy un genio sacando fotos, pero es que llovía y, además, la máquina es de las baratillas.

 

Un chico llamado Yussef (y ya van dos)

2 de octubre de 2006

Hace unos días me dijo el palestino que tenía un amigo sirio al que le gustaría conocerme y que la próxima vez que pasara por casa se lo traería. Yo le dije con toda naturalidad que se trajera por casa a quien le diera la gana, que siempre es interesante conocer a gente nueva, más todavía si se trata de un kurdo que vive en Siria.

Sé que el palestino sabía que me interesaba conocer a un sirio porque estoy interesado en los conflictos geo-políticos que se traen por ahí. Le mareo al palestino a preguntas. No sé, por ejemplo, por qué los Sirios no reclaman para sí la disputada franja de las granjas de Chebaa si incluso una resolución de las Naciones Unidas les atribuye ese pedazo de tierra –que al mismo tiempo parece ser la razón por la cual los libaneses de Hezbolá y los israelíese se pelean-. ¿No la reivindica porque le interesa tener el conflicto encendido para que Irán tome nota –de la misma manera que experimenta EEUU con los israelíes y, al mismo tiempo, para vender Katiushas a las milicias de Hezbolá? También le andaba preguntando al palestino acerca del asesinato de Hariri. Creo entender que cuando Moratinos fue a hablar con el presidente sirio para que intercediera en la crisis de Líbano e israel, éste le pidió a nuestro ministro de asuntos exteriores como contrapartida que ejerciera sus influecias para que dejaran de investigarle por tal asesinato –en el que parece ser de cajón que estuvo involucrado-. También quería saber si el presidente sirio –no me acuerdo ahora de cómo se llama, ni me apetece buscarlo en internés- saca mucho provecho por permitir el paso de los Katiusha iraníes (que deben de ser rusos en su origen, ¿no?) a través de su país –supongo que, en parte, por esto precisamente se mostraba reticente a tomar parte activa en la resolución del conflicto-, ¡vamos!, que si cobraba algún tipo de arancel o se lo pasaba como el camello pasa costo a los niños de los colegios....

De todo esto y mucho más me gustaría hablar con un sirio, y el palestino lo sabía muy bien, así que me lo trajo. A eso de las diez y media de la noche llamaron a mi puerta. Salí a abrir con las zapatillas de casa y les ví a los dos fuera, mojándose, porque había empezado a llover. Les abrí la puerta y pasaron. El palestino ha cogido tal confianza conmigo que ya ni se quita los zapatos para entrar a la habitación –algo que tampoco me importa demasiado-. El sirio pasó detrás de él con más discreción. Llevaba una chaqueta de cuero negra que no se quitó hasta media hora después de estar en casa. Por debajo llevaba una camisa azul.

Abrí una bolsa de patatas, le traje un zumo de naranja y empecé a hablar con el sirio –que dice ser agnóstico- mientras el palestino devoraba con avidez páginas webs árabes en mi ordenador. Yussef (así se llama) me contó que era Kurdo, que los kurdos son una comunidad de 50 millones de personas disgregados por Siria, Turquía, Irak y hasta Irán, que habla árabe pero que su idioma es el kurdo, que no pueden estar casados con más de una mujer, que en Siria se está bien ahora mismo, que hay muchos sirios y libaneses en Madrid, etc etc. Le pregunté lo de las granjas de Chebaa y lo de los Katiusha. Se me olvidó hablar del asesinato de Hariri. Eso sí, le dije que Madrid tiene buenas relaciones con Siria en estos momentos. Hace no mucho se reunieron en la Moncloa una embajada de empresarios sirios con otros españoles para potenciar las inversiones en Siria. No sé si tendrá que ver con lo de la alianza de civilizaciones de Zapatero.

Después de charlar un poco (si yo hablara árabe o él español podríamos haber profundizado más en estos temas) nos pusimos a cenar. Freí unos champiñones y una berenjena (es una barbaridad lo que aguanta la berenjena en el frigorífico; llevaba por lo menos dos semanas). El sirio no comió, pero el palestino (que sólo había tomado una sopa de setas ese día) comió conmigo champiñones con berenjena (por cierto, les echó sal para aburrir; hasta el sirio flipaba).

Después nos pusimos con el árabe. Aprendí mis tres letras del día, las localicé en un texto y a continuación se marcharon. Una de las razones por las que aprendo árabe es que sólo hay un género, como en el inglés o en el sueco. Eso facilita mucho las cosas. El artículo que llevan todos los sustantivos es “Al” (un palito y una jota al revés). Por ejemplo, “AL-kazár” es “casa”. “Casa” suena muy parecido a “kazar”. El alcázar de sevilla es, pues, la casa de sevilla. Dicho así como que le resta solemnidad. Ahora bien, no creo que beso se diga “salí-babá”; divorcio “sáleha-lalmeha” o cagalera, “alud-al-kagar”.

 

 

Fran con Nizar (que´cara de diablillo me ha salido)          Fran conYussef, el kurdo

Un paseo por la montaña

1 de octubre de 2006

Hoy, domingo, he salido por la mañana a estirar las piernas un poco por el barrio. He seguido una carretera asfaltada que según se empinaba, se iba estrechando progresivamente, serpenteando entre el monte y siempre manteniendo la misma inclinación. La carretera llegó a bifurcarse y yo seguía subiendo, con curiosidad, por ver a dónde llevaba ese camino. A los lados de la calle había muchos chalets con el cohe aparcado en el garaje, y la carretera seguía y seguía sin fin.

Llegó un momento en que dejó de ser asfaltada y pasó a ser empedrada, y seguía subiendo y subiendo, ahora sin chalets a los lados. Se veía el musgo saliendo entre las piedras que componian la calzada y los típicos hierbajos que salen en todas las zonas húmedas. Ya debía de haber subido cien metros en vertical. Una mujer paseaba al perro y me dijo Hallo! al pasar. Yo andaba ligero y moviendo los brazos como aspas. El empedrado resbalada y el camino, cada vez con más hierbajos entre las piedras, seguía serpenteando por la montaña.

Al girar en una curva, ví que el camino se acababa, pero conforme me iba acercando al final veía que donde terminaba el sendero comenzaban unas escaleras de cemento hacia la derecha. Guiado sólamente por la curiosidad, subí las escaleras. Debía de haber subido ya 200 metros aproximadamente, incluso la torre del campanario se veía pequeña. Cuando acabé de subir las escaleras, en pleno bosque, había un barrio. Éste constaba de una calle principal con chalets a los lados y los respectivos coches metidos en las cocheras. Me pregunté si eso todavía seguiría siendo Rohrbach.

Sorprendentemente, había calles amplias que, de manera escalonada, seguían subiendo hacia arriba (hacia adónde si no). Yo me bajé por un sendero muy resbaladizo y volver otro día en bici –si eso fuera posible-. Al comienzo de este sendero había un cartel que decía: “Cuidado, camino sin asfaltar”. El camino descendía con una pendiente bastante pronunciada. No se veía el final y sólo una persona podía transitar por él. Si anduvieran varias personas, habrían de hacerlo necesariamente en fila de a uno. Había castaños a los lados del camino. Sabía que eran castaños porque el suelo estaba lleno de castañas, muchas de ellas todavía enfundadas en esas especie de pelotas erizadas –que pinchan que no veas-. Al cabo de 500 metros llegué al final. Salí por una callejuela muy estrecha, cerca del patio de una casa privada.

Si a uno le pusieran en uno de estos barrios, nunca pensaría que está en Alemania. Decididamente, es un país de contrastes. Por lo que a mí respecta, el paseo por el monte me ha venido genial para oxigenar la sangre. Olía de maravilla. Incluso me comí una mora.

Fran

 

El Herbstfestival

30 de Septiembre de 2006

Ayer, viernes, me fui a la cama alrededor de las cuatro de la mañana. En parte porque me había echado una siesta vespertina al volver del instituto y, en parte, porque estuve entretenido explorando la red con el ordenador. Es muy fácil engancharse en la red, porque cualquiera puede encontrar cosas interesantes. No desvelo nada a nadie si digo que ahí puede encontrarse de todo.

Pues bien, hoy me he despertado hacia la una del mediodía. Siendo sábado-sabadete, despertarse a esas horas no es ninguna herejía.

Después de desayunar lo de siempre –kellogs, una rebanada de pan con queso de untar y un zumo de naranja- he ido a sacar dinero del banco para pagar el alquiler pasado mañana, después he ido a mi querido Penny Market y me he gastado 18 euros en comprar cuatro pechugas de pollo pequeñas que vienen envasadas en la típica cajita de corcho amarillo, cuatro filetes de cerdo, dos litros de leche, cuatro yogures, una botella de lejía, una pizza, una caja de champiñones, una caja de tiritas, una docena de huevos y dos bolsas de plástico para llevarlo todo.

He vuelto a casa todo ufano -como la leona cuando vuelve con una gacela thomson- y me he puesto a descansar media horita en la cama antes de ir al gimnasio –si hubiera comido, me habrían cerrado-. Después de entrenar –pecho y bíceps- he vuelto a casa y me he pirado raudo y veloz a coger el tranvía para ir al centro, porque hoy empezaba el Herbstfestival, o lo que es lo mismo, el festival de otoño.

La calle principal estaba llena de puestos de todas las clases: de castañas, de palomitas, de chucherías, de adornos, de libros, de trenecitos de madera de éstos que llevan tu nombre... Pero el verdadero jolgorio estaba, evidentemente, en los puestos de salchichas asadas y de filetes de cerdo a la parrilla. Yo me he pedido una salchicha de las blancas entre pan y pan (tenían que partir la salchicha por la mitad). Finalmente me la han dado de Frankfurt, pero da igual. Eso sí, la mostaza que me ha echado me ha hecho sudar más que la sauna del gimnasio.

Con mi perrito caliente me iba abriendo paso entre la muchedumbre, pisando de vez en cuando a alguna anciana en la parte de atrás de la chancleta

- Entschuldigung!

- Bitte

- ¡Joder!, pues si me viste ¿por qué no apartaste el pie? (estos asturiamos...)

Tardé una media hora en llegar a la plaza de la universidad, cuando normalmente tardo 15 minutos. Para entretenerme, iba mirando a los lados. Quizá la atracción que más llamaba la atención era un puesto de Karaoke. La gente hacía cola para esperar mientras los demás –padres y demás familiares, amigos y curiosos- miraban en corro. Yo no ví casi nada porque consideré que no mereciera la pena esperar el turno.

Por lo que a mí respecta, lo que más me sorprendió fue el puesto de los steaks de cerdo, en el que un hombre obeso y sudoroso se empeñaba en freir a la vez 20 stakes en una sartén gigante. El tío no paraba, parecía que tenía el baile de San Vito. Eso sí, estaba más concentrado que Nadal en la final del Wimbledon. Flipé cuando se puso quitar con una espátula los restos adhreridos a la sartén. Era como si uno se unta de cera y luego estira. Ahí salían restos de grasa, carne, y cebolla en perfectas tiras de 10 centímetros de grosor que el hombre recogía con servilletas de papel. Ello no obstante, ahí se agolpaban en una fila unas 15 personas ávidas por echar el diente a un filete –y si yo no me puse no fue por escrúpulos, sino porque tenía las pechugas en casa-.

Lo segundo que me impresionó fue el cochinillo que habían asado en la plaza de la universidad. Además del cerdo, asaban salchichas y filetes de todo. Para acompañar, cerveza de todas las clases. En el centro de la plaza había unas 20 mesas de madera con sus correspondientes bancos –como los de misa- para que la gente se sentara a comer. Las improvisadas txosnas (como las llamaríamos en mi tierra) simulaban las típicas casas rústicas alemanas. La verdad es que había buen ambiente. Al ver todo esto me venían a la mente las cenas que se representan en los comics de Asterix. Y es que estaba todo pensado para comer como verdaderos bárbaros.

 

  

No me negaréis que la cocina está que echa               UUUmmmmmmmmmm, SALCHIIIIICHAAS

chispas.

Los compañeros del instituto

29 de Septiembre de 2006

Creo que ya llevo alrededor de una semana yendo al instituto de Derecho comparado y económico de Heidelberg, por lo que ya tengo elementos de juicio suficiente para dar una opinión sobre él.

En primer lugar, la atención del personal administrativo es exquisita. Desde el primer momento me atendieron muy bien, aunque nunca saliéndose de las formalidades que tienen establecidas, por ejemplo, la de pedir cita previa a la secretaria para hablar con el profesor. Evidentemente, la norma tiene todo el sentido del mundo, porque así se le deja al profesor trabajar tranquilo en sus asuntos.

Desde muy pronto se me facilitó una llave magnética para entrar. Es como una tarjeta de crédito y tiene una banda por detrás. Yo la paso por el lector con orgullo y alegría al mismo tiempo, tal y como debe de pasar Victoria Beckham la tarjeta de crédito de su marido en las tiendas de lujo.

A pesar de que la fachada sea un poco antigua, las instalaciones por dentro están intactas. A mí me han asignado una habitación en la que trabajo con alumnos invitados de otras nacionalidades. No tenemos un despacho propio, pero sí un pupitre con un flexo cada uno, un cajón, conexión a internet y una silla de oficina que chirría bastante cuando uno se apoya en el respaldo. Pero en fin, no me puedo quejar para nada. Dudo que en muchas universidades españolas se les den esas facilidades a un doctorando extranjero.

La habitación está forrada de librerías que llegan hasta el techo (para coger libros de las últimas estanterías hay un par de escaleras), repletas de libros de Derecho internacional privado de otros países. Quizá en el Instituto haya unas 15 habitaciones. Y cada habitación está dedicada a un país. El otro día fui en busca de un Código Civil español a la sala de literatura española y me sorprendí gratamente del volumen de literatura científica española que tienen ahí metido. No les falta ni uno de las libros más importantes de cada disciplina: Derecho penal, laboral, civil, administrativo. Incluso tenían colecciones enteras de revistas. Y no de la “Hola” precisamente, sino de la Revista de Derecho Privado, cuya colección ocupaba unas cuatro estanterías.

Pues bien, pasemos a hablar ahora de los compañeros: estoy con tres chinos, un alemán y una alemana (de Mannheim). Los chinos son muy simpáticos y muy trabajadores. Se tiran horas delante del ordenador sin moverse. Uno de ellos (Shin –o algo asín-) está desarrollando una regulación del tráfico marítimo de mercancías para China basándose en un tratado austriaco. De lo que hacen los otros dos no tengo ni idea, porque me lo explicaron recién llegado yo y no les entendí. Evidentemente, no he vuelto a preguntárselo.

Con el alemán me llevo bastante bien. Es un tío alto, rubio y con ojos azules. Resaltaría de él que tiene bastante pelo por los brazos y por las manos, pero como son rubios no se le notan tanto. El tío me saca tres cabezas y, la verdad, después de estar con él mucho tiempo a uno le entra tortícolis de estar siempre mirando hacia arriba –de hecho, nunca veréis una cuadrilla de chicos altos en la que haya algún bajo-. Estuvimos hablando de la carrera de profesor en Alemania, es decir, de lo que hay que hacer para llegar a ser profe de universidad. Me explicó por encima el procedimiento, con más pruebas que el Grand Prix de Ramón García (creo que eran dos tesinas y una habilitación).

Me llevó a un Mensal en el que no había estado antes y que, definitivamente, era mucho mejor que el que yo frecuentaba. Me lo pasé bien con él y practiqué bastante alemán. Después de estar 45 minutos hablando me dijo que no le tratara de Usted, a lo que yo respondí que no se incomodara, pues no le trataba de Ud. por respeto, sino porque la declinación del verbo es más fácil.

Por cierto, se llama Christian.

Fran

 

Mis hobbies

28 de Septiembre de 2006

Tengo una mentalidad un tanto compulsiva. Todo se me antoja. Si voy un día al monte y veo unas cuantas setas, es muy posible que si al día siguiente paso por una librería y veo un libro de setas, me lo compre y sueñe con ser un experto micólogo. Si oigo a alguien tocar bien una guitarra me muero de ganas por aprender para poder tocar así mis canciones favoritas, si veo un manual de árabe en casa de mi amigo el palestino ya estoy proyectándome a mí mismo en el futuro leyendo esos textos que parecen venidos de otro planeta.

Son muchos los hobbies y aficiones los que empiezo y pocos los que conservo a lo largo del tiempo. No obstante, suelo volver de vez en cuando sobre mis antiguos hobbies para rescatarlos del baúl de los recuerdos y volver a experimentar lo que sentía cuando los practicaba con asiduidad.

Un ejemplo claro es el del gimnasio: después de años con las mancuernas colgadas volví a experimentar las mismas sensaciones que cuando empecé con 18 años, aproximadamente. Otro ejemplo es el de la bicicleta. Cada vez que la cojo en Heidelberg -o cuando la cogía en Holanda- me recordaba a mí mismo pedaleando como un fugado en el puerto de Dima o llaneando por Zeberio como si estuviera haciendo una contrarreloj: la espalda recta como una tabla de planchar, los codos en ángulo recto y la mirada fija en el horizonte o en el cuentakilómetros, que iba haciendo estadísticas de todo menos del ritmo cardiaco (no tenía esa opción).

Ojalá pudiera retomar la bici como he hecho con el gimnasio, pero lo cierto es que en España resulta realmente peligroso. Recuerdo que solía hacerme (cuando estaba en el instituto) unos 40 kilómetros diarios. Normalmente iba solo. Alguna vez me acompañaba algún amigo aficionado que corría como amateaur en el Saunier Duval. De vez en cuando, también unos compañeros meramente aficionados, pero que andaban bastante bien.

Los fines de semana sí que se apuntaba gente. Solíamos ir cuatro: el espi, el Aío, el conserje de la casa de la cultura (a quien llamábamos J´antonio) y yo. Nos solíamos hacer una media de 75 kilómetros. Yo iba con un Malliot y un Cullote –no sé si se escribe así- de la Gewiss –azul-, el equipo de un tal Eugeni Berzin, un contrarrelojista ruso bastante bueno que en una ocasión creo recordar que ganó un Giro. Y si no lo ganó, hizo podium fijo. Llevaba un casco azul a juego, unas gafas oscuras Rudy Proyect –bastante buenas-,unos guantes naranjas y marrones y unas zapatillas normales negras –porque mi bici no tenía pedales automáticos-. En los bolsillos de detrás del malliot soía llevar alguna barrita energética e incluso alguna ampolla de glucosa.

Salíamos desde la casa de la cultura como si nos esperaran azafatas en un podium con una sonrisa profidén. Recuerdo que todos escatimaban esfuerzos. Nadie quería ir el primero, sino “chupando rueda” para no desgastarse. Yo solía hacer el pardillo y tirar de todos, que me seguían en fila india. Recuerdo que en una ocasión J´antonio –que era bastante mayorcito- se picó porque los otros dos no daban relevos y se fue a su casa. Ni que decir tiene que si tenían la oportunidad, se escapaban y todo, aunque luego te esperaran a 30 kilómetros. La verdad es que era realmente divertido ver pasar los kilómetros mientras uno va medio anestesiado en la bici, concentrado en el ritmo y el paisaje. No puedes pensar en nada. Sólo pedalear. Es una buena terapia. Muy sano. Cuando uno llega a la cima de un puerto jadeando al límite, se baja de la bici y contempla la azaña, se siente mejor que un adolescente en un Ferrari. Uno se siente orgulloso de contemplar la hazaña.

El deporte me ha servido para desarrollar una capacidad de sacrificio notable; te da fuerza de voluntad, te enseña a no desfallecer y a crecerte ante la adversidad. Aún cuando subo las escaleras recuerdo aquellos tiempos en los que me subía el puerto de Dima (14 kilómetros) sin sentarme en el sillín.

 

Alianza de civilizaciones

27 de Septiembre de 2006

Hoy por la mañana he utilizado un servicio que tiene la universidad de Heidelberg para conocer a gente interesada en practicar español –y otros idiomas, por supuesto-. Me he registrado y he comenzado a buscar a gente nativa con la que poder practicar alemán. Han aparecido 35 personas dispuestas a aprender español y enseñar alemán, y yo he apuntado el correo electrónico de seis de ellas. Como me daba lata escribir a todos/as, he optado finamente por escribir a los dos que más cosas tenían en común: a un chico que se llama Daniel, vive en Dossenheim, estudia ciencias políticas y la ejerce activamente –supongo que, de momento, como militante-. Además, también hace deporte de vez en cuando y le gusta hablar de conflictos geopolíticos y de la situación en el mundo, que está un poco chungo. La segunda persona es una chica que se llama Fredericke y que me ha llamado la atención porque, entre otras cosas, le gusta meditar. Le he propuesto ir al centro budista que hay en Heidelberg, no muy lejos de donde yo vivo, a meditar una hora los jueves con un maestro budista que hay ahí. He pensado alguna vez en ir solo, pero finalmente, por inercia, y porque me daba bastante palo, no he ido. Mejor con alguien conocido.

Pues bien, al cabo de unas horas ya me habían respondido los dos, diciendo que les parece genial y que podríamos quedar en cuanto vuelvas a Heidelberg: la una dentro de una semana y el otro dentro de dos o tres aproximadamente, cuando empieza el semestre de invierno.

Yo mientras tanto sigo yendo al gimnasio y a casa del palestino a que me siga enseñando el alfabeto árabe. Lo mío con el palestino sí que es una verdadera “alianza de civilizaciones”: él me enseña árabe y cosas de su cultura –por ejemplo, cómo rezar- y yo le enseño español y cosas de mi cultura –cómo echar una siesta en condiciones-. Por cierto: el palestino dice que ayer no durmió. Sencillamente no tenía sueño. Además, se levanta a las cuatro y media de la mañana a comer algo porque está en el Ramadán y no puede volver a comer nada hasta las siete y media de la tarde. Aun así, dice que se siente muy bien ayunando. Ya que no duerme, le he invitado a que venga a mi casa a ver la tele, y aquí ha estado hasta la una de la mañana viendo “Buffy, cazavampiros”.

Fran

Con la OPA hasta en la sopa

26 de septiembre de 2006

Como no sé nada de España, hoy mismo he ido a la hemeroteca de la Universidad de Heidelberg a leer El País (no tienen El mundo). Después de estar una media hora enfrente leyendo he podido comprobar que –salvo que el príncipe ha engendrado otro vástago- las cosas no han cambiado nada, y si lo han hecho, ha sido a peor. Sí, señores, ahí seguimos los españoles como el gato que persigue la madeja: el proceso de paz en el País Vasco está enquistado, todavía se discute sobre la autoría del 11-M, ahí estaba también Txapote en su enésimo juicio en la audiencia nacional dando la espalda al juez y, por supuesto, ahí estaba el athletic de Bilbao con la Real Sociedad en la parte baja de la tabla, y, ¡cómo no!, en la sección dedicada a la economía, el precio del petróleo y la OPA de Eón. Si, señores, desayuno OPA, como sopa y ceno OPA. Yo me la trago por partida doble (lo digo por los de Eón).

Pero .... ¡oyes!, ¿qué es una OPA? Poca gente lo sabe. Imaginad que un padre pasea apaciblemente con su hijo un domingo y éste, de desarrollo intelectual prematuro, le pregunta:

-Papá?

-Si, hijo

-¿Qué es una OPA?

Al padre le puede dar un infarto, y no es para menos. Yo hice un curso sobre el mercado de valores en el doctorado y después de seguir el culebrón en el País durante un mes lo dejé por aburrimiento.

Una OPA, como sus propias iniciales indican, es una Oferta Pública de Adquisición de acciones. El capital social de las sociedades cotizadas está dividido en acciones, y éstas, están repartidas entre diferentes personas, físicas o jurídicas, que se llaman "accionistas”. Cuando más del cincuenta por ciento de las acciones de una sociedad estás desperdigadas entre accionistas minoritarios, se dice en el argot de la gente que se mueve en este mundillo que la sociedad es “opable”, esto es, que en cualquier momento puede venir otra empresa, un fondo de inversión o un tío gilito y proponer a todos los miles o incluso millones de accionistas que les vendan sus acciones ( a un precio mayor que el de cotización, evidetemente; si no no las venden). De esta manera el “opante” tomaría el control de la sociedad. Si esta operación está consentida por el consejo de administración de la sociedad opada (que son los representantes de los accionistas mayoritarios) se dice que la OPA es amistosa. Si se hace sin el consentimiento del consejo de administración (para lo cual el consejo tiene que tener necesariamente menos del 50% de las acciones), se dice que es “hostil”, porque al consejo de administración, evidentemente, no les hace ninguna gracia que venga alguien a comprar las acciones a los minoritarios y les bote de la sociedad. Es casi una declaración de guerra, y a los administradores de sociedades opables les cabrea mucho.

Es por esto por lo que en el seno de estas sociedades se arbitran mecanismos jurídicos anti-opa, que en el argot de este mundillo se conocen como cláusulas de blindaje o anti-tiburones . Hay varias maneras de protegerse de una OPA hostil. La más frecuente es la de limitar el número de votos que un mismo accionista puede tener en la junta general (que es –je je-, el “órgano soberano” de las sociedades, donde, entre otras cosas, se elige al consejo de administración). Cada acción incorpora un voto –salvo casos extraños-. Cuando una empresa opante compra más del cincuenta por ciento de las acciones, es de cajón que tiene la mayoría de votos en la junta general, y lo primero que haría tal opante sería echar al consejo de administración antiguo y poner el suyo. Pues bien, con la cláusula estatutaria –en los estatutos de la sociedad- que limita el número de votos, la empresa opante no podría echar al anterior consejo, a pesar de tener la mayoría de las acciones y, por tanto, la mayoría de votos.

Creo recordar que Endesa tiene un 57 % de free float, lo cual –traducido al cristiano- significa que el 57 por ciento de las acciones de Endesa están en manos de pequeños ahorradores, como podría ser tu padre, y que, muy seguramente, venderían sus acciones a EON si éste ofrece –como es el caso- un precio superior al de mercado. Esto significa que Endesa es opable. Y de hecho lo ha sido.

Ahora bien, Endesa tiene una cláusula anti-opa que limita el número de votos que un mismo accionista puede tener a un 10% del capital social, es decir, si EON comprara el 57% de las acciones sólo podría votar con el 10% de las mismas, o lo que es lo mismo, de 57 votos sobre 100, sólo podría ejercitar 10. En contra, tendría a Caja Madrid, con un 10% del capital social y, por tanto, 10 votos. Empate. Pero ahora entra un nuevo elemento: Acciona –los del desarrollo sostenible- acaban de comprar otro 10% y dice que estaría dispuesta a comprar más. No cabe duda de que sumaría sus 10 votos a los de Caja Madrid y bloquearían la elección del nuevo consejo de Eón.

Resumiendo:

Eón, que tendría el 57% de las acciones, sólo tendría 10 votos

Acciona (10%) y Caja Madrid (10%) tendría 20 votos entre los dos, y si quisieran –y de hecho, quieren-, podrían paralizar la estrategia de Eón con menos de la mitad de acciones.

Esta ruptura de la regla democrática –o mejor, plutocrática- en el gobierno de las sociedades perjudica en este caso -como suele ser costumbre-, a los accionistas minoritarios, que se beneficiarian del mayor precio que Eón pagaría por las acciones. Con la cláusula anti-opa a Eón no le interesa comprar Endesa, porque no la podría controlar.

Y esto es sólo la punta del iceberg. Aquí hay más cuestiones entrelazadas, como la eventual restricción de la competencia en el mercado español si finalmente Eón se retirada de la Opa y la ganara Iberdrola, la restricción del mercado en europa –sobre lo que ya se ha pronuciado la Comisión europea-, la modificación del reglamento de OPAs, que en verdad, sí que es “cambiar las reglas del juego a mitad de partido” o una demanda que hay en un juzgado de la castellana por una cuestión de desinversión de activos que no acabo de entender del todo, pero que debe de estar paralizada.

Como veis, la cosa tiene su miga. Ya podrían explicárselo poco a poco a los españoles en algún programa de sobremesa. La gente iba a andar más espabilada, pero ¡claro! ¿a quién interesa que la gente ande espabilada?

Fran

 

El paseo de los filósofos

25 de Septiembre de 2006

El domingo por la mañana, después de actualizar la página en el cíber de los indios, me fui a conocer el paseo de los filósofos. Era la última atracción turística de Heidelberg que me quedaba por visitar, y la mañana soleada de un domingo es el momento más propicio para hacerlo. Anduve aproximadamente cuatro kilómetros hasta que llegué al pie del camino de los filósofos, a la otra orilla del río Neckar. Al final de la calle LadenburgerstraBe, cuando la carretera se empina, comienza el sendero.

Subí una cuesta que tendría aproximadamente un 15% de desnivel –recuerdo esta peculiar medida de cuando andaba en bici-. Es un desnivel bastante pronunciado. Algunas personas mayores incluso se iban apoyando las manos en las rodillas para subir. Yo, sin embargo, iba lanzado como un Sputnik , en parte porque me acababa de tomar un café –los cafés cuestan de media 1.80 “oigos” en Heidelberg- y en parte porque me relaja andar al límite de mi capacidad. De lo contrario, me pongo a pensar en mis cosas. Sin embargo, cuando uno sube a paso ligero una cuesta, moviendo los brazos y piernas armónicamente como si fuera un molino, no piensa en nada. Simplemente está concentrado en el ritmo. Eso es muy sano.

Pues ahí iba yo cuesta arriba, sudando la camisa verde –sí, la que llevé el otro día puesta el primer día de instituto- y concentrado en la respiración y el ritmo, porque la cuesta era interminable. Cualquiera que me hubiera visto debió de pensar que me estaba jugando el malliot de la montaña –sí, el de puntos rojos-.

Pues bien, la cuesta tendría un kilómetro de longitud, pero el esfuerzo había merecido la pena, porque el paisaje que se abría ante mis ojos era digno de ver –de ahí lo de Sehenswürdigkeit -: la margen izquierda de Heidelberg, de la que destacaban los campanarios de las iglesias, el edificio nuevo de la universidad y, en la montaña, y como no puede ser de otra manera, el castillo.

El camino volvió a ser llano y, a los lados, había jardines, barandillas y zonas de césped para que los enamorados se sienten a contemplar el paisaje o para que los exploradores domingueros como yo se tumben a la bartola. Me senté en el césped a contemplar el paisaje, al lado de una pareja de tortolitos. Ella estaba tumbada sobre sus piernas y él le acariciaba la cara a dos manos como quien acaricia una bola de cristal, pero con mucho tacto, como si se fuera a romper, embobado por su belleza. Imaginaos a un arqueólogo que lleva años buscando el maxilar enterrado de un tiranosaurio rex y, por fin, cuando lo encuentra, lo acaricia con devoción para quitarle el polvo. Pues con esa misma devoción acariciaba el chico a esa rubia, pero, a diferencia del arqueólogo que nos ha servido de ejemplo, no para quitarle el polvo, sino para echárselo. A unos metros a la izquierda había otra pareja con un portátil. En aquél paraje se respiraba tranquilidad.

Yo, por mi parte, me quité los calcetines, me remangué el pantalón vaquero –como si me fuera a meter en un río a coger cangrejos- y me puse a hacer ejercicios de estiramiento. Así pasé la mañana. ¡Qué pena que no me llevara la cámara!. Otra vez será.

 

La primera cena II

24 de Septiembre de 2006

Yo aparecí en la puerta con el trapo de cocina en la mano como Dulcinea del Toboso y les hice una señal con la mano para que bajaran. La rusa me reconoció y bajaron trotando las dos a la vez, las escaleras de dos en dos y agarrándose a la barandilla. La primera impresión que tuve al verlas fue la de que las dos chicas parecían muy amigas. Son de estas chicas que van de dos en dos como los donuts. De hecho, parecía como si hubieran sido siamesas y las hubieran separado hace unas horas. Apostaría que incluso tenían la regla coordinada para tener las mismas sensaciones cuando van de marcha –lo de la coordinación de la regla en las chicas que son muy amigas es un hecho científicamente demostrado, lo ví en un documental de la Discovery Channel-. Se acercaron a mi y me dieron la mano. Primero la rusa –para demostrar a su amigan que este especimen que escribe es pacífico y no muerde- y luego la croata, que se llamaba Jelena. A primera vista me pareció más guapa la croata. Tenía el pelo rizado, los ojos claros, la nariz respingona –aunque no era la típica nariz fina de nórdica, sino un poco más ancha-, y el cuerpo delgado. Ambas tenían el culo embutido en un pantalón vaquero. De hecho, diría que la croata ni tenía culo. Era plana por detrás –o eso parecía-

La rusa ya tiene el pelo liso de por sí, pero ese día se lo había estado alisando más, si cabe. Llevaba una camisa con los dos últimos botones de arriba desabrochados estratégicamente –para sentirse mejor con ella misma-, pero que en ningún momento dejaban que se intuyera nada. Parecía que había estado estudiando en casa los movimientos que podía y que no podía hacer para que la camisa diera siempre esa falsa sensación de apertura. De pantalones llevaba unos vaqueros ajustados.

La croata llevaba un jersey rosa chillón y unos pantalones vaqueros más oscuros al vacío. Se los debía de haber puesto con una máquina de envasar salchichas. ¡Y a mí que me gusta llevar los pantalones sueltos porque me molesta que me aprieten la barriga! ¡Cómo llegarán estas a casa! ¡ Y encima dicen que lo hacen para sentirse bien con ellas mismas! Ahí está la gran paradoja. Yo lo he observado en mi novia: lleva zapatos que le hacen daño para sentirse mejor. Si le hacen daño se sentirá peor, ¿no? En fin, que les agradezco que vengan bien vestidas, pero un poquito de honestidad podrían tener de vez en cuando, ¿no? Que no se les van a caer los anillos.

Bueno, después de este estudio antropomórfico que todo hombre hace por defecto y que dura unos segundos, les invité a que entraran. Ellas se limpiaron las zapatillas en el felpudo y, al entrar y comprobar que la habitación estaba enmoquetada, me preguntaron si se las debían quitar. Yo les dije que me daba igual –y de hecho me daba igual, no lo dije por cumplir, como la típica madre que reza para que los invitados se quiten las zapatillas-. Ello no obstante, ellas observaron que yo tenía zapatillas de andar por casa y debieron deducir de ello que lo correcto era quitárselas. Y así fue. Bien pensado, sí que preferí que se las quitaran. Les dije que así estarían más cómodas. Y era verdad.

Se sacaron de debajo de las chaquetas unos regalos que habían comprado para mí –qué ilu-¡. No era vino –la rusa dijo que traería vino-, sino el postre: una tarrina grandes de helado de chocolate -de éste que viene con tropiezos- y un recipiente de cristal con caramelos polacos dentro ¿de dónde los habrán sacado?

Después entraron a la habitación y analizaron mi guarida con la misma minuciosidad con la que yo las había analizado antes a ellas y dictaron sentencia: les pareció que mi casa era muy chula. Yo les dí las gracias y me puse otra vez manos a la obra en la cocina. Me preguntaron si los cuadros los había puesto yo. Yo les dije que el de Dalí y el abstracto ya estaban cuando vine, pero que el poster de las dos chicas besándose lo había comprado yo, y no por el erotismo, sino por la ternura que desprende.

Mientras acababa de cocinar las verduras, les conté que vendría un chico palestino que había conocido ese mismo días, lo cual les pareció bien, o al menos, eso dijeron. De todas formas, con el palestino se propiciarían más conversaciones.

Durante todo este tiempo las chicas no paraban de reír, como si vinieran con el puntillo. Todo les hacía gracia. Ji ji ji, jo jo jo joj, ja ja ja. Se sentó cada una en silla de oficina de las que tengo aquí y se pusieron a mirar en la cocina cómo cocinaba. Me dijeron que aquello les parecía un show. Y sí que lo era, porque para preparar una cena de nada había desplegado todo un arsenal de ollas, sartenes, bolls y cubiertos, y yo en medio ahí liado como si fuera el cocinero de la boda de los príncipes, más tiznado que el carbonero del Titanic.

A todo esto, llamaron abajo: el palestino. Las chicas empezaron a cacarear como locas y a dar vueltas por la cocina, como las gallinas cuando entra un zorro en el corral. Finalmente se abrazaron, se metieron detrás de la puerta de la casa y se acurrucaron. Yo las miraba con extrañeza mientras flipaba en colores. Cuando abrí la puerta al palestino las chicas quedaron tapadas detrás y, evidentemente, cuando la cerré, volvieron a aparecer. Menos mál que ya no estaban abrazadas ni con cara de espanto, aunque el palestino no dejó de sorprenderse por el hecho de que estuvieran detrás de la puerta.

El palestino venía vestido con unos pantalones vaqueros negros, una camisa negra con rayas blancas, unos zapatos negros y un cinturón de éstos que tienen una chapa por hebilla. Se había mojado el pelo, pero aún así lo tenía más rizado que una escarola. Ayer me enteré de que sólo tiene 19 años.

Nizar se quitó las zapatillas y yo puse las sartenes con la comida sobre la mesa. No contaré mucho más. Sólo que el palestino entendía el alemán perfectamente (y eso que nunca lo había estudiado y sólo llevaba tres meses en Alemania), no comió nada, y cuando digo “nada” es absolutamente nada –y eso que todavía no había empezado el ramadán-, que durante la cena hablamos de lo típico: qué estudiamos, por qué Alemania, qué actividades hay en Heidelberg...

La rusa cantó en español “Guantanamera”, pero en realidad decía “cuánta ramera”. Yo le expliqué el significado de lo que estaba diciendo y nos echamos unas risas. También nos reímos de que en Rusia hay un detergente que se llama “Mist”, que en alemán significa “estiércol” o “porquería”. Yo le dije que en España teníamos Ariel. Ellas dijeron que en Rusia también. Y en Alemania también lo hay. El palestino dijo que no hay Ariel en Palestina. ¿Sabéis por qué? Porque con Ariel Sharon ya tienen –tenían- bastante. ¿Imagináis que en España tuviéramos un detergente que se llamara Osama?

En fin, el palestino nos bailó un poco y la rusa acabó fregando los platos –¡voluntariamente!-.

Fran

 

La primera cena

23 de diciembre de 2006

Como hoy ando algo falto de ideas, voy a tirar de archivo y voy a contar cómo se desarrolló la cena a la que estaban invitadas, en principio, la rusa que conocí hace una semana, su novio y algún amigo/a más, pero que al final resultó ser una cena en la que se juntaron, nada más y nada menos, que una rusa, una croata, un palestino –invitado de última hora-, y el menda, español, aunque viene de una zona en la que mucha gente es de un sitio o de otro dependiendo de quien haga la pregunta.

Llevaba yo alrededor de dos horas preparando la casa para que pareciera que el tipo que vive en ella es ordenado y curioso. Pasé la escoba a la cocina y al baño y después la fregona; también pasé la aspiradora a la moqueta de mi habitación y limpié la zona de la encimera, que empezaba ya a desprender un cierto tufillo a hongo o liquen. No es por disculparme, pero la cocina es enana y tengo todo mi avío –aceite, vinagre, sal, cubiertos, trapos, estropajos, etc.- colocado en el fondo de la encimera. A nada que se te queda un trozo de ajo por ahí, se pudre en un santiamén, por la humedad que hay

También descolgué la ropa del colgador para que no vieran mis calzoncillos colgando. Los metí en el armario.

Una vez recogida la casa, me puse a pelar las patatas. Seríamos cuatro, así que pelé lo equivalente a cuatro patatas grandes –digo “lo equivalente” porque aquí todas las patatas que venden son enanas. Como mucho vendrán un par de patatas grandes en cada bolsa-. Pelé las patatas con el peeler –ya dije que no sé hacerlo de otra manera- y las puse a freír –tardé aproximadamente 25 minutos en pelarlas- mientras hacía otras cosas, como cocer huevos para preparar unos pinchos. También iba echando patatas y aperitivos en una platos –de los de la vajilla, que son de cerámica. No compré platos de plástico-.

De vez en cuando removía las patatas para que no se pegaran, y ni que decir tiene que las iba aplastando para que las patatas quedaran, como dicen los chefs de ahora, “deconstruidas”. Cuando estaban bien fritas me dí cuenta que no había echado sal ni cebolla, así que las quité del fuego y me apresuré a echárselo cuanto antes por si todavía me daba tiempo. Las patatas ya estaban fritas, así que para que no se me quemaran y la cebolla se hiciera no tuve más remedio que removerlas constantemente. Cuando la cebolla estaba lo suficientemente blanda como para que no crujiera al morderla las patatas estaban tan “deconstruidas” que aquello parecía más bien una papilla. Las vertí en un boll con cinco huevos hechos tortilla y lo mezclé todo.

Las chicas estaban al llegar, así que me metí al baño a ponerme un poco de gomina para -como dicen las mujeres- "sentime mejor conmigo mismo". Es que si no, el peinado que tengo por defecto es el de Jim Carrey en la pelícla de "Dos tontos muy tontos", esto es, a lo "palante".

Como sabía que no me iba a dar tiempo a hacer unos champiñones, decidí poner a freir unas verduras que vienen congeladas y que tras cinco minutos en la sartén quedan muy buenas. Mientras hacía las verduras, ellas llamaron abajo. Las abrí desde el portero y me limpié las manos en el trapo de cocina. Cuando abrí la puerta para indicarles cuál era mi casa ellas ya estaban subiendo las escaleras hacia el segundo piso a toda leche y riéndose sin parar como dos colegialas en su primer día de escuela.....

Continuará ...

Fran

 

El Perfume

22 de diciembre de 2006

El martes por la tarde fui a ver la adaptación cinematográfica de la novela de Patrick Süskind "El perfume". La croata me había dicho que era una película fácil de seguir y que, si me había leído el libro, no tendría ningún problema en entenderla. Además, el protagonista de la película fue mudo durante sus primeros años de vida y gran parte de la peli la narra una voz en off. Sin embargo, aunque reconozco que no era como ver una peli de Woody Allen, no entendí gran cosa. En cuanto había una frase un poco más larga con alguna subordinada, yo ya estaba más perdido que un pulpo en una garaje.

Hay cuatro cines en Heidelberg: Gloria, Gloriette, Kamera y Studio Europa. Yo fui al Studio Europa, aunque la verdad es que pensé en ir al Gloriette, porque el martes era el día del espectador y la entrada costaba 4.50 “oigos”. Finalmente me fui al cine que está al lado de casa (relativamente) porque no me apetecía meterme con la bici en la calle principal. Además, tampoco me habría ahorrado tanto. En el “Studio Europa” pagué 6 “oigos”.

El cine era espacioso y tenía un palco. A la hora a la que estaba programada la peli nos empezaron a bombardear –como es natural- con anuncios publicitarios. Entre otros, nos pusieron un anuncio de unos dos minutos de Marlboro en el que salían unos vaqueros del oeste pasándolo en grande con los caballos mientras se hacían los duros (la publicidad del tabaco no está restringida en Alemania).

Con un cuarto de hora de retraso, empezó la película. Me desenceré los oídos en la medida de lo posible y afiné el oído como si fuera a hacer una prueba de comprensión oral del Hochstufeprüfung. La verdad es que es entretenido ponerse a prueba a uno mismo y ver si uno es capaz de entender los diálogos de las películas. De hecho, viendo la tele en casa me lo paso muy bien, aunque sean programas del corazón.

La película estuvo entretenida, pero tampoco tenía mucha enjundia, aunque había algún guiño al tema de la hipocresía moral. En cualquier caso, no es una de esas películas que te deja pensando después de salir del cine, aunque yo relacioné la atracción que Grenouille logró con su perfume con la atracción que nos producen las personas bellas. Y me interrogué: ¿Qué hay en la belleza que nos atrae tanto? Es la simetría de los rasgos, la pureza, la ausencia de mutaciones –como oí decir a un científico en el programa de las noches de Eduard Punset-. Es como si la belleza fuera una condensación de energía que nos atrae como si de un imán se tratara. Grenouille logró esa pureza sin aristas en su perfume.

Fran

 

Carreras de caballos

21 de septiembre de 2006

El otro día, cuando fui al ciber de los indios a actualizar el blog y entré en mi cuenta de correo de yahoo!, vi un banner de Open Bank (antes Patagon) -filial del banco Santander por internet- en el que se decía que el caballo ganador no era ni el 6 -por referencia a ING-, ni el 7 -por referencia a Uno-e (del BBVA)-, sino el 8, o sea, el suyo. Y para tan feliz afirmación se basaban en el hecho de que su depósito 8 lo remuneraban a un 8% TAE durante el primer mes. Lo que ya no decían a bombo y platillo era que los restantes cinco meses te lo remunen al euribor, o sea, en torno al 3%. La TAE media de ese producto para los ahorradores era, entonces, de un 4% TAE -lo ponía en letra pequeñita en alguna esquina o después de pinchar en algún sitio-.

No entiendo cómo puede compararse tan alegremente el producto de ING con el de Openbank. ING te deja sacar el dinero después de tenerlo un mes al 6%. OpenBank no. Y ahí está el truco del almendruco. Es cierto que la mayor remuneracion por mes la da Open Bank, pero el hecho de que luego te obligue a terner el dinero cinco meses más a una remuneración más baja le resta atractivo y su afirmación de que gane el 8 es más que dudosa. El 8 ha menguado hasta el 4 (como si el príncipe se hubiera convertido el rana). Posiblemente un ahorrador que hubiera tenido el dinero en ING al 6% hubiera encontrado un producto en el que le den más del euribor (hasta hace poco, en Citybank). O imaginemos que un ahorrador sólo puede disponer del dinero durante un mes. El producto de Openbank no le serviría.

En fin, que si Openbank no miente, lo cierto es que no dice la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, sino una verdad a medias -o una mentira a medias, que es lo mismo-. Ya me gustaría que me respondieran a la siguiente consulta que les hice en su página web:

"Quería comentarles algo que ustedes ya saben de sobra: que su producto no es mejor que el de ING. ¿Por qué no dicen a sus potenciales clientes que su producto tiene una tasa de interés anual del 4% porque sólo se remunera al 8 el primer mes? Los de ING no te obligan a tenerlo metido a una rentabilidad inferior. Esperando que sean del todo honestos y transparentes algún día,

Francisco del Pino."

A todo esto, si los de Openbank son pillines, los de Caja Madrid tienen una jeta de cemento, porque utilizaron la misma estrategia, pero con un depósito que daba el 12% anual el primer mes y no más del 2 el resto de los 11 meses, porque la TAE (que es en lo que todo el mundo se tiene que fijar -para eso está-) salía en torno al 3%. ¡Y encima lo llamaban el depósito 12!. ¡Cómo se aprovechan de que los mayores de este país -que son los que tienen algo- están anestesiados con el tomate, la salsa rosa y los triunfitos!.

Fran

 

Sí, soy un primo

20 de Septiembre de 2006

¿Sabéis lo qué es hacer el primo? Pues hoy lo he hecho bien de narices. Me he despertado incluso antes de que sonara el despertador, me he duchado, he desayunado, he metido el ordenador, el cable de alimentación y el ratón en el maletín, los lbros de Kelsen y de derechos reales en el macuto de los libros, y me he vestido. Me he puesto mi segundo mejor par de zapatos (y porque el mejor lo tengo en España), una camisa verde de un tono pálido que acababa de planchar ayer, unos pantalones también recién planchados y, encima de todo, una chaqueta de lino que está siempre arrugada (¡ni mi madre puede con las arrugas!). Todo ello para mi primer día de trabajo en el instituto. Me he asegurado de llevar las gafas, la carpeta con los papeles del instituto que acreditan que estudio ahí (para sacarme un billete de tranvía barato), la agenda, el pendrive (para actualizar el blog), la cartera, el reloj, etc... y tras beberme un zumo de naranja -como si fuera la poción de Asterix- he salido apresurado pero todo dedicido, como si fuera a salvar el mundo. He cerrado la puerta con un golpe seco -no suele cerrar bien- y, entonces, he caído en la cuenta de que ¡me había dejado las llaves dentro!. En ese momento uno jura hasta en hebreo -pasando por el alemán ( verdammte ScheiBe)- y mira hacia el cielo mientras aprieta los dientes con un gesto de dolor en plan "señor, ¿por qué me has abandonado?". La amígdala -sí, la del otro día- pone al cuerpo a segregar todo tipo de sustancias que le preparan a uno para la acción -como si se tratara de huír de una pantera- y el cerebro se pone a examinar las posibles salidas que a uno le pueden quedar -como el ajedrecesta que intenta evitar un mate en tres, pero que lo ve chungo-. De repente, una voz interior dijo: "Fran, entra por la puerta que da al patio." No sabía si habría dejado la puerta del patio abierta -y eso que había pensado dejarla para que se me ventilara la casa (eso es lo que más jode, ¡ese pudiendo y no!)-. De todas formas, no tenía la lleve del patio, así que tuve que esperar a que bajara algún vecino para que me la abriera. No recordaba haber dejado la puerta abierta, pero era una posibilidad, así que había que explorarla. Sí sabía que no había bajado la persiana del todo, sino sólo hasta las rodillas. Lo suficiente para que no me vean andando desnudo por casa.

Pues bien, el potencial salvador apareció por las escaleras. Le conté el problema y le pedí que me abriera la puerta del jardín, y el tío, muy simpático, me la abrió. Sabía que la puerta se cerraría sola, pero me la jugué. Cuando llegué a la puerta de mi terraza me derrumbé al ver que estaba cerrada por dentro. Mi última posibilidad se había extinguido. Además, estaba encerrado en el patio (de Guatemala a guatepeor), y el ordenador y el macuto de los libros delante de mi puerta (aunque no corrían mucho peligro, porque las puertas no dan a la calle). Ya ven, ahí estaba yo, encerrado en el patio como un perro, maldiciendo mis tristes hades y clamando a mis dioses justos, hasta que apareció una vecina a la que nunca había visto y me salvó -como el principe azul a la princesa que está encerrada en su castillo-.

No contaré más. Sólo decir que fui al ayuntamiento a pedir un número de un cerrajero, que éste vino -tampoco fue fácil hacer que viniera- y que me clavó ........ 127 "oigos": 17 de impuestos, 30 por la salida y 80 por abrir la puerta -la abrió en 20 segundos con un alambre mientras yo, atónito, pensaba: ¡queeeeeeeeé cabroooón! -no despectivamente, sino como expresión de sorpresa-. EL cabreo no se me ha quitado hasta después del gimnasio. Me he autocastigado con dos semanas sin caprichos. Y es que dejarte la llave dentro de casa es una de las mayores putadas que a uno le pueden pasar (sólo superada por el hecho de que te la desvalijen o por quemarla imprudentemente). Bueno, pues me despedí del tío y tan amigos, incluso le dí propina, por ser simpático y por haberme estado buscando una hora. Eso sí, no le dije "auf wieder sehen".

Fran

Fe de e-ratas: Mi amigo Nizar es, efectivamente, palestino. Ayer puse por equivocación que venía de Pakistán. Le agradezco la apreciación a mi novia, que todo lo escudriña rozando la perfección. No se le escapa ni una.

 

Y dijo Dios... ¡Hágase la red!. E internet se hizo

19 de septiembre de 2006

Hoy he hecho bastantes gestiones: he conseguido que me den un lugar de trabajo y una llave del Instituto de Derecho comparado, he recibido un mensaje de mi contacto de hospitalityclub.org en Baden-baden aceptándonos a mí y al txus para pasar una o dos noches en su casa, he ido a las piscinas y he comprobado que ya estaban abiertas -pero, por desgracia, hoy sólo era para chicas (¿qué harán?)- y, además, me ha llegado el módem de Aol. Sí, increible pero cierto: ya tengo el módem, después de un mes y diez días (aunque tengo que decir que el retraso también me es imputable a mí). Lo que ocurre es que no me puedo meter todavía a internés desde casa porque los de AOL tienen que instalármelo automáticamente desde su central en Luxemburgo. Menos mal que ese proceso lleva tan solo un día -dicen-.

Bueno, pues ahora que tengo un lugar para trabajar en el Instituto y que me voy a poder codear con los profesores y los mitarbeiters, ya me siento mejor. Incluso he decidido ponerme un horario y empezar la jornada a las nueve de la mañana y terminar a las seis. Así sólo me como la cabeza en ese intervalo de tiempo (con un recreo de una hora para ir a comer al Mensa). Sólo me queda sacarme un billete de tranvía de estudiante, porque pagar 1.70 todos los días para ir al centro y otro tanto para volver es una clavada. El palestino tiene un billete que le permite ir a donde le dé la gana (incluso hasta Mannheim) por sólo 24 euros al mes. A ver si consigo yo algo parecido, porque ir en bici cargado con los libros es una lata. Llega uno sudado y eso no da la mejor imagen. Además, tendré que llevar el portátil, así que lo de la bici descartado.

En cuanto al módem, me ha llegado a eso de las 11 de la mañana, estando yo en calzoncillos por casa. Me he puesto el pantalón como una exhalación y el primer nicky que he pillado de encima de la cama y he salido a abrir. Era un tío de DHL con un paquete 7 veces más grande que el módem que estaba dentro. ¡Absurdo! Igual están compinchados los de AOL con los de DHL para mandar paquetes más grandes de los necesario y repartirse las ganancias a costa de los miles de clientes de AOL. Nunca se sabe. Pues bien, el repartidor -que en este caso no se queda con la mejor parte- me ha dicho que eran 35 "oigos". ¡Y yo que pensaba que me lo pasarían por el banco! Le he dicho que me lo deje en la postoffice (no me acordaba de la palabra en alemán) o que, si podía esperar tres mitutos, iba al banco en un pis-pas (es que no suelo llevar nunca más de 20 euros encima, ya véis). El repartidor me ha esperado en la furgoneta ordenando unas cajas. No he tardado nada. Ni que decir tiene que el paquete me ha hecho tanta ilusión como un regalo de reyes. Lo he abierto y me he dispuesto a montarlo como quien hace un puzzle, pero me he decepcionado bastante cuando he visto que no funcionaba. En fin, a ver si para mañana lo han instalado ya.

Fran

Un chico llamado Nizar

18 de Septiembre de 2006

Hoy ha sido el día en que por fin he afianzado mis relaciones sociales. Desde que mi novia se fue de Heidelberg el 2 de Septiembre no había hablado con nadie en condiciones. Sólo con la rusa.Yo vengo de una familia de cinco mienbros, por lo que estoy bastante acostumbrado a tener gente alrededor, aunque tampoco soy de esos que no pueden estar solos. También me gusta la soledad; para pensar, recapacitar y encontrarse con uno mismo. Pero, como dice el refranero, "lo poco agrada y los mucho enfada", y llega el momento en que, de tanta soledad, uno acaba encerrándose en sí mismo y -digamos- deshabituándose al necesario y saludable contacto humano. Además, escribo una tesis y, de momento, no me han dado un lugar de trabajo en la universidad, por lo que no tengo contacto fluido con ningún colega. Me tienen que dar cita. Así que, imaginad: paso todo el día metido en mi madriguera, sin poder comentar ideas con nadie y cociéndome en mi propio jugo. La soledad es como las arenas movedizas: cada vez te envueven más y no puedes escapar solo de ellas y, por mucho que lo intentes racionalizar,te pueden llegar a tragar. Hay que tener cuidadín y no perder pie.

Pero hoy he roto definitivamente con ese círculo vicioso, porque, cuando me pongo, puedo ser bastante extrovertido: venía yo del Penny Markt y, mientras esperaba a que se pusiera verde el semáforo, un chico de unos 25 años se ha parado al lado y, tras echarme un vistazo, me ha preguntado en alemán:

- Perdona, ¿eres árabe?

- Pues va a ser que no; tengo la nariz de un persa y la piel más negra que los cojones de un grillo, pero no soy árabe, soy español (evidentemente, no le dije ni lo del persa ni lo del grillo)

- Ah, vale, perdona (dijo con gesto de haberse arrepentido de preguntar tal cosa)

Entonces, teniendo a tiro la posibilidad de entablar conversación y de conocer a alguien ( ¡además, del barrio!) le seguí dando coba:

- ¿Y tú?¿De dónde eres?

- De Palestina, ¿lo conoces?

-Sí, por supuesto.

El semáforo se puso en verde y no quería perder la oportunidad de tener un amigo árabe para hablar con él de oriente próximo. En fin, supongo que una palestino te puede contar más historias que los hermanos Grimm. Entonces pregunté:

- ¿dónde vives?

-En esta misma calle (era perpendicular a la mía)

-Pues yo vivo ahí mismo (mientras señalaba mi casa), en el número 104. Cuando quieras, te puedes pasar (sabía que, por timidez o por inercia -mala inercia-, no se pasaría, asi que le solté: - ¿Por qué no te vienes a mi casa a comer?

Al tío le extrañó la pregunta. Puso cara de sorpresa y exclamó:

-¿ahora?

-Sí, ahora, vivo ahí cerca (y señalaba con el dedo)

En tío dijo un tímido "bueno" y empezamos a andar. Sé que la situación era extraña y que el tío tendría la mosca detrás de la oreja, así que intenté hacerme el inofensivo y mantener viva la conversación:

-No has comprado productos que se descongelen, ¿no?. Verás, yo llevo aqui más de un mes y no conozco a nadie. Estoy más solo que la una.

-Yo llevo tres meses y tampoco conozco a nadie -se le notaba a la legua que era tímido, y mi instinto masculino me decía que era buen chaval-

Cuando llegamos al portal le indiqué cuál era el botón de mi portero y, consciente de que la situación era un poco forzada le dije que, si quería, estaba invitado a una cena a la que iban a venir dos rusas y que podía venir a las ocho. Al tío se le iluminó el semblante y dijo que le parecía bien, que entonces se iría a su casa a comer y que vendría a la tarde. Y así fue.

A eso de las siete y media ya habían venido la rusa y su amiga, la croata. La tortilla, por desgracia, me ha salido fatal, porque se me ha olvidado echar aceite antes de verter la mezcla huevo-patata y se me ha pegado. Es la ley de Murphy. En el ensayo me había salido una tortilla perfecta.

Al terminal la fiesta, he acompañado al palestino a su casa. Me ha dado también su teléfono. Le llamaré frecuentemente para dar una vuelta y para me que cuente su interpretación del conflicto en oriente próximo. Muy interesante. Ahora bien, no tengo programado viajar a Palestina en el medio plazo.

Fran

 

Ahora son los alumnos los que dan la nota

17 de Septiembre de 2006

Cuando la otra noche me fui en uno de mis periplos nocturnos al bar de marcha que tenemos aquí, en el barrio, me puse a leer una revista en la que se trataba un asunto polémico: tres estudiates de informática han montado una página web (creo que era www.meinprofessor.de) en la que los alumnos de instituciones de enseñanza superiores ponen nota a sus profesores. Según los responsables de la página, ésta está diseñada para mejorar la calidad de la enseñanza y para orientar a los futuros estudiantes. Sin embargo, según la versión de los profesores, la página es una canal a través del cual se difama y se vierten las frustraciones de los alumnos que no logran aprobar (eso lo decía, por cierto, el profesor con la calificación más baja de todo Alemania). También decían que va contra el honor. ¡Cierto!, pero en ese caso la página les da la oportunidad de borrarse. Si se borran, cae sobre ellos la presunción de mal profesor. ¿Por qué iba a querer un buen profesor borrarse?. Un motivo atendible que esgrimen los profesores es que éstos pueden verse influenciados por los resultados y ser demasiado indulgentes con los alumnos, lo que iría -precisamente- en detrimento de la calidad de la enseñanza.

En todo caso, la verdad es que la iniciativa es interesante. Si de verdad los alumnos fueran objetivos y valoraran a los profesores con imparcialidad, sí que podría ser un buen instrumento para que se formara una opinión objetiva acerca de lo bueno o malo que es el librillo de cada maestrillo, pero lo cierto es que sí parece que el profesor que andaba de farolillo rojo en esa lista tiene razón: lo previsible es que todos los que suspendan se reboten con el profesor y le pongan una mala nota y que los que aprueben le pongan una nota directamente proporcional a la que ellos hayan sacado. El alumno no suele achacar su suspenso al hecho de no haber rendido lo suficiente durante el curso, sino a que "el profe" le tiene manía o a la mala suerte. Sin embargo, cuando el alumno aprueba, el mérito es sólamente suyo, rara vez se atribuye a la magnanimidad o manga ancha del profesor (de hecho, cuando el alumno aprueba, siempre dice "he aprobado"; cuando suspende dice "me han pencado").

Sin embargo, no parece que este argumento sea definitivo para desterrar la idea de implanter una supervisión anónima y pública por parte del alumnado, porque siempre pueden adoptarse medidas correctoras. No creo que le supusiera mucho trabajo a un informático desarrollar un programa que comparara los resultados de las votaciones con el número de suspensos en ese curso. El hecho de que los que hayan aprobado den un voto negativo sería un factor importante a tener en cuenta. Podría votarse por diferentes categorías -puntualidad, claridad al expresarse, apreciación del conociemiento que el profesor tiene de su materia...-. No creo que todos los que puntúen mal como venganza pongan en todo un 0. Estos matices podrían tenerse en cuenta por el programa informático. Además, el programa podría desechar resultados absurdos o incoherentes en alguna encuesta. Yo creo que si esto se toma en serio y puede ayudar a mejorar la calidad en la enseñanza, no deberíamos dejar escapar la oportunidad. De hecho, estas encuestas ya se hacen en las universidades. Incluso una parte del sueldo de los profesores depende de ella. ¿Por qué no hacerse a través de internet? Si es un problema lo de la verificación de la identidad del votante para evitar que vote gente ajena a la uni o que un mismo alumno vote dos veces, tal problema desaparecerá pronto con la generalización de la firma electrónica.

Ya véis las oportunidades que ofrece internet. Animo a algún cerebrín de la informática a implantarlo en España. Puede ganar mucho dinero. Todos los días tendría miles de visitas.

 

Fran

¿Es el consumidor el rey?

16 de Septiembre de 2006

Resulta curioso ver qué poco avanza la humanidad en temas trascendentes como el descubrimiento de las causas de la felicidad -o de la infelicidad-, el respeto de los derechos humanos, o la moral y lo mucho que avanza en cosas intrascendentes, como los modelos de las cuchillas de afeitar.

Principalmente, hay dos compañias que se dedican a diseñar cuchillas de afeitar -inicialmente para hombres, pero desde hace años también para mujeres-. Todo el mundo las conoce: son Gillete y Wilkinson. Cualquierea habrá apreciado que estas dos empresas sacan al mercado constantemente nuevos modelos de cuchillas con las más insospechadas innovaciones que, a mi juicio -un hombre que normalmente se afeita- no sirven absolutamente para nada. Pareciera, de hecho, que estas dos compañías compiten entre ellas por ver quién de las dos es capaz de sacar la mayor bobada al mercado.

Yo siempre ví a mi padre afeitarse con hojas cortantes, de esas con las que los suicidas de las películas se cortan las venas. Nunca le oí quejarse de que esas hojas de afeitar cortaran mal o fueran susceptibles de mejora. El tío enroscaba la cuchilla en su maquinilla, se afeitaba, y quedaba siempre impecable. Creo que en 20 años que llevo viendo a mi padre -con consciecia de lo que hace- ha cambiado de máquina de afeitar una sola vez -y probablemente sea porque retiraron sus hojas del mercado, quizá para evitar suicidios-. Ahora se afeita con una Gillete -no sé si Match 3 o Match 4- a la que, por cierto, no le valen mis recambios -he ahí la razón de la innovación-. y la cara le queda absolutamente igual.

Si uno se pone a pensar, cada semestre, aproximadamente, lanzan una nueva campaña publicitaria en la que sale un hombre con el torso desnudo afeitándose, pero que pone una cara de satisfacción y curiosidad que parece estar probando un artilugio de tecnología extraterrestre. Después de afeitarse con una sola pasada -algo que ningún hombre hace nunca en ningún caso, ni falta que hace- le queda la cara exactamente igual que con cualquiera de los último cinco modelos anteriores. Después aparece una chica que le acaricia la cara, le besa, y los dos se piran tan felices a comer perdices.

¿Con cuántos modelos de cuchillas nos han bombardeado en los últimos años? Uno ya ni sabe. Que si la Match 2 (como si fuera un caza), la Match 3 (con tres cuchillas), la Quatro (aquí creo que se adelantó Wilkinson), luego los de Gillete sacan una que, si he entendido bien, te debe de dar una pequeña descarga para electrizarte los pelos (la cuchilla viene con una pila ¡es pa cagarse!), y ahora... ¡van y sacan una que se llama Fusion! y que, si no he entendido mal, te sigue dando descarga -viene con pila- pero tiene cinco cuchillas y la presión que uno hace con la cuchilla al pasársela por la cara es menor porque la superficie es mayor... En fin, la cuchilla vale unos quince euros y no creo que le valgan los recambios de ninguna de las otras cuchillas. ¡Para eso es la innovación! ¿No podrían inventar cuchillas que no se desgasten con el uso? Eso sí que satisfaría al consumidor, si es eso lo que buscan. Ni que decir tiene que yo sigo afeitándome con cualquier desechable -mientras no sea china-, la cara me queda bien y el bolsillo mejor. Pero para bolsillo, el de Bechkam, que es quien se embolsó buena parte de lo que los consumidores pagaron en una promoción anterior.

Es el espejismo del capitalismo: uno se compra la cuchilla por curiosidad, dice a los demás que merece la pena, que sí nota mejoría (para justificarse a sí mismo y no parecer un pringao que compra algo que no aporta nada) y a partir de entonces tiene que comprar los recambios de ese modelo, porque, si no, no amortiza la cuchilla. Creo que decía A. Smith -o si no, algún teórico del modelo de libre competencia-, que el consumidor es el rey. Pues parece que ese rey abdicó hace ya bastante.

Fran

 

Rohrbach

15 de Septiembre de 2006

Un apartamento en el centro de Heidelberg como el que yo tengo aquí, en las afueras, costaría aproximadamente el doble: unos 700 euros al mes. Por eso vivo en Rohrbach, al sur de Heidelberg, pero dentro del municipio. La verdad es que podríamos decir que vivo entre la espada y la pared: dos bloques a la derecha del edificio hay un hospital militar de las fuerzas armadas estadounidenses. ¡Qué miedo!, ¿no? Quizá por estos lares se encuentre reposando algún herido en la guerra de Irak y todo. Otros dos bloques de pisos a la izquierda hay un cuartel general de la OTAN. No se puede ni sacar fotos a las instalaciones, ni trazar planos, ni tomar apuntes... (lo pone expresamente). Sólo les falta poner en el cartelito de marras que hay que olvidar lo que se ha visto cuando uno sale a pasear a la noche por ahí. Pone que aquél que contravenga esas prescripciones será "prosecuted". Para ponérsele a uno la carne de gallina. Rodeé las instalaciones y me encontré en dos ocasiones con un acceso a las mismas. Había una garito de vigilacia, focos que arrojaban luz desde el suelo y bloques de hormigón puestos de tal manera que sólo se puede entran en recinto maniobrando en zig-zag. Había una tía guardiana que me miraba con desconfianza.

La verdad es que cuando uno pasea por esta zona a las noches respira un aire muy puro, escucha a los grillos y disfruta de lo pacífico que es todo. Es como si unos extraterrestres se hubieran llevado este pedazo de barrio a un planeta y estuvieramos desconectados del mundo. Supongo que con tantas fuerzas armadas alrededor sólo caben dos opciones extremas: o ser el lugar más seguro y pacífico del mundo o el más inseguro y guerrero. Ya me veo yo metiéndome en el sótano en caso de que al iraní se le vaya la olla y nos tire una bomba de esas atómicas que o tiene o tendrá pronto.

Sí, por las noches salgo a que me dé el aire un poco, ¡no voy a estar todo el día en casa metido! No he ido al centro porque no me apetecía comprar un billete de tranvía -vale 1.70 el viaje sencillo-, porque no creo que hubiera conocido a nadie yendo yo sólo y también por inercia. Me he recorrido la verja del cuartel de la OTAN y luego he ido a tomar una cerveza a una bar que suele estar abierto hasta la una de la mañana más o menos. Me he pedido una cerveza de barril -ein Bier von FaB- y me la he trinkado -nunca mejor dicho- mientras hojeaba una revista que podríamos equiparar a la "Tiempo" española. Había un artículo en el que se hablaba de un acuerdo entre Bush y Merkel: Merkel dejaba que Bush mandara a Alemania a cuatro convictos de Guantánamos que no podía mandar a sus respectivos países -correría peligro su intergridad física- y Bush dejaba en paz al talibán alemán. También había un artículo sobre Ulrich -se citaba a Euemiano Fuentes, lo cual me ha hecho mucha gracia-. Evidentemente, el artículo era sobre el dopaje. Incluso salía una foto de Jean-Marie Leblanc cariacontecido cuando se dió cuenta de que todas las estrellas estaban dopadas. Más que una carrera ciclista parecía aquello un congreso de bioquímicos. Hay que sugerir a la dirección de la Vulta a España que en vez de poner como banda sonora a Hevia o a Melendi, ponga a Fangoria, con la canción que lleva por estribillo "no sé qué me das, que me hace volar". ¿Os imagináis? ¡Juas, Juas!

En fin, después de hojear un poco lo de Ulrich, le he dado el último trago a la birra -que más que en un vaso, parecía que me la habían puesto en un florero de diseño, de lo grande que era-, y me he pirado a casa, no sin antes pasar por el cajero para mirar el saldo de la cuenta.

Fran

 

Una experiencia religiosa

14 de Septiembre de 2006

Hoy por la mañana, después de actulizar los blogs en el ciber, he ido al gimnasio a entrenar. Como no tengo ninguna bolsa de deporte ni ninguna mochila, llevo la ropa de entrenar, el champú y la gomina en una bolsa de supermercado del Penny Market, soy así de cutre. Llego al gimnasio, me identifico y me dan una llave para el vestuario. La verdad es que desde el momento que uno entra en el gimnasio se le abren las puertas del relax. Como yo paso bastante tiempo solo y es difícil estar mucho tiempo sin pensar nada, normalmente me vienen pensamientos estúpidos y banales a la cabeza a los que yo les doy vueltas -como un milano de estos que vuelan en círculo-. Sin embargo, al entrar al gimnasio, se esfuman. Es como si hubiera en la puerta una barrera invisible que espantara a los malos rollos que uno se trae consigo. Y no es para menos: musiquita pop, máquinas en perfecto estado, espejos amplios, chicas levantando la patita (les gusta mucho hacer glúteos) ... ¡genial!

Me meto al vestuario y salgo con ganas de entrenar. Un entrenamiento de 45 minutos tres veces a la semana es suficiente para mí. Ya dije que prefiero entrenar suavecito. Hoy he hecho espalda y pierna. Llevaba días esperando a que llegara el día de entrenar con mis nuevas piernas depiladas, de ver cómo los músculos se flexionan y extienden, de darlas forma -ya dije que tengo tendencia a tenerlas delgadas-. La verdad es que es otra cosa; así es mucho más fácil motivarse.

Pues bien, después del entrenamiento, uno accede a la zona de relax, que es la guinda del pastel. Es una amplia zona con dos saunas -una templada y otra caliente-, una especie de lavabos en el suelo para meter los pies en agua caliente y agua fría respectivamente, un montón de tumbonas de dos posiciones (tumbado/sentado) y una especie de semicírculo en el que se encuentran las duchas. El área de la zona de relax será aproximadamente de 125 metros cuadrados, la temperatura es un poco más cálida que la del ambiente, el aire está perfumado, hay un suave hilo musical relajante para ambientar y en el centro hay plantada una palmera. En fin, el sitio genial para relajarse.

Salvo cuatro horas a la semana (dos los martes y dos los jueves) la zona de relax es mixta. Cuando uno entra, lo primero que hace es mirar en las tumbonas para cotillear un poco. Normalmente hay mujeres, aunque no muchas. Las horas a las que yo voy al gimnasio no vienen bien a casi nadie.

Hoy he entrado en la zona de relax -hay que entrar desnudo, tapándose con una toalla-y había una mujer recostada en una tumbona. Tendría unos treinta y cinco años y estaba de muy buen ver. Le he dicho "Hallo" y ella ha respondido tímidamente en un tono casi inaudble -parecía el eco-: -"Hallo". Para no ser muy indscreto, me he sentado en una tumbona que estaba a unos cinco metros de ella, justo enfrente de las duchas -sin sospechar lo que vendría después-. He accionado una palanca y me he quedado tumbado tan ricamente con las piernas en alto. Ahí empieza el relax, uno siente cómo sus músculos van liberándose poco a poco de toda la tensión, la respiración se vuelve armónica y regular. Uno respira incluso con el diafragma, una sana costumbre que incluso se nos está empezando a olvidar en esta sociedad acelerada. Pues bien, he de decir que el hecho de saber que hay una tía desnuda tumbada al lado tuyo -a pesar de que esté tapada- da un cierto morbillo que también se respira en el ambiente. Además, si uno acaba de entrenar, la mozcolanza de endorfinas, encefalinas y testosterona que recorren hasta el último capilar le predisponen hacia el erotismo. Mientras yo pensaba estas cosas e intentaba relajarme, la tía se levantó. Casi instintivamente, alcé el cuello para ver qué hacía: se dirigió a un extremo de la habitación, metió unas monedas en una máquina parecida a los secadores de pelo de las piscinas -siempre tapada con su toalla-, se abrió una puerta y entró a una sala que debía de ser la los rayos UVA. Yo me quedé un poco más relajado, pues estaba solo en la habitación. Miré el reloj -las 14.25-, cerré los ojos y pensé: estos cinco minutos no voy a pensar en nada: sólo sentir la música y la fragancia.

Efectivamente, estuve cuatro minutos en una situación de extremo relax, sí, hasta el extremo lo tenía relajado, pero, de repente, la puerta de la sala de rayos UVA se abrió. En esos momentos uno reacciona como lo haría un perro adormilado si le pasas un solomillo de ternera por delante del hocico: abrí los ojos, levanté el cuello con discreción y ahi estaba ella, algo rosadita, de tanto rayo. La miré durante una fracción de segundo y bajé la cabeza. Ella pasó por delante de mis narices y se paró delante del semicírculo -previsiblemente para meterse a la ducha y pirarse-. Sabía que era muy probable que si echaba una miradita (para lo cual sólo hay que inclinar el cuello hacia adelante unos 30 grados) la vería desnuda. Y eso hice, porque necesariamente tenía que estar de espaldas (a pesar de que el ángulo de visión de las mujeres es mayor que el de los hombre, todavía no es como del camaleón, y fijo que no te ve). Cuando ví ese culo perfecto caminando hacia la ducha sentí un microsegundo de perplejidad, como si lo que estaba viendo no fuera cierto .Yo creo que a mi cerebro le llegó el impulso nerviso por el nervio óptico e interpretó la señal una segunda vez porque a la primera no se lo creyó. En cuanto confirmó que era un culo, mandó la señal a la amígdala y ahí se desató la gran explosión hormonal: toda clase de opiaceos naturales, testosterona y adrenalina se derramaron en mis vasos sanguíneos, el ritmo cardíaco se me aceleró -sobrepasaba con creces el que alcancé en la bici estática-, la sudoración aumentó, la respiración pasó a ser más aguda e irregular, incluso la velocidad de coagulación de la sangre había aumentado, por no hablar del tamaño de la protuberancia que se perfilaba en mi toalla, cosa que tape disimuladamente con una segunda doblez.

Estuve mirando a la tía hasta que se metió a la ducha del todo, momento en que sería previsible que se diera la vuelta y me cazara. Sólo eché después un vistazo fugaz para verla por delante (se había puesto en la ducha del centro, sin ningún disimulo) y le medio ví una teta. Yo pensaba para mis adentros: "¡qué sangre fría hay que tener para meterse a la ducha con ella!". Como eso para mí era impensable y no podía seguir ahí tumbado, me piré. Una vez en el vestuario de los tíos no dejaba de repetirme para mis adentros: "¡queeeeeeeeé fuerte!. Creedme, esto no es como ver a una tía en una playa nudista.

Fran

 

¿Esto es noticia?

13 de Septiembre de 2006

Si uno lee el Frankfurter Allgemeine, Die Welt, o, mismamente, un periódico local de por aquí -como el Rhein-Neckar Zeitung, comprobará que todos atribuyen los atentados de Madrid del 11 de Marzo a los terroristas islamistas. Sin embargo, si uno lee El Mundo de Pedro J. puede encontrar las más insólitas y enrevesadas teorías. Y es que, más que un periódico, cualquiera podría pensar que se trata de una novela policiaca-culebrón en el que el asesino es siempre el más insospechado. Hoy El País -que no se queda atrás- publicaba en la portada de su versión electrónica unas declaraciones de Trashorras en las que decía que estaría dispuesto a contar cualquier cosa mientras EL Mundo pague. Parece ser que incluso su compañero de negocios sucios le delató en una ocasión por esta vía, vendiéndose al mejor postor. Pues bien, el País dedicaba una larguísima página web a echar por tierra las elucubraciones de los periodistas del mundo: Que si la mochila de la comisaría de Vallecas no era original y la habría puesto alguien ahí para implicar a los islamistas, que si en la furgoneta del libro coránico había una tarjeta del grupo Mondragón -Eroski, Fagor y compañía- que apuntaba hacia ETA, que si Trashorras dice digo o dice Diego, que si el policía corrupto "Manolón", que si el "chino" conoce a Bin-laden, que el Chino se retracta y dice que "Al Quaeda" no le suena... En fin, que ahí había más personajes que en una novela. Supongo que si uno se lee EL Mundo a diario puede acabar pensando incluso que el del 11-M ha sido el mayordomo.

Pues bien, a mí -y supongo que a cualquier español razonable- me toca las narices que los dos periódicos más importantes de un país se dediquen a urdir y desurdir las conjeturas de unos y de otros. Cada vez se parecen más a estos programas del tomate o de la salsa en la que un día sale uno mintiendo y al día siguiente desmintiendo. Ya me veo a los del Mundo corriendo detrás del minero para que suelte el titular del día siguiente, como cualquier periodista rosa. Y luego el País contraataca y publica un fragmento de la conversación privada -aunque intervenida por razones del seguridad- de Trashorras con sus padres en la que dice que los del Mundo son unos mercenarios. Habrá que ver qué dice El Mundo mañana y EL País pasado, etc, etc. ¿Esto es noticia?

Volviendo al atentado:Imagináos la cantidad de elementos que entran en juego en el macrojuicio del 11-M y las combinaciones posibles de hipótesis que pueden hacerse. Apostaría que hay unos tres periodistas en plantilla que se dedican exclusivamente a plantear conjeturas extrañas acerca de la autoría del 11-M para intentar vincular al PSOE con el atentado (¡esto es de ciencia-ficción!) -y desvincular a Aznar, evidentemente-. No digo que Aznar sea personalmente responsable. Sólo digo que es causa en sentido ontológico o naturalístico: si Aznar (causa) no hubiera ido a Irak, no habría habido atentado (efecto). Así de sencillo. Es posible que hayan concurrido otras causas, e incluso estaría dispuesto a aceptar que ETA haya contribuido, pero es innegable que la política exterior de Aznar -manifiestamente contraria a la del pueblo que representa (no como en EEUU)- ha sido el factor principal.

En fin, ya hay una investigación oficial seria sobre todo esto -la del poder judicial, con múltiples interrogatorios, Trashorras icluido, quien se contradecía constantemente-, para más inri, llevada a cabo en gran parte bajo el gobierno del PP. Parece mentira que dos años y medio después se siga utilizando el atentado como instrumento político. Supongo que a las víctimas y familiares no les hará ninguna gracia.

 

La Rusa

12 de Septiembre de 2006

Hace tiempo que dejó de considerarse que la salud es la mera "ausencia de enfermedades". La definición de "salud" ha de ser, por fuerza, positiva y ha de hallarse en la combinación de los tres factores que mi psícóloga personal -Ana, la rana- identificaba como los tres lados del triángulo de la salud: el bienestar físico, el bienestar psicológico -interdependientes entre ellos- y el bienestar social. Sí, señores, el hecho de tener relaciones sociales satisfactorias es un ingrediente esencial en la receta de la salud, y por tanto, de la felicidad.

Pues bien, hoy, tras diez días más solo que la una, en los que la conversación más larga que he tenido ha sido la que mantuve con el tipo de Telekom el otro día, he vuelto a conectar con la gente. Para ello he echado mano del mayor directorio de amigos disponibles que conozco en la red: www.hospitalityclub.org. Pincha en la ciudad correspondiente, busca la persona más afín de entre las trescientas y pico que hay en Heidelberg (yo siempre pincho en los tíos, pero por algún error informático o algún virus, el ordenador siempre me muestra una tía. Ya no sé que hacer con él), concierta una quedada y .... ¡a esperar a que aparezca en el lugar y a la hora indicados!. Pues bien, yo siempre elijo gente que más o menos coincida con mi perfil (cosa difícil, porque tengo una pedazo napia que no veas): gente a la que le guste el deporte, charlar en una terraza, los idiomas, viajar y que no fume. Ni que decir tiene que entre todos los resultados que da el ordenador siempre me decanto con pinchar en un perfil con foto, pero en esta ocasión no ha sido el caso. He ido un poco a ciegas.

Pues bien, el contacto que supuestamente habría de aparecer a las siete de la tarde enfrente de la biblioteca resultó ser una rusa (Valery) de 22 años a la que le gustaba cocinar, bailar, los idiomas y charlar con los amigos. Vive en la parte nueva de la ciudad (Neuenheim) con su pareja. ¿Que si finalmente ha aparecido? Pues sí. La verdad es que yo ya iba preparado para el plantón (me había llevado un tiesto y una bolsa de tierra). El abono lo llevaba en los calzoncillos, porque justo venía de mi también primera cita con un profesor alemán (que me ha ido bastante bien) al que le he tenido que contar como buenamente he podido en qué consite mi tesis doctoral y qué espero sacar de mi estancia en en Instituto de Derecho comparado.

Pero volvamos a lo de la chica: iba yo con una camisa lila de Massimo Putti (como lo llamo yo) recién planchada con mi también recién comprada plancha de 17 euros, pantalones Dockers color beige -a los que también les dí un repaso con la plancha- y el macuto de los libros colgado del cuello. Iba recién afeitado y me había puesto por la cara un sucedáneo de Nivea y encima un flis-flas de un perfume de muestra que los de Douglas me regalaron cuando compré la crema de frambuesa: AMOR pour HOMME de Chacharel. Llevaba unos zapatos marrones bastante bonitos que me compré en Lugo bajo asesoramiento de mi novia-asesora de imagen, a la que, por cierto, le hago saber expresamente desde aquí que si me preparé tanto fue exclusivamente para causar una buena impresión al profesor, lo de la rusa es mera coincidencia.

Pues bien, al doblar la esquina me encuentro con dos tías en la escalinata de la biblio: una de ellas -morena- en actitud de esperar a alguien. Yo no tenía ni idea de cómo era ella. Sin embargo, a ella le dije que llevaría una camisa violeta, por lo que esperé a que fuera ella la que dijera algo (si es que era). Tampoco le dije nada porque no parecía ser rusa. Era bajita, morena y delgada. Eso sí, tenía la nariz algo respingona. Al ver que no parecía rusa y que no decía nada, supuse que no sería ella, así que me puse a dar vueltas en círculo por ahí cerca -como las que se da un perro antes de dormir-. El tiempo pasaba y la chica esa seguía ahí, y era la única que quedaba. De vez en cuando nos quedábamos mirando unos segundos -ambos con el mismo gesto de extrañeza/curiosidad con el que un marciano miraría a un terrícola o viceversa- hasta que alguno de los dos apartaba la mirada para no ser indiscreto. Entonces pensé: ¡Qué cojones, igual es esa y estoy aquí haciendo el canelo -como de constumbre-! Y le dije: ¿Bist du Valery? La tía se mofó.

-Pues sí,- contestó en inglés- andaba preguntándome si serías tú.

-Pensé que no serías, porque de haber sido me habrías reconocido por la camisa violeta.

- Ah! ¿es violeta tu camisa? A mí me parece blanca. (Manda huevos, que diría el Trillo, ¡qué paciencia hay que tener!)

Y nos fuimos a tomar un café a un bar que estaba al lado del cine. Le propuse ese sitio porque quería ver si todavía tenían en el baño de esa bar el anuncio de una exposición sobre el imperio persa, pero cuando me metí en el baño no había nada. Lo habían quitado, y la exposición era en Octubre.

Le dije que cuando saldría del baño sólo hablaríamos alemán, y así fue. La chica resultó ser muy simpática, y la conversación con ella me ha sentado bien psicológicamente. Además, me ha dado un montón de trucos de cómo rapear por Alemania: billetes para todo el Land de Baden-Wurttemberg por 22 Euros/día hasta cinco personas, cursos de idiomas baratos, un bar (La Habana) en el que hay gente loca por España y por los españoles/as, cines con películas en VOS (esto último es un filón)... Además me ha invitado a su fiesta del sábado, si ésta tiene lugar finalmente, y me han dicho que tienen una programada para principios de Octubre, que se mudan a otro piso. A esa iré con el Txus.

La chica no parecía rusa porque sus ascendientes (muy lejanos) eran italianos, así que tiene una mezcolanza de rasgos. Vive al este de los Urales, de ahí que tenga también rasgos asiáticos. Me ha hablado de la situación política en Rusia y de la obsesión de Putin por tener una Rusia hipercentralizada y con siete amigos en siete regiones en las que ha dividido al país, sin tener en cuenta la distribución de recursos naturales en las zonas. En fin, estas siete regiones ceden sus riquiezas a Moscú y desde ahí las explotan, luego los rendimientos se reparten, y como quien reparte se queda con la mejor parte, parece ser que los rendimientos económicos se quedan en Moscú. A pesar de sus riquezas, sigue siendo un país "en vias de". Es una pena, porque me caen simpáticos los rusos.

Fran

 

¡(A) por los pelos! II

11 de Septiembre de 2006

Permitidme que un día tan trancendental como este 11 de Septiembre, quinto aniversario del día en que EEUU fue objeto del mayor atentado terrorista de la historia (todavía no se sabe lo que es un terrorista, al menos creo que en una convención de las Naciones Unidas para abordar la cuestión no se llegó a ninguna definición) siga yo hablando del "vello".

Volvamos al grano: Sabía que al venir a Alemania y vivir en un apartamento a mis anchas acabaría consumando mi fantasía de tener las piernas como las del niño que anuncia los dodotis en la tele. A los pocos días de llegar a Alemania compré un colador, lo recorté con la forma del desagüe (me costó bastante recortar el alambre del colador con las tijeras pequeñas de neceser) y lo intenté encajar en el desagüe de la bañera, pero tal y como entraba, volvía a salir, como si de un muelle se tratara, así que compré "celo" en Correos para pegarlo. El desagüe de la bañera de mi casa no anda muy bien, así que lo de currarse un filtro era necesario.

Bueno, pues después de precintar el desagüe, abrí una bolsa de cuchillas desechables de Wilkinson para ponerme a la faena. Me senté en un taburete al pie de la ducha y empecé a pasame la cuchilla mientras que con la otra mano me enchufaba con el teléfono un chorro de agua caliente para que se abrieran los poros y para ir despejando la zona. Cada poco iba limpando el filo de la cuchilla, que se atascaba más que una máquina quitanieves en la Antártida. Quitar los pelos de la cara norte era una gozada. A medida que iba pasando la cuchilla iba percibiendo que mis piernas eran de color carne, y muy bonitas, por cierto. Estaba empezando a enamorarme de mí mismo. Sin embargo, cuando tuve que abordar la cara sur de la pierna, o sea, la parte del gemelo, me las ví y me las desee. No sabía si girar la pierna en sentido al de las agujas del reloj o en sentido contrario, ni si coger la cuchilla con la mano izquierda o con la mano derecha. Y lo peor de todo fue cuando tuve que abordar la parte trasera de los muslos -donde está el músculo femoral-. Además, ya no podía permanecer sentado en el taburete porque parte del chorro de agua se me desviaba para fuera de la ducha, así que me metí entero y encajé el teléfono (así llamamos en mi casa al cacharro del que sale el agua) en la parte de arriba para que el agua cayera sola mientras trataba de afeitarme el contramuslo a dos manos. Pues bien, como esa zona era especialmente rebelde y las cuchillas ya estaban un poco desgastadillas, decidí afeitarme con las dos cuchillas a la vez. Las dos en la misma mano. Parecía una de estas traineras que compiten en la playa de San Sebastián.

En total estuve dos horas y veinte minutazos. Ni que decir tiene qeu salí de la ducha más encallado que el barco de Chanquete. Estaba más arrugado que la duquesa de Alba, pero ya había cumplido mi misión: tenía las piernas más relucientes que las de la Barbie. Ni corto ni perezoso, me unté de crema comprada en Douglas con olor a frambuesa para hidratar las piernas a tope y que no me ocurriera lo del día anterior, que tras hacer una primera prueba de afeitado, no me dí crema y salí todo alegre a dar un paseo largo por la calle principal. No podía andar de la irritación. Volví a casa con el culo como la bandera de Japón. Sin embargo, gracias a la crema con olor a frambuesa, ni un roce, oyes.

Cuando me tumbé en la cama a contemplar la obra maestra, he de decir que me dí hasta morbo. Incluso me empecé a pasar las manos pensando que eran las de una mujer (Las dos combinaciones: manos de mujer/piernas de mujer). Parecía la mujer del anuncio de la Gillete Venus, sólo faltaba que cayeran plumas sobre mí.

En fin, chicos, decidíos y afeitaos. Ya vuestras madres y novias no volverán a echaros la bronca por no aclarar los pelos de la bañera después de ducharos. Mi madre lo agradecerá.

Fran

 

¡(A) por los pelos!

10 de septiembre de 2006

Todos tenemos por el cuerpo algo bastante feo que llamamos "vello". Los chichos más que las chicas, aunque a aquéllos parece importarles poco. Me refiero, como bien ha podido Ud. imaginar, a los pelos.

Empieza siendo ya motivo de vergüenza en el instituto, cuando uno alcanza la pubertad y le empiezan a salir en la cara los primeros indicios. Los compañeros de clase -sobre todo los más malotes y curtidos- empiezan a decirte:

-Francisco, Hay café.

-¿qué?

-Que hay café.

-¿café?

-¡Que hay que afeitarse!

Y empezaban a reirse todos como un grupo de hienas, todavía con restos de chocolate en los dientes del Phoskitos del recreo.

Una segunda variante de la gracieta era la de...

-Francisco, tu padre es conde.

-¿qué?

-que tu padre es conde.

-¿conde?

-¡que tu padre esconde la maquinilla!

Y todos empezaban a mofarse otra vez, y no se reían por cumplir, ¡que va!, se reían con todas las ganas del mundo, como si fuera la primera vez que escuchaban la broma. Había un gordo que, al reírse, se doblaba como un acordeón mientras sujetaba lo que quedara de palmera. Los papos se le hinchaban tanto que no se le veían los ojos. Casi le faltaba el aire para respirar.

Pues bien, a mi me costó bastante afeitarme el "mostacho". Supongo que a los que somos los hermanos mayores nos dan vergüenza esas cosas de afeitarse por primera vez, porque no hemos tenido el ejemplo en un hermano mayor y, además, los padres, con la novedad, siempre dicen al primogénito: -¡Anda!, ¡si nuestro niño se está haciendo un hombre! Es ridículo. Supongo que a las chicas les pasará algo parecido con la regla. Se sentirán mejor si una hermana ha pasado ya por ello.

Bueno, cuando me afeité no acabaron la bromas: estuvieron dos días dando la matraca: "¡ Anda! ¡Camacho se ha afeitado el mostacho!" -además tenía la mala suerte de que mi apellido rimaba con mostacho-. Pero en un par de días se les pasó y empezaron a meterse con otro: con un chaval que tenía lo que nosotros llamábamos "crecederas", o sea, un desarrollo mamario desproporcionado para un hombre (tenía tetitas). Ya he dicho en algún blog que los niños son muy malos.

Pues bien, cuento todo esto porque hoy ha sido el día en que he llevado a cabo lo que ya llevaba bastante tiempo pensando: ¡Me he afeitado las piernas enteritas! Y la labor tiene su mérito, porque es la parte del cuerpo en la que más "vello" tengo. Al principio, cuando me salía, mi madre decía que era "pelusilla", pero un tiempo después abandonó el eufemismo y llamó a las cosas por su nombre. Me decía. "Hijo, ¡vaya pelambreras que tienes!". Llevaba pensando afeitarme las pelambreras desde que andaba en bici, porque estéticamente quedaba más bonito ver a los demás con las piernas afeitadas y porque, según decían, en caso de accidente no se te infectaba la herida. Los compañeros que andaban en bici comigo -el Espi y el Aío- me decían: Aféitate, que como te des una hostia se te va a infectar la herida. No lo hice porque mi madre no me dejaba. Decía -no sin parte de razón- que se le atascaría la bañera.

La segunda vez que me entraron ganas de afeitármelas -lo de la cera es innegociable- fue cuando hacía pesas en el gimnasio. Más que nada, por razones de estética y para motivarme. Mi tío -el txus- y el monitor del gimnasio me decían: aféitate las piernas, Fran. Y mi madre, erre que erre con los típicos argumentos de siempre: ¿qué dices? ¿No ves que luego te salen más fuertes? Y el segundo: ¡es que luego te salen más pelos! La verdad es que yo tampoco estaba muy convencido.

Fran

Continuará...

Una visita inesperada

9 de Septiembre de 2006

Ayer se me apareció la virgen en forma de técnico de Telekom. Ese mismo día, al llegar a casa y abrir el buzón -soy adicto al buzón: lo abro unas tres veces al día- me encontré una carta de Telekom en la que decía que se pasarían por mi casa ese mismo día de doce del mediodía a cuatro de la tarde, que si no quería complicar las cosas, sería mejor que estuviera en casa entre las horas que ellos me señalaban -parecía la carta de un secuestrador-. Bien, a pesar de no quedarme seguro al 100 % del significado de la carta, tampoco quise molestar a la vecina, así que me quedé en casa esperando a ver qué pasaba. En esto, que suena el teléfono alemán -el de la tarjeta del Aldi-. Las pocas veces que suena ese telefono me pongo como un flan, porque se me da fatal entender a los alemanes cuando hablan por teléfono.

Ni que decir tiene que el de la llamada era el técnico de telekom diciendo cosas raras. Yo contestaba lo que entendía y al resto decía todo que sí, como al ordenador cuando no entiendes lo que te dice, pero al ver que repetía las preguntas tuve que afinar el oído. El tío me preguntaba que si todavía estaba interesado en el alta del teléfono. Le dije que "natürlich" y que estaría todo el día en casa, pero el tío seguía hablando sin parar. Como no entendía un pijo le dije si podía hablar en inglés, a lo que él contestó: "Ach, ganz nichts", que al español se traduce como "pues va a ser que no". Ya le había dicho que quería la línea y que estaría todo el día en casa, ¿qué más quería saber? Igual quería ahorrarme la molestia y quedar a una hora concreta, pero entre que estaba nervioso, que los técnicos de telekom no hablan como los presentadores de telediarios y que dicen las horas en formato 24h (es decir, las seis de la tarde son las 18h) no me enteraba.

Bueno, pues el tío se acabó despidiendo diciendo "bis gleich", de lo que deduje que no tardaría en llegar. Pues bien, al cabo de media hora volvió a sonar el teléfono. Era el mismo tío diciendo que estaba en mi portal, no le entendí mucho más. Ahí metí yo la gran gamba idiomática: Quise preguntar "¿ya has llamado?" y en verdad le pregunté "¿ya has ladrado?" porque confundí el verbo llamar (klingeln) con ladrar (bellen), que se parece a campana en inglés (bell). Cuando me asomé estaba el tío abajo. ¡Qué liberación! Ni ver a mi madre me habría alegrado más.

Yo tengo puesto mi primer apellido en los botones del portero. El traía en el papel mi segundo apellido porque pensaba que mi nombre era compuesto, ya que sólo ponen un apellido. Por eso no llamó.

El tío resultó ser muy simpático. Trabajaba un minuto y se ponía a hablar 20 segundos. Decía que el anterior técnico que me vino sería de una empresa subcontratada y que esos, al depender su sueldo del número de altas que hagan, no se comen la cabeza y en cuanto hay algún problema se las piran, pero que como él era de Telekom (y se agitaba la chaqueta negra con mucho orgullo) su sueldo era siempre el mismo y se las ingeniaba. Me contó que le encanta España, que si por él fuera se iba a vivir allí cuando se jubilara, pero que a su mujer no se gusta, me dijo que con la peseta era mejor que con el euro, que un café les costaba unos 20 céntimos, que le encantaba el sol y la playa, que el español sonaba muy bien, que su hijo estudia en Karlsruher, que a ver a cuánto estaba la gasolina en España, que si vivían más españoles en mi edificio, que dónde he aprendido alemán, etc. etc. Vamos, que se notaba a la legua que su sueldo no dependía de las altas que hiciera, pero eso sí, la atención al cliente fenomenal. Incluso le costó irse de casa. Si me hubiera sobrado tortilla del otro día se habría quedado a comer. Era un tipo muy simpático. Bajo, rubio y con un bigote que sobresalía por los extremos.

A la tarde fui a apretar las tuercas a AOL. Me dijeron que no me habían mandado el módem porque no tenía conexión de teléfono, lo cual era verdad. Ahora ya tengo. Tardarán 10 días.

Qué paradójica es la vida. Las cosas se consiguen cuando no se pretenden. Dos semanas persiguiendo a los de Telekom y luego, cuando lo doy por imposible, vienen solos.

Fran

 

¡Cuidado con el perro!

8 de Septiembre de 2006

Ya he tenido ocasión de comentar alguna vez la sana afición de los alemanes por las bicicletas. Si uno se acerca a la estación principal de trenes puede llegar a contar hasta doscientas. La mayoría candadas a sus respectivos aros de metal que hay puestos al efecto, pero muchas de ellas -porque no hay sitio para todas- candadas a árboles, farolas, papeleras, e incluso a otras bicis. Y no me extraña que se tomen tantas precauciones, porque es el lugar (junto con la calle principal) en el que más bicis roban (sí, sí, en Alemania también robas bicis,¿qué os habíais creido? Esto no es Estocolmo).

La gente anda en bici incluso los días lluviosos, que son la mayoría -aunque lleva una semana sin caer una gota-. Cuando llueve puede verse a gente joven y no tan joven en su bicicleta sin imutarse lo más mínimo y con toda la alegría del mundo -como si fuera el mismo "piraña" andando en bici con su pandilla en un día de sol-. ¿Y si jarrea? No problem: se sacan de la chistera uno de esos impermeables que venden los chinos, esos que son de una única talla -normalmente gigantes-, que cuando te los pones pareces una medusa, y asunto terminao (te cubren incluso las piernas, pero hay que tener cuidado de que no se te meta en la cadena).

Todo esto es más o menos previsible. En Holanda era exactamente igual. Lo que sí escapa de lo normal y que solo he visto aquí es el hecho de que los alemanes saquen a pasear al perro en bicicleta. Sí, sí, como leéis. En bicicleta. El otro día venía yo de dar un paseo nocturno para que bajase la comida y me di de bruces con una mujer que paseaba al perro desde la bici. Pero lo más curioso es que el perro llevaba, al igual que la bici, un collar de luces rojas intermitentes. ¡Claro! No vaya a ser que venga un farruquito y se lleve al perro por delante. Y no os creáis que el perro era un galgo, ¡que va! Era un pastor alemán normal y corriente -yo no sé mucho de perros, pero lo parecía-. Un pastor alemán es un perrazo y a lo mejor te aguanta el ritmo, pero ¿Y si fuera un fox terrier, un chiguaga, un perro salchicha o cualquier perro-patada? Se le cortaría la digestión, ¿no? Tendrías que dar de cenar al perro una hora antes que a los demás para que no eche la pota luego en el paseo, ¿no?. Si es que... ¡No sé yo quién será más perro de los dos!

En fin, con lo aficionados que son aquí a los adornos navideños, habrá que ver cómo sacan a los perros por las calles en navidad. A lo mejor les ponen las luces del árbol.

Fran

 

Soy galbanoso

7 de Septiembre de 2006

Decía -y todavía dice- mi abuela que "la modorra y la galbana son hijas de la misma madre: la modorra a la mañana y la galvana por la tarde". Pues bien, confieso que a mí me afectan las dos: tanto la modorra como la galbana.

Hoy, por ejemplo, después de comerme un plato de champiñones, tres salchicas de las blancas y dos de las de Frankfurt, he entrado directamente en un estado de somnolencia tal que me he caído en la cama como un árbol cuando lo talas. Yo creo que los presuntos champiñones eran en verdad setas con algún efecto somnífero, porque no he recuperado la consciencia hasta las seis y pico de la tarde. ¡Pero bueno!, hoy es mi cumpleaños, la perfecta excusa para no hacer nada.

Además, el libro de Hans Kelsen "Teoría pura del Derecho" (Reine Rechtlehre) encima de la meso no es el mejor incentivo que alguien pueda tener para levantarse. Aparte de eso, tengo la ropa en la lavadora y la debo colgar antes de que le empiecen a salir raíces, como le ocurrieron el otro día a las patatas.

Todo el mundo pide un deseo el día de su cumpleaños. Yo empecé pidiendo cosas banales, como una Nintendo o una bici, que se cumplieron, pero con retraso. Al hacerme mayor y entrarme la solidaridad y rebeldía propia de la adolescencia, empecé a pedir cosas más trascendentes y filantrópicas, como que haya paz en el mundo, pero al ver que nadie escuchaba mis plegarias, dejé de pedir por esa vía. Ahora, cuando cumplo años, en vez de pedir deseos que siempre caen en saco roto, me pongo metas. Y, curiosamente, siempre la misma meta -señal de que no la he cumplido de un año para el otro-, a saber, la de llevar una vida ordenada, con un horario y todo eso, o la de escribir una página de mi tesis doctoral al día. De las dos metas citadas debería ser más fácil la de llevar una vida ordenada, porque lo de escribir una página de tesis al día no es recomendable como método, pues al ser una actividad creadora, no es previsible cómo se me dará cada día (algunos días no escribo nada -aunque lea mucho- y otros escribo incluso cuatro). Además, depende del tema que se aborde y conviene pensar mucho lo que se dice, por lo que no conviene precipitarse.

Pues bien, lo dicho. Mañana empiezo con mi nueva vida -suena a palabra de fumador-. Espero levantarme tempranito, ir a la biblioteca a sacar algún libro, comer en el Mensa, ir al gimnasio y estudiar lo que quede de tarde y de noche, con un intermedio para cenar.

En cuanto a mi cumpleaños, lo he pasado solo en mi casita. Como no soy de muchas celebraciones, no me ha dado pena ninguna. No ha habido tarta, sino plato de champiñones y salchichas. Lo que más me ha llamado la atención es el aluvión de felicitaciones estandarizadas que he recibido de todos los sitios web que he ido visitando a lo largo de mi vida. Me han "felicitado" los de Mailxmail, miarroba, meetic, hospitalityclub, etc. Incluso los del Corte Inglés, que me tenían en sus ficheros por haber comprado las entradas del ballet del lago de los cisnes a través de su portal: "Sr, Fran, el Corte Inglés le desea un feliz cumpleaños". Son como el gran hermano que todo lo vigila. Lo saben todo sobre ti. Algún día me veo recibiendo un mensaje suyo del siguiente tenor: "Sr. Fran, el Corte Inglés se alegra de que se la haya pasado el estreñimiento". Son de lo que no hay. ¡Lo que hace el Marketing!

fe de erratas: El tren que descarriló en Villada no era un Talgo, sino un Picasso.

Anuncio a los navegantes: No habrá fotos hasta que no me pongan el internés en casa, que previsiblemente será a finales de septiembre.

Fran

 

¡Ni el mismo Arguiñano!

6 de Septiembre de 2006

Nunca pensé que me aficionaría a la restauración (no me refiero a la del arte, sino a la cocina -ahora que a los cocineros se les llama restauradores, no en vano los sitios a los que se va a comer se llaman "restaurantes"). Posiblemente se deba a que me entretiene bastante, ahora que estoy solo. El otro día hice mi primera tortilla de patata -es una pena que la foto haya salido movida, porque se veía muy jugosa-. La verdad es que me he demorado bastante en llevar a cabo mi ópera prima. Había comprado las patatas hace bastante tiempo, pero no me decidía a hacer la tortilla. Hace un par de dias, cuando finalmente me decidí, me llevé la sorpresa: con la humedad que hay por estar tierras bárbaras, a las patatas les habían salido raíces. Yo, acostumbrado a ver las patatas en casa de mi abuela metidas en uno de esos cubos de cartón de Colón, Ariel, etc... por los siglos de los siglos y verlas siempre en el mismo estado, pensé que las patatas no se ponían malas. A éstas, sin embargo, les habían salido hasta hongos. Así que me las tuve que ver con los tubérculos. Quité las raíces a aquéllas que veía que podía salvar y las demás, al cubo de la basura.

Yo pelo las patatas con el pelapatatas o pealer, ¿os acordáis cuando en la escuela no nos dejaban usar la calculadora porque decían que nos olvidaríamos de hacer las cuentas a mano? Pues a mi me ha pasado algo parecido con las patatas: de usar el pealer, se me ha olvidado pelarlas a mano, o, mejor dicho, de usar el pealer, nunca aprendí a pelarlas a mano. De ahí que a la hora de la verdad -cuando había que cortar las patatas finitas-, me ví en un callejón sin salida -como Aznar cuando le hacen preguntas en inglés (aunque quizá haya aprendido ahora que está en Murdok)-. Intenté pelarlas finitas pero me salía una media de medio centrímetro de grosor por viruta de patata, lo cual es demasiado para una tortilla, pero, como no hay problema sin solución, lo arreglé aplastándolas cuando estaban friéndose.

Salvo la de aplastar las patatas, no tuve ninguna complicación más. Sólo la de evitar que se pegaran y la de asegurarme de que estaban homogéneamente fritas. Eché la cebolla cinco minutos antes de sacar las patatas y... ¡listo!, mi primera tortilla. Jugosota y sabrosona. Eso sí, como la tortilla era demasiado pequeña para la sartén -tres huevos y dos patatas grandes-, la tortilla se me partió al voltearla y, en vez de quedar con forma redonda, quedó con forma de asteroide rocoso, pero eso es lo de menos, porque la tortilla solo era para mí, otra cosa hubiera sido que la hubiera hecho para impresionar a alguien.

No quiero terminar el blog de hoy sin ofrecer un truco a mis lectores para pelar cebollas sin que lloren los ojos. Como las patatas tardaron aproximadamente media hora en freirse, mientras tanto iba pelando cebollas (venían llenas de tierra, incluso encontré una piedra). Después de pelar cuatro no podía seguir -en la bolsa venían más de veinte-, pero ... ¿a que no sabéis qué se me ocurrió? Nada más y nada menos que ponerme las gafas de agua -las de la piscina-. Y funcionó. Ni una lágrima más -como dirían los de Johnson-. Pude pelar todas sin irritación ocular. Eso sí, no os las pongáis si preparáis la tortilla para impresionar a un ligue, porque os puede tomar por Mr. Bean.

Fran

La foto ha salido un poco movida. El hambre ya me provocaba temblores, pero puede apreciarse que estaba muy jogosa. Me la comí con un panecillo blanco y disfruté hasta que éste se acabo. Comer la tortilla con el pan alemán es otra cosa.

 

Cuestión de tiempo

5 de Septiembre de 2006

Los Dioses están en mi contra. Hoy, día 5 de Septiembre de 2006, ha venido el alemán de Telekom a dar de alta la línea de teléfono. Vaya por delante que no le puedo reprochar nada. El tío había venido una semana después de que contratara mi paquete de tarifa plana de ADSL con AOL en el Media-Markt y yo no estaba en casa -estaba en Stuttgart-. Cuando llegué a casa me encontré una papeleta en el buzón que me indicaba que les llamara para concertar una nueva cita. Ahí empezó el calvario. La línea es una hotline de esas en las que no te cobran pero en las que tampoco te contestan. Al ver que no me contestaban me fui a una de las muchas tiendas que T-COM tiene por aquí. Me metí en una de ellas y le comenté a una alemana rellenita mi problema. Ella llamó amablemente pero tampoco le contestaban. Me dijo que lo sentía pero que no podía hacer nada. Que siguiera intentándolo. Cuando llegué a casa le eché un poco de morro y le pedí a la vecina alemana (Ika) que llamara a los de Telekom por mí. Es una persona bastante nerviosa -anda electrizada como Puyol el día que se jugaba los cuartos-. Puedo jurar que llamó a la hotline unas veinte veces seguidas -parecía que se había enganchado al teléfono como un ludópata a una máquina tragaperras- (esta deformación de la conducta está estudiada y bien documentada por psicólogos, algún día hablaré sobre ella). Le dije a la alemana que parara, que ya estaba bien, y ella me sugirió que volviera unas horas más tarde o el día siguiente. Volví el día siguiente y por fin cogió alguien. La alemana le dió el número de mi móvil para que me llamaran y pudiéramos concertar una cita (einen Termin vereinbaren).

Pues bien, me fui a Frankfurt con el teléfono alemán para recibir la llamada y quedarme tranquilo, pero cuál fue mi sorpresa cuando ví que el teléfono no pillaba ninguna red y estaba como en un estado de hibernación, como una bacteria extremófila. Yo me desesperaba. Así estuvo dos días. Cuando llegué a Heidelberg, el teléfono seguía sin responder. Como la cosa me empezaba a extrañar lo abrí por si la tarjeta sms estaba mal puesta y al volver a encenderlo ya pillaba red. ¡Por vaya bobada me perdí la llamada de los alemanes! Lógicamente, el teléfono me indecaba dos llamadas perdidas de un teléfono alemán. ¡Los de telekom!.

A todo esto, había tratado de contactar con los de telekom por internés, pero un programa automático que te manda mensajes muy corteses me daba largas constantemente.

Pues bien, me metí de nuevo en otra tienda de Telekom y la tía -más pícara que la anterior rellenita (las guapas están acostumbradas a escaquearse)- me dijo que ella no podía hacer nada, que esas cosas se resuelven llamando a la línea caliente -se llaman líneas calientes porque la oreja se te queda caliente de tanto tenerla pegada al teléfono-. Volví a llamar a la hotline, pero en vez de llamar a la de siempre, llamé a la de las molestias (Störung). En esta responden antes. Les expliqué -con todas las dificultades que conlleva explicarse en alemán por teléfono- que se me había fastidiado el teléfono pero que funcionaba de nuevo, que me volvieran a llamar para concertar cita.

Anteayer me llamaron. Ni que decir tiene que el timbre del móvil me sonó a Mozart. Lo cogí por los pelos -estaba yo preparado para meterme en la ducha- y concerté la cita para hoy. Pues bien, hoy ha venido el alemán y NO ME HA PODIDO DAR DE ALTA LA LÍNEA porque yo no tenía la llave del cuarto de las conexiones (Anschlusszimmer). Y lo más desesperante es que la llave la tiene el bedel de este complejo residencial, que ¡ESTÁ DE VACACIONES! y vuelve el día 19 de septiembre. Eso sí, ha dejado en el tablón de anuncios del edificio un papel en el que dice que llamemos a un número de teléfono si queremos la llave, pero con dos días de antelación. He llamado pero nadie contesta. He dejado un mensaje de voz.

Yo ya no puedo con éstos. He decidido actualizar la página en el ciber con todas las incomodidades que ello acarrea, entre ellas bajarme de la red un programa cliente de fpt. Y me lo tengo que bajar todos los días porque los del ciber borran los programas que los clientes se bajan. Menos mal que se baja en un pis-pas. Y aún hay más: una vez que haga la conexión tendré que esperar a que los de AOL se dignen a mandar el módem.

Moraleja: no hace falta ir a Cuba para ver cómo la gente se toma la vida con tranquilidad. Y a todo esto hay que añadir que el Ministerio de Educación de España ha resuelto con tres meses de retraso la resolución de la convocatoria que me autoriza a estar aquí. Ya dijo Bono en una entrevista con el loco de la colina que el Ministerio de Defensa (¡no hay Ministerios de ataque en el mundo, sólo de defensa!) llevaba algún mes de retraso en el pago de su salario. Si no cobra Bono pronto, ¡como para cobrar yo!. Eso sí, si me retraso en día en la presentación de cualquier papelucho... ¡me quedo fuera de plazo!. El tiempo no corre igual para todos. Ya dijo Einstein que es relativo.

Fran

 

El perro de San Roque no tiene rabo

25 de Agosto de 2006

Cuando hace dos "blogs" escribí sobre Villada, me quedé con ganas de relatar una de los eventos que más participación concitaba en Villada: las procesiones. La procesión más famosa era la de San Roque y el perro. Mi madre y mis abuelos concebían como lo más normal del mundo llevarse al crío de 15 años a la procesión. -"¿Cómo no vas a ir a la procesión?" -decían al unísono madre y abuelos cuando les manifestabas tus dudas al respecto-, si va también tu primo Rubén, ven y ya verás que bien te lo pasas, ¿ya has visto al perro de San Roque? -insistían-.

Había visto al perro de San Roque otros años, pero, aun así, el perro seguía aduciendose como el acicate irrenunciable para acudir a la bendita procesión. Finalmente cedía: -vale, la voy a la profesión".

Yo siempre decía profesión, porque a mis 15 años no sabía el significado de la palabra "procesión" ni parece que tuviera la determinación de buscarla en un diccionario -por aquél entonces buscaba palabras como "pene", "orgasmo", "vagina", "erección", etc., etc.- Mi madre siempre me corregía y yo seguía erre que erre con la "profesión".

-¡Que se dice procesión, niño! P-R-O-C-E-S-I-Ó-N. Yo no caía del burro. Hoy, a mis 25 años y licenciado en Derecho, ya sé por qué a esas aglomeraciones de gente detrás de un santo se les llama procesiones. "Procesión" es la "acción o el efecto de proceder", o sea, de ir detrás. Y eso es precisamente lo que hacíamos en las procesiones: ir detrás. Es una maravilla lo atinados que son siempre los términos que la Iglesia escoge para referirse a sus actos litúrgicos. Son palabras sin significado para la mayoría de las personas que, sin embargo, infunden respeto. Es como llamar al basurero de toda la vida "técnico en recogida de residuos sólidos". Yo nunca he entendido bien a qué vienen todos estos eufemismos para referirse a la profesión de basurero, pero para desginar actos litúrgicos la función de magnificar resulta evidente. No creo que mucha gente se pregunte por qué a las procesiones se les llama procesiones, de hecho, mi madre o abuelos no me lo pudieron explicar en su momento.

Pues bien, dejando aparte estos excursos semánticos, ahí iba yo detrás del santo con el perro. Ibamos todos cantando la siguiente canción:

Santa, Santa María, madre de Dios / Ruega por nosotros, por nosotros, pecadores / Ahora y en la hora de nuestra muerte, amén, Jesús.

El santo tenía una herida en la pierna -ninguno de los presentes a los que pregunté sabía por qué- y la relevancia del perro en todo esto estribaba en que, al lamerle las heridas al Santo, se las había curado. Nadie sabía qué le había pasado al Santo. Yo tenía por aquél entonces la virtud de los niños: la de preguntar lo que no se sabe -los mayores no preguntan para esconder su ignorancia, cosa que al niño no le importa-. Y me dió por preguntar por qué sangraba el santo de la pierna. Ni mi madre ni mis abuelos sabían. De hecho, no creo que lo supiera nadie. Una procesión no es el sitio más adecuado para ir a aprender cosas.

El perro de San Roque no tenía rabo. Ese era el segundo de los misterios. Mi abuelo decía -siempre que se le preguntaba- que el perro de San Roque no tiene rabo "porque Ramón Ramírez se lo ha cortado". Daba esta contestación con el automatismo propio del niño que se acaba de aprender las tablas de multiplicar. Seguro que si se le pregunta hoy mismo sigue dando la misma respuesta. Esta es la típica forma de contestar de los beatos: te sueltan las mismas retahílas de siempre y no te aclaran nada. En fin, que me quedé sin saber por qué el perro de San Roque no tiene rabo. Y eso que estuve más de una vez en la dichosa procesión (cuando voy a un congreso sobre el autismo, me entero de los rasgos y síntomas de los niños autistas).

Hay diferentes tipos de católicos: los practicantes y los no practicantes o católicos nominales (que es como no ser católico). Dentro de los practicantes están los que practican los ritos de buena fe (normalmente tienen fe) y los que los pratican por otras razones diferentes (por presiones sociales, por rutina o por tomar la hostia, que también los hay -no digo nada si además de la hostia dieran vino, como debiera ser-). Mis padres y abuelos son de los que iban a misa por el qué diran. La razón que me daban padres y abuelos cuando me mandaban a misa era "que ahí no se aprendía nada malo". Nunca me dieron una razón de mayor calado. ¡Qué decepción para un niño curioso! ¡Esa misma razón puede alegarse para mandar a la abuela al sex-shop!. Fijáos que fe tendrá mi abuelo, que cuando va a misa cierra los ojos y todavía no he llegado a saber si se queda dormido o alcanza el Nirvana. La verdad es que, en todo caso, parece más un budista que un católico. Las palabras del cura le entran por una oreja y le salen por la otra. Sólo reacciona cuando dan las hostias, y es que mi abuelo no puede olvidar el episodio traumático de cuando tuvo que recorrer 30 kilómetros en bici para ir a Carrión de los Condes a por pan. Desde entonces, siempre que ve un barquillo se lo come.

En fin. Yo seguí yendo a la iglesia hasta que hice la primera comunión, que es el momento en el cual los padres se quedan tranquilos, pues sienten que han cumplido su rol social y que no van a ser blanco de las críticas de los padres de los demás niños, especialmente de la madre de Martín, que era catequista. ¡Qué fe!

Fran

 

La enfermedad del escaparate

24 de Agosto de 2006

Cuando uno da "el estirón" de la pubertad le duelen las piernas. Yo no soy de hueso robusto; tengo los huesos delgados, como mi padre. El hecho de que tuviera de pequeño las tibias algo desviadas quizá hiciera que mis piernas fueran algo más vulnerables al malestar tìpico del crecimiento que unas piernas más robustas como las de mi hermano. Pues bien, durante esa etapa padecí una dolencia muy simpática que se conocía vulgarmente como "la enfermedad del escaparate". Consistìa en un dolor insoportable en el tendón de Aquiles al andar. Era un dolor intenso pero fugaz, parecido al de un retortijòn de barriga. Un dolor que te hacía pararte en medio de la calle e incluso te hacìa doblarte -como un retortijòn-. Como era un dolor que enseguida pasaba y con el que yo ya estaba familiarizado, trataba de disimularlo haciendo como que me interesaba por lo que se mostraba en el escaparate que estuviera enfrente, ya fuera éste de revistas manga o de herramientas de bricolage. Ya he dicho que el dolor te obligaba a doblarte como una trucha cuando la sacas del río; gesto que yo aprovechaba para echar una miradita a la parte baja del escaparate, por ejemplo, a los zapatos.

No recuerdo haber acudido al médico por sufrir la enfermedad del escaparate. Sí recuerdo habérselo comentado a mi madre. Creo que a ella no le había pasado nunca y no le dió mucha importancia. Tampoco la conocía ninguno de mis amigos.

Cada vez que me daba el calambre me acordaba de Aquiles, sí, el del tendón. Me imaginaba lo mucho que tendría que haber sufrido con esa flecha clavada. Y es que la posibilidad de que te den en el tendón del tobillo con una flecha es tan baja que el acierto de tal anónimo arquero ha quedado como uno de los hechos más memorables de la Historia y que hoy, 3300 y pico años después, todavía se recuerda. A Aquiles le dieron en el tendón por estar ligando con Helena, la chica más bella de la antigüedad. ¡Pobre Aquiles!, en un ratito de nada se llevó dos flechazos, uno en el tendón y otro en el corazón -el de Cupido-, este último mortal de necesidad. Yo tuve más suerte que Aquiles y el dolor desapareció por sí solo.

Pues bien, estos días, en los que mi novia me ha venido a visitar a Heidelberg, he caído en la cuenta de que ella, al igual que muchas más mujeres y algunos hombres, sufre una variante de esta enfermedad del escaparate. Mi novia se para cada cincuenta metros, se agacha, recorre el escaparate con la mirada y reanuda la marcha. Yo me quedo al margen esperando a que se le pase -como el dueño de un perro mientras éste mea-, pero al cabo de otros cincuenta metros aproximadamente le vuelve a ocurrir. Ella no disimula ni le duele el tendón, pero yo sigo disimulando delante del escaparate como si lo que ahí exponen (lencería, perfumes, muñecos de trapo o de madera) me interesara, pero lo cierto es que por dentro siento la misma sensación de tirantez muscular que sentía cuando me dolía el tendón, pero esta vez localizada en la zona abdominal, y he de decir que es incluso peor que cuando me dolía el tendón, porque el dolor de tendón se pasaba, pero el malestar corporal que se me pone al ver escaparates persiste.

El dolor persiste porque no hay nada peor que contradecir constantemente lo que te pide el cuerpo. Cuando yo enfilo una calle me fijo en el horizonte y ando a paso ligero como un peregrino que busca una ermita con la mirada al final de un camino. Mi novia, sin embargo, recorre la calle en zig-zag como una bola de pin-ball. Que compre algo o no es irrelevante. El mero hecho de mirar el escaparate es un fin en sí mismo. Leí en un libro que las mujeres tienen mentalidad de recolectoras: van de tiendas como quien va a buscar setas. El hecho de buscarlas ya es satisfactorio, a pesar de que no se encuentren. Sin embargo, el hombre tiene mentalidad de cazador: va con una idea fija y no concibe volver sin "la presa", pues para él sería como haber fracasado y no haber desempeñado bien su papel de "macho". Para un hombre es inconcebible ir de compras y volver sin nada, algo perfectamente posible en el caso de la mujer.

Fran

 

Villada

23 de Agosto de 2006

Tristemente, hoy Villada es noticia. Me he enterado cuando revisaba el correo electrónico en un ciber. Mi novia ha echado una ojeada a la versión electrónica de uno de los periódicos que acostumbra a leer -es periodista- y he creído ver el nombre de "Villada" en los titulares. Digo "he creído ver" porque resulta de lo más insólito que Villada -un pueblito de alrededor de 500 habitantes, y bajando- salga en las portadas. "Algo gordo ha debido de pasar en Villada" -pensé-.Y así ha sido. En Villada ha pasado algo muy gordo: un Talgo (Tren articulado ligero Goikoetxea Oriol -apellidos del ingeniero-) ha descarrilado, han muerto seis personas y ha habido alrededor de 80 heridos.

Mi madre y mis abuelos maternos nacieron en Villada. De mis bisabuelos por parte de madre no me acuerdo exactamente, pero no creo que andaran muy lejos; sólo sé que la madre de mi abuelo nació en Villacidaler, un pueblo a dos kilómetros de Villada que no sé si seguirá existiendo.

Yo he veraneado en Villada durante años. Probablemente hasta cumplir los dieciséis, más o menos. Era un pueblo pequeño donde todos se conocían. Cuando un villadino -llamémosles así- no conocia a alguien, no podía dormir esa noche. Recuerdo que una vez yo caminaba con mi hermana pequeña de la mano -tendría ella cuatro años como mucho- y una villadina, después de tratar infructuosamente de reconocerla -la había mirado con todo el descaro-, le preguntó: ¿Y tú de quien eres? -habría reventado si no-. A lo que ella respondió: "De tato David". Yo, que era su tato, le dí a la señora todas las indicaciones para que se quedara tranquila: Somos hijos de tal, nietos de tal y vivimos en tal calle. - AAAaaaaaaaaaaaaaaaahhhhh, de Santiaaaaaaaaaaaaaaaaagoooooooo!.

Ni que decir tiene que todas las noches se sacaban las sillas de camping a las puertas -como en todos los pueblos- y cotilleaban mientras comían pipas Facundo -en el supermercado de la plaza vendían bolsas de hasta medio kilo-. En las noches de Villada se pueden ver las estrellas y oír los grillos, un lujo propio sólo de los pueblos. Las noches de verano en Villada son geniales para pasear o para contar historias para no dormir. Y si además se acompañan con pipas "Facundo" la sentada puede hacerse interminable. Por cierto, mi abuelo llegó a conocer a Facundo desde que tostaba pipas por las calles. Dice que era muy ingenioso, aunque a mí no me parece que lo del toro diciendo "siento dejar este mundo sin probar pipas Facundo" sea la octava maravilla del ingenio.

¿Cómo me divertía yo en Villada? Pues jugaba con los vecinos de turno, normalmente asturianos -había muchos asturianos en Villada-. El primer asturiano que conocí se llamaba Pelayo -como el reconquistador-, que, para hacer honor a su nombre, era bastante guerrero. De hecho, nos convenció a todos para montar una guerra con petardos, globos, espadas de madera y bunkers -las casas de adobe medio derruídas que había por el pueblo-.

El segundo asturiano que llegó era mucho más pacífico. Se llamaba Pablo y era un tío muy legal. Normalmente íbamos por ahí a andar en bici. Me acuerdo de sus pantorrillas peludas enfundadas en alpargatas de esparto -azules- y peladeando sin parar, aunque también recuerdo que no siempre fueron peludas. Le salió de un año para otro. Cosas de la pubertad.

Pero, además de los amigos, Villada tenía muchas atracciones para niños incansables como nosotros -eran tiempos en los que nos tenían que rogar que nos echáramos la siesta. Hoy me tienen que me rogar que me levante-. De entre todas esas atracciones destacaban el río Sequillo -se llama así, no es coña-, el pantano, o la parva del río. El río Sequillo era meramente una sucesión de charcos. Del río sólo quedaba el cauce, excavado entre dos diminutas laderas que llamábamos "parvas". Las parvas se extendían durante kilómetros. Si uno caminaba por ellas podía llegar a un pantano en el que había carpas y culebras de agua. Pues bien, nosotros nos divertíamos andando por las parvas en bici hasta llegar al pantano. Una vez encontramos allí unos palés con unos bidones típicos de los que tienen en las huertas -o sea, una barca artesanal- y nos montamos. Al remar hacia el interior del pantano -algo prohibido por los padres, porque, según ellos, había remolinos- nos caímos al agua porque volcamos los palés hacia un lado. Recuerdo que lo pasé muy mal porque no podía salir a la superficie, ya que estaba justo debajo de un palé. El ansia de esos momentos no te deja pensar.

Hace años que no vamos a Villada, porque mis abuelos vendieron la casa, que era demasiado grande para ellos y mantenerla en buenas condiciones acarreaba demasiado trabajo. Eso sí, algún que otro verano nos pasamos algún día. El pueblo sigue igual, pero con menos habitantes. Es una pena verlo así, pero supongo que es ley de vida y hay que aceptarlo: la gente prefiere las grandes ciudades, empezando por mí. Hoy es el día que, acostumbrado al frenesí de Madrid -esas caminatas con las maletas por el pasillo del metro de Diego de León, esquivando a la gente-, la infinita calma que se respira en Villada me pone incluso nervioso y tengo que escapar. Tan es así, que la última vez me fui corriendo hasta "Zorita de la Loma", un pueblo fantasma que está a 5 kilómetros.

Fran

 

Panecillos blancos.

12 de agosto de 2006

Hoy, sábado, he ido de compras. Hay tres supermercados baratos en Heidelberg: el Aldi, el Lidl y el Penny Markt. De todas estas cadenas de supermercados, la que más cerca está de mi casa es la de Penny Markt. La fruta tiene muy buena pinta, de la leche se puede fiar uno y los postres son muy buenos y muy baratos. En la estantería de los derivados lácteos ponen incluso el porcentaje de grasa que tiene cada producto. En cuanto a los panes, los hay de todas clases. Yo he buscado aquéllos que Heidi llamaba "panecillos blancos", o sea, el típico pan que todo español conoce: el que tiene miga y se puede untar en los huevos. Estaban detrás de una vitrina de plástico y se cogían con una pinzas para garantizar la higiene. Yo me he pillado uno y lo he examinado como si de un diamante se tratara. Sí, era un panecillo blanco.

Heidi se fue a Frankfurt, a diferencia de mí, a la fuerza. No quería dejar al abuelito, ni a Pedro, ni a Niebla, ni a la abuela de Pedro. Por la abuela de Pedro sentía gran afecto. Era una mujer ciega que siempre estaba cosiendo. No se movía de la silla. Como eran pobres no podían comprar panecillos blancos. Pues bien, a pesar de que a Heidi le fastidiara enormemente dejar sus montañas, era tal el cariño que sentía hacia la abuela de Pedro que se iría sólo por volver de Frankfurt con los panecillos blancos que a la abuela le gustaban. La abuela de Pedro no tenía dientes y no podía comer los demás panes -que supongo que serían muy parecidos a los alemanes que el otro día intentaba comer yo-.

En casa de Clara y de la señorita Rottenmayer, por el contrario, eran ricos. Comían panecillos blancos todos los días. Heidi escondía el suyo con disimulo y los guardaba en el cajón de la ropa. Clara -la chica minusválida- le guardaba el secreto. Heidi odiaba Frankfurt. Su estancia allí sólo tenía sentido por los panecillos blancos que guardaba para la abuela. Un día, la señorita Rottenmayer, institutriz de Clara y de Adelaida -así llamaba a Heidi- descubrió los panecillos blancos en el cajón y los tiró sin ningún miramiento. Nada pudo hacer más daño a Heidi. No obstante, la historia acaba bien. Cuando vuelven a los Alpes, le compran a Heidi muchos panecillos para la abuela de Pedro y tabaco para el abuelo.

Todo esto me venía a la mente mientras miraba mi panecillo blanco. Por fin pan normal -dije para mis adentros-. Ahora, a mis 25 años, sé por qué la abuela no podía comer pan negro. En la casa de Pedro había droga. De hecho, Pedro estaba todo el día enfarlopado. ¿Cómo, si no, era capaz de levantarse y subir del pueblo a la montaña de una corrida y sin desayunar? ¿Alguien ha visto desayunar a Pedro? Ni siquiera paraba para saludar a Heidi -y eso que le gustaba-. Simplemente pasaba por delante de la casa y gritaba: Heeiiiidiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. No podía parar. Estaba como una moto. Ni las cabras le podían seguir. La abuela de Pedro no tenía dientes por la droga, y estaba ciega de una sobredosis. El abuelito era un yonqui anarquista (¿por qué creéis si no que iba a poner a una cabra "copito de nieve"?) que se hizo la casa en el monte para pasar de la sociedad . En el pueblo todos le conocían y le odiaban. Era un broncas. Ni siquiera quería acoger a su nieta al principio, aunque luego la quiso como a su propia hija. La señorita Rottenmayer estaba frustrada por su vida sexual y se desahogaba haciendo la vida imposible a Heidi. Esa es la verdadera historia que no nos contaron de niños.

Un supermercado de Aldi bastante grande en Dossenheim.

 

Primer día en la universidad

11 de Agosto de 2006

Hay dos recintos universitarios en la ciudad de Heidelber: uno en el casco antiguo de la ciudad y otro al norte, en un barrio que se llama Neuenheim, cuyo nombre ya denota que se trata de la "parte nueva" de la ciudad. La facultad de Derecho se encuentra en la zona antigua y, por lo tanto, en el centro de Heidelberg, lo cual para mí es un alivio, porque vivo en el sur y tardaría demasiado en llegar a Neuenheim en bici. Además, los días lluviosos -que son la mayoría- es bastante desagradable coger la bici para recorrer grandes distancias.

Hoy he entrado en la facultad de Derecho de Heidelberg con la decisión con la que entra Pedro en su casa, como si ya llevara toda la vida estudiando ahí. Al entrar me he dado de bruces con una lista de los profesores de la universidad y sus respectivos despachos. He podido comprobar que el profesor que va a ser mi tutor estaba ahí, entre la lista de profesores. Había algunos profesores que tenían toda una retahíla de títulos antes de que apareciera su nombre. Uno de ellos incluso cinco. Habría leído y aprobado dos tesis doctorales, porque ponía Dr. Dr., pero las demás abreviaturas no las he reconocido. Algún día copiaré la lista y la pondré aquí para que veáis.

Pues bien, he entrado en el despacho del profesor, que estaba entreabierto, y me he encontrado con un Mitarbeiter, que son lo que aquí llamaríamos "becarios", pero que por estar en Alemania tienen un futuro más halagüeño que los homólogos españoles. Me hace mucha gracia el nombre, suena a modelo de Robot venido del futuro, ¿no? Yo incluso les he sacado una canción. Hay que cantarla con la melodía de "los diminutos", que era una serie de dibujos animados de hace mil años:

Los Mitarbeiters / todos saben dónde están -en la biblioteca o en el despacho-/ pequeños seres misteriosos / siempre leyendo libros liosos / los mitarbeiters currando estarán.

En realidad, me ha alegrado encontrarme con un Mitarbeiter; los encuentro más cercanos que uno de esos profesores con una línea de títulos antes del nombre -aunque éstos también suelen ser simpáticos-. En cuanto he entrado, me he presentado y les he contado -en un alemán sorprendentemente fluido- el motivo de mi visita. El tío me miraba fijamente y asentía con la cabeza mientras hablaba -señal de que entendía lo que le decía-. Tenía una actitud entre la curiosidad y la satisfacción. Supongo que no todos los días se presenta en su despacho un tío hablando alemán con acento de Bilbao. Me ha dicho que mi tutor estará a lo largo de la semana que viene y que luego coge vacaciones. Que le pida un certificado para ser miembro de la biblioteca -que es imponente- y así poder sacar libros y aprovecharme de todas las posibilidades que ofrece. Incluso me ha dicho que es posible que me den un despacho, o en la universidad, o en el Instituto de Derecho económico y comparado -un edificio muy bien montado para trabajar en él-. En fin, me ha parecido que hay muy buen ambiente de colaboración y de estudio, y eso me alegra. Uno de los primeros libros que me pille será alguno de Hans Kelsen sobre teoría del Derecho.

 

Una de las plazas de Heidelberg, con las ruinas del famoso castillo al fondo, uno de los pocos días en que estaba el cielo despejado.

Fran

 

Vuelvo a las andadas

10 de Agosto de 2006

Creo que ya he tenido la ocasión de contaros alguna vez que estuve varios años obsesionado con el gimnasio. Creo que fueron tres años, exactamente. Durante todo aquel tiempo fui al gimnasio religiosamente (sólo me faltaba santiguarme al entrar), al menos, tres veces a la semana. No faltaba ni un día. De hecho, no podía faltar, porque tenía una dependencia psicológica a la sensación de congestión muscular. Era vigoréxico, es decir, me pasaba lo contrario de lo que ocurre a las anoréxicas: siempre que me miraba en un espejo, en un escaparate, en los charcos... ¡me veía delgado!. Recuerdo que me gustaba mirarme en los cristales de los coches, porque, como son cóncavos, te hacen parecer más grande. Y no es porque quisiera estar gordo -que nadie quiere-. Lo que quería era, evidentemente, estar fuerte. Tener músculos grandes. Lo más grandes posibles. Y lo cierto es que me ocurría como al avaro: cuanto más tenía, más quería (creo que el brazo me llegó a medir 40 cms. de diámetro, lo cual tampoco es mucho-. Hasta tal punto llegaba mi obsesión, que si un amigo me llamaba con un plan para el día que tenía gimnasio, prefería el entrenamiento -también hay que decir que mis amigos tampoco solían sugerir grandes planes-.

Nunca pensé que acabaría dejándolo. Recuerdo que en una ocasión vi a una persona en la televisión que decía haber estado -como yo- obsesionado con el gimnasio y que finalmente lo dejó. ¡Cómo va a dejarlo! -pensé-. Eso es imposible, si el gimnasio no es un deporte, es una forma de vida. Dejarlo sería algo así como que el Dalai Lama se hiciera judío.

Acabé dejando el gimnasio porque era incompatible con la vida que llevaba por aquel entonces. No lo dejé como consecuencia de una decisión razonada, ¡que va!. Lo dejé porque llevaba semanas con unos dolores de espalda insoportables. Ahora entiendo que los dolores eran la somatización de algún que otro problema trascendental que me atormentaba por aquél entonces y que se resolvió con el tiempo. Pues bien, estuve tres o cuatro años sin pisar un gimanasio. Cada vez que veía una mancuerna se me representaba la fatiga y el dolor de espalda de aquella etapa de mi adolescencia. Es como cuando un ratón no se acerca a un hierro que un día le dió una descarga, como el perro de Pavlov. La relación con el gimnasio pasó del amor al odio -como las relaciones personales-.

No obstante, superé hace unos meses el odio por el gimnasio y nos hemos reconciliado. Ahora entreno, pero más suavecito. Ahí está la clave. El gimnasio absorve mucha energía y hay que ser consciente de ello. Se trata de aplicar la mesura, como en todas las cosas de la vida. Además, da gusto ir a este gimanasio alemán. Las máquinas son estupendas. Cada una tiene un pantalla que cuenta las repeticiones, el peso, te dice qué te toca luego, graba todos tus movimientos y hace estadísticas. Los alemanes son así de minuciosos. Antes de apuntarme me han hecho un test de cinco folios. Una de las preguntas era qué entendía por salud. Fijaos hasta donde llegan. Lo miden todo. Durante el primer entrenamiento (te hacen una prueba) no se me ha separado el monitor alemán ni un minuto (el de carne y hueso). Sólo se ha ido cuando me ha dejado ocho minutos calentando en la bici. Yo decía para mis adentros: "que te apuestas, Fran, que al cabo de ocho minutos exactos viene el alemán". Y así fue. Cuando el reloj digital de la bici marcaba 8m., el alemán apareció por la puerta". Yo me meaba. Cuando mi tio el culturista vaya a entrenar a este gimansio y pegue los alaridos que pega cuando levanta los kilos (en plan Mónica Selles) los alemanes van a flipar.

Por cierto, empecé el gimnasio porque era un tipo enquencle. Los niños (que son muy malos) me daban toñeja entre oreja y oreja (que, por cierto, las tenía grandes. He ahí la razón para la toñeja). Se suele decir que los culturistas son gente insegura. No sé. Quizá al principio. Luego son, sencillamente, adictos -en el buen sentido, siempre y cuando no se metan lo que yo (por influencia de mi tio) llamo "mandanga"-, adictos a la belleza -un tanto subjetiva-, la salud y el bienestar. Yo debo se ser masoka por no tener tal adicción. Y eso que tengo otras peores, como la del trabajo.

Fran

 

Primer día en mi apartemento

9 de Agosto de 2006

Por fin he encontrado un apartamento a mi medida. La verdad es que he tenido suerte, porque ha sido el primer apartamento que he visto desde que he llegado y me ha convencido. Tine baño y cocina independiente, un patio que está dentro de una especie de jardín comunitario, garaje -que no voy a utilizar- y trastero. Tiene 30 metros cuadrados y pago por él 350 euros con gastos de agua y luz incluidos, independientemente de lo que gaste. Tiene frigorífico, lavadora, microondas, tostadora, grill y una aspiradora para pasar la moqueta. En la habitación principal -propiamente, el estudio- hay dos sillas de oficina comodísimas y ergonómicas. De hecho, de todas las sillas en las que recuerdo haber metido horas de estudio, éstas son las más cómodas.                                El apartamento es propiedad de los padres del chaval que vivía aquí antes que yo. El tío se ha ido a hacer su "Praktikum" a Singapur nada más terminar la carrera de económicas -su padre trabaja en el Deutsche Bank-.Un apartamento como el mío en Singapur cuesta 1600 euros mensules. Carísimo. Me he quedado sorprendido cuando me lo ha dicho. Evidentemente, él no va a vivir en un apartamento como el mío.

Al apartamento le falta la tele e internet -esta es precisamente la razón por la que la página no se ha actualizado hasta hoy, aunque haya escrito el blog offline-. Por eso, ni corto ni perezoso, he decidido ir a dar de alta la línea de teléfono (60 euros u "oigos"-prounciado en alemán- )y contratar una tarifa plana. La tienda que el arrendador me ha aconsejado es la de T-mobile (el equipo en el que corría Jan Ullrich antes de que le pillaran con Eufemiano). Hay una en la calle principal de Heidelberg. Pensé en ir, pero primero me pasaría por el Centro Comercial que está a dos kilómetros del apartamento para comprar sábanas, bolsas de basura y, si hay, una tele.

Pues bien, al llegar al centro comercial, me doy de bruces con una tienda de T-mobile y con el Media-Markt. Pido precios de la tarifa plana en ambos y, tras compararlos con la ayuda de un comercial bastante independiente -comercializaba a la vez productos de tres compañías, incluida T-Mobile- me doy cuenta de que T-mobile era la más cara de Todas. Me quedo finalmente con Aol: 60 euros para dar de alta la línea (esto es igual para todas las que usan el cable del teléfono), 20 euros del módem y 40 euros mensuales (35 los tres primeros meses) es lo que cuesta la tarifa plana de internet a 2Megas -esto de los megas es relativo, como todo el mundo sabe-. También puedo llamar a fijos por 1.5 cts. minuto. Pero lo mejor de todo es que me han dado 100 euros en metálico por elegir AOL. Los he cogido y me he comprado una tele de 14 pulgadas por 69 euros. He traido la tele a casa en la bicicleta -he cascado el faro trasero al bajar un bordillo-. El vendedor del Media-Markt ha atado una cuerda de esparto a la caja por los cuatro costados como si estuviera poniendo un lazo a un regalo y le ha colgado un asa prefabricada de madera y bronce. No era la primera vez que lo hacía. Tenía la habilidad de un pescador haciendo nudos.

Como véis, le he dado más importancia a la tele -para aprender alemán- y a internet que a las sábanas. Ya las compraré mañana. Pueden esperar. Hoy duermo en el saco.

      

En la foto de la izquierda se muestra el cine "La Ramera", ja, ja, que noooooo. Es "Die Kamera", pero no me digáis que no lo parece. A la derecha, el río Neckar, afluente del Rhin. ¿A que es bonito?

 

Los alemanes, gente simpática

7 de agosto de 2006

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Pues hoy que no tengo tiempo para escribir muchas palabrar podría poneros las imágenes que he ido sacando con mi cámara de 50 euros, ¿no?.
Son la una de la madrugada y mañana me tengo que levantar pronto para ir a buscar definitivamente un piso, porque las chicas se van de casa y cierran el kiosko. Así que me vuelvo a la sartén del sur (para el que no lo recuerde, el hostal barato que hay en la calle principal deHeidelberg). Seguro que mi compañero de litera (el turco) todavía está ahí.
De todas formas, ya tengo mirados un montón de pisos y he enviado más de diez mensajes de correo electrónico a sus respectivos dueños. Supongo que alguno caerá. Además, mañana me entregan la bicicleta, lo que va a agilizar bastante las cosas -ya tengo la eritropoyetina y las siberias bajo la almohada-, porque me va a permitir recorrerme todo Heildelberg y los alrededores en un pis-pas (recordaréis que ya conté que me gustaba la bici, pero se la doné a un familiar lejano porque no pensé cogerla más). He comprado la bici a una familia que tiene montado un negocio en torno a las bicicletas: las venden y te las recompran por menos dinero cuando te vas, las arreglan y las vuelven a vender, y así sucesivamente hasta que se jode el cuadro. También arreglan bicis y venden complementos. Les he preguntado si alquilan bicis, parala gente que va a venir a visitarme, pero dicen que nanai de la china, porque... ¿cómo se aseguran de que se las devuelven en buen estado? Como el seguro les saldría muy caro, la solución que han encontrado es la de venderte la bici y recomprártela después -si no la has jodido- por un 95% -depende del tiempo que la tengas arrendada-. Si quieres celebrar este peculiar contrato tienes que pagar, además, 15 euros. Claro, si vuelves con la bici hecha un ocho, no te compran ni la bomba, así que el riesgo lo asume el comprador-arrendatario. De todas formas, sale mucho más barato que en una tienda normal. No llamo "tienda" a este negocio porque lo tenían en el patio de su casa, pero es gente muy honrada y de fiar.

En general los alemanes son muy amables. Hoy un hombre me ha preguntado espontáneamente si estaba seguro de haberme subido al tranvía correcto -porque ha visto que tenía dificultades para abrir la puerta del vagón-. Yo le he respondido que iba a la plaza de Bismark, y él me contestó que me había confundido de tren. Que era el siguiente, pero que el tren en el que iba montado me dejaría al otro lado del río -el Neckar- y podría ir andando hasta la plaza de Bismark. No era la primera vez que me sorprendía de las atenciones de los alemanes. Minutos antes una atareada cajera del Aldi me llevó a una esquina del supermercado y me dejó leyendo las condiciones generales de la tarjeta alemana que he tenido que comprar para el móvil. ¡La tía se ha asegurado de que entendía lo que firmaba! ¡En España no te dan las condiciones generales de un contrato antes de firmar ni aunque se las pidas!.
El tercer alemán en preocuparse por mí ha sido el vecino de un hombre que alquilaba un piso -¿cobraría comisión?- Ha dejado lo que estaba haciendo y me ha llevado hasta el buzón paradecirme de quién se trata. Y después ha mandado a su hijo a que me acompara a la inmobiliaria. Yo le he dicho que pasaba de drogas, que los pisos me los miro en internet sin comisión, no necesito corretaje. Pero la voluntad es la que cuenta. Y por último, casi a la hora de pirarme para casa, tres chavales me han acompañado a buscar el número cuatro en una calle -el piso andaba bastante escondido-. Uno de ellos me ha dado su email -¿será gay?- y también me ha ayudado a redactar una carta que le hemos metido a la señora en el buzón. No estaba la casera. Cuando me fui, el chaval me pidió que le escribiera -como Clara a Heidi cuando ésta vuelve a la montaña-.

En fin, ¿por qué son tan simpáticos los alemanes? Tengo una hipótesis: porque les intento hablar en su idioma y ellos, al escucharlo, les entra una sencación de compasión que no pueden dejar de ayudarte. Es como cuando un niño pequeño está aprendiendo a hablar y tú le miras animándole con la mirada y esperando que suelte sus primeras palabras. Incluso una señora mayor repetía para sí lo que yo decía en alemán -como si sólo se entendiera a sí misma-. Bueno, ésto último también lo hace mi abuela cuando la hablas en castellano. En fin. El alemán se siente orgulloso de que a alguien le dé por apender su enrevesado idioma -me han dicho que algunos de ellos no declinan bien-.

Al final me he enrollado como una persiana y no he metido fotos. Os meto la foto más graciosa: la de Fran comiendo un bocadillo con pan alemán (con semillas de girasol, o sea, pipas). Dios, ¡como la suela de un zapato! En la foto comparo el pan con mi zapatilla (las cosas blancas que tiene el pan son iguales que las del suelo, yo no se las he puesto). El lema de este pan es el contrario de lays: ¡A que no puedes comer más de uno!

                                 

20 libaneses muertos en el sur de Beirut. Arrancan las negociaciones para el ejército libanes se despliegue en el sur del líbano, a condición de que Israel retira las tropas.

Fran

 

Ojo por ojo, diente por diente

6 de agosto de 2006

Esta mañana me he despertado a eso de las siete de la mañana. No podía dormir más, me encontraba mareado por culpa de haberme cenado el día anterior todo un paquete de salchichas de las blancas. Me las comí todas porque era mi última oportunidad. En la casa son vegetarianas estrictas y no permiten traer -como ellas dicen- "animales muertos" a casa. Y lo llevan hasta tal extremo que tampoco está permitido traer cocidos precocinados en los que haya el mínimo rastro de carne. En el frigorífico tienen una pegatina muy graciosa de un cerdo que dice "mi carne me pertenece a mí". La verdad es que da risa verlo.

Pues bien, lo cierto es que el malestar me ha durado bien poco. Se ha esfumado enseguida con sólo salirme a la terraza de la habitación en la que estoy y darme un poco el aire. La verdad es que parece que estamos en pleno bosque. Mirando al frente sólo veo las frondosas copas de los árboles, cubiertos siempre por una cierta neblina o bruma (eso sí, si miro a la izquierda veo una estación de servicio de Total con el diesel a 1.18 euros. Entonces me dan ganas de mirar para otro lado). Una vez despejado, me he tomado un zumo de manzana y he vuelto a la barandilla. Allí me he quedado mirando al horizonte como la vaca mira al tren, pero muy relajado. A veces no hay nada tan sano como no pensar.

A las nueve de la mañana se ha levantado la compañera y ha hecho té. Me ha ofrecido y he aceptado -para no ser ingrato-. Mientras le daba sorbos -estaba muy caliente, de lo contrario me lo habría bebido como un chupito de tequila, soy así de bruto- se me ocurrió la feliz idea de ir a las piscinas para desconectar y para hacer limpieza de todas las palabras alemanas que andaban revoloteando por el subconsciente -creo que han vuelto-. Pues bien, miré el horario en el internés y salí a la calle con la dirección apuntada en un papel. Entonces me dí cuenta de lo difícil que es encontrar a a un viandante en uno de estos pueblecitos de Alemania. Las calles estaban desiertas y, si pasaba alguien, iba en bici, y tampoco quería parar a alguien para hacerle una pregunta vana en mi alemán de Bilbao. Las calles son como las de los campings grandes: estrechas, bien asfaltadas y con muchas bicis. Enseguida comprendí que para preguntar algo tenía que actuar como un Papparazzi, esto es, hacerles la pregunta al salir del coche. Así procedí con uno que iba a un banco y que me dió indicaciones. Me preguntó muy amablemente si había entendido y yo le repetí lo que él había dicho, ayudándome de gestos. No llegué al destino.

La segunda persona a la que paré era una niña de unos siete años que iba en patinete. Le dije "Hallo" con tono de Miliki -para no asustar- y acercándome con el papel para persuadirla de mis buenas intenciones. Ella paró dubitativamente y me miró con cara de gacela sorprendida (como la del tractor amarillo) y con los ojos como platos. Le solté la pregunta -esta vez la tenía ensayada- y me contestó con una claridad meridiana que fuera "al fondo, a la derecha y a la izquierda". ¡Da gusto lo claro que hablan los niños! Sólo voy a preguntar a niños a partir de ahora, como un payaso.

La piscina me costó 3 euros, menos que en Madrid y mucho mejores. La gente no usaba gorro y nadaban en el sentido correcto, lo cual fue un alivio (en Holanda nadaban a lo ancho). Había bastante gente en la piscina. Los mayores nadando "a lo perro" y los niños tirándose desde los trampolines.

                                                         

En oriente próximo las cosas se nos están yendo de las manos: 40 libaneses muertos el día 5 y 15 israelíes muertos hoy, día 6. ¿Sabíais que la regla ojo por ojo, diente por diente que cita Mateo en 5, 38-42 fue, en su origen, una regla que limitaba la desproporcionalidad de la venganza? Sólo un diente por un diente y sólo un ojo por un ojo, no más. Ojalá se cumpliera.

Fran

 

Echando el ancla

5 de Agosto de 2006

Vaaaale, que a lo mejor me lo merezco, bueeeeno!
Siento haber faltado al compromiso tácito de escribir todos los días y pido disculpas, por tanto,a mis asiduos lectores, pero es que por razones de agenda (como dicen los políticos) no he podido acudir a mi cita nocturna con la pequeña pantalla.
Ayer llegué al aeropuerto de Hahn a las 18.20 de la tarde aproximadamente. Al principio uno se siente desubicado entre tanta rubia y tanta palabra extraña, pero uno toma definitivamente conciencia de que está en un país extranjero cuando va a los servicios y advierte que en la taza del retrete no pone "Roca". «  Esto no debe de ser España » -pensé-. Pues bien, una vez superada la perplejidad, salí a la calle. Aunque no vi a ningún grajo volar bajo, hacía un frío del carajo. Anduve unos doscientos metros con los cuatro bultos que llevaba hasta que llegué a la estación de autobuses y allí saqué de la maleta un chubasquero. Me lo puse para no coger frío mientras me comía el último de los bocadillos de tortilla de atún que me había preparado mi madre (ya no le voy a volver a dar la brasa en diez meses). El autobús salió del aeropuerto de Hahn a las 19.45 y llegó a Heidelberg a eso de las 22 h., aunque la llegada estaba programada para las 22.20.
Cuando me bajé del autobús estaba chispeando. Me dirigí a la estación de trenes y pedi un mapa de Heidelberg a un hombre que estaba detrás de un mostrador de no sé qué, pero sobre el que había muchos papeles. Después de coger el mapa pregunté a una pareja de afables señores (el del stand tenía cara de pocos amigos -estaría rallado de estar ahí todo el día-) dónde estaba la calle principal o HauptstraBe, que era donde estaba el hostal en el que me alojaría. Me dijeron que fuera a la plaza de Bismark porque allí empezaba la calle principal, que mi hostal estaba al final de la calle, pero que no cogiera un taxi porque me iban a clavar 10 euros y podía hacer exactamente el mismo recorrido en autobús por un euro. Dicho y hecho. Fui a coger un autobús con mis cuatro bultos.

Pues bien, lo que empezó siendo un autobús acabó pareciéndose al arca de noé, porque el diluvio que caía en el exterior podría ser equiparable al bíblico. Cuando me bajé, me fui zingando (en la medida de lo posible) hacia una pérgola que había en la plaza de Bismark para resguardarme. Cuando la lluvia que caía incesantemente se hizo tolerable, empecé a andar por la calle principal. Al principio ni siquiera me fijaba en las tiendas y negocios que había a ambos lados de la calle, porque sabía que la sartén del sur (no me refiero a Éija; así se llamaba el hostal) estaba al fondo de la calle. A medida que pasaban los metros, sin embargo, menor era la certidumbre de que iba por buen camino. Sobre todo si tenemos en cuenta de que ninguno a los que pregunté sabía dónde estaba la sartén del sur. Incluso pregunté a pareja de alemán y colombiana -ambos hablaban español-, pero ni idea de dónde estaba la sartén. Eso sí, el alemán -muy simpático- me comentó que había estado en Pamplona, pero que no había corrido porque alguien le había dicho que para eso no hay que estar borracho y debe haberse dormido antes, por lo que él se abstuvo. También me pregutó si yo jugaba al voleyball -¿tengo pinta?-. Le dije que no y que encantado de conocerle. Seguí mi camino y, al cabo de 150 metros, y al socaire de un portal, pregunté por la sartén a un tío con una camiseta naranja que se acariciaba con una mano la tolba cervecera y con otra sus barbas. Éste sí sabía dónde estaba y, gracias a Dios -es un decir-, yo iba en la buena dirección. Eso sí, no pude comprender todo lo que me dijo, pero lo suficiente como para saber que estaba realmente al fondo y en algún lugar, a la izquierda (wirklich weit geradeaus und links)              

Pues bien, hasta aquí mi día de ayer. Sobre hoy sólo diré que se puede confiar plenamente en la red de gente hospitalaria (www.hospitalityclub.org). He llegado a Dossenheim y la chica me ha acogido con toda amabilidad, aunque -como buena alemana- es un poco seca (la tía me ha saludado, me ha ayudado con las cosas, me ha enseñado la casa, me ha dicho cuál es la habitación y, acto seguido, se ha puesto a seguir resolviendo integrales con un libro de física tan gordo como el de refranes alemanes que me he comprado). Así ha estado hasta que ha dado la hora de marcharse. Se ha pirado y me ha dejado solo en su casa.
Ahora viene la compañera. Voy a ver cómo es.

Anteayer, día 3, Hezbolá mató a 12 israelíes (8 de ellos, civiles). Así mismo, hubo 20 muertos en la zona de Gaza. Ayer, día 4, Israel mató a 8 libaneses.

Fran

 

El día de la víspera

3 de Agosto de 2006

 No sé cómo lo hago, pero ya puedo ponerme a hacer las maletas a las 10 de la mañana, que siempre  acabaré a las tantas de la madrugada. Esto es porque el grado de minuciosidad con la que ordeno tantas  y tantas montañas de papel desciende progresivamente hasta que el tiempo se me echa encima y sólo  cuando da la una de la mañana me doy cuenta de que no hay manera de meter 40 kilos de papeles y ropa  en una maleta en la que sólo te dejan llevar 20, pues mi maleta no es un agujero negro. Eso me pasa por  ser tan optimista. La tasa adicional que cobran por cada kilo de más es disuasoria: 8 eurazos. Nosotros  no tenemos báscula en casa. No sé, nunca nos ha dado por pesarnos. Se la hemos pedido prestada a la  vecina.

 Hemos terminado de hacer las maletas a la una y media de la mañana. Digo “hemos” porque en esta  ardua tarea he contado con la inestimable colaboración de mi madre, que siempre se presta a estas cosas  (no es por limpiarme la conciencia, pero creo que le gusta de verdad empaquetar ropa. Quizá sienta lo  mismo que el coleccionista de sellos y mariposas cuando los/las clasifica).

 El aeropuerto está a 5 kilómetros de Santander, en el término municipal de “Camargo” según la página  de AENA, pero de acuerdo con una “guía del congresista” que me dieron en un curso de verano en el  palacio de la magdalena, el aeropuerto de Santander está en la “zona de Parayas”, y no dice nada de  Camargo que, por cierto, era un ciclista escalador del Kelme: Angel Yesid Camargo . Lo recuerdo  porque lo fiché hace mil años para un equipo MARCA del tour de Francia, cuando los Tours todavía  tenían interés y los ciclistas no se dopaban -o se dopaban mejor-.

                                                      

 Cambiando de tema: ¿Os habéis parado a pensar alguna vez en la semejanza entre los términos  “deporte” y “doparte”? A mí me vino la asociación en un intermedio de una carrera ciclista  retransmitida en la 2 –creo-. Siempre que decía el eslogan “pasión por el deporte” yo pensaba –hasta sin  querer- “pasión por el doparte”. Pero en fin. Yo no me quiero meter con los ciclistas, que bastante  presionados están, ellos que aman ese deporte –durísimo- y que en cierta manera se ven coaccionados  desde muy temprano a entrar por ese camino –de lo contrario, ya saben dónde tienen la puerta-.  Podríamos decir que yo he sido un ciclista aficionado y sé lo duro que es darle al pedal. Me acuerdo de  que incluso me llevaba ampollas de glucosa y todo tipos de barras –de proteinas y de hidratos de  carbono, aparte de la del sillín (esa no me la comía, aunque fuera rica en hierro-). Cuando dejé la bici y  cogí las pesas tomaba aminoácidos y vitamina C –que al ser hidrosoluble se elimina por la orina y parece  ser más inocua que otras- Eso sí, meaba naranja, pero … ¡Qué le íbamos a hacer! El amor es ciego –en  ese caso el amor narcisista-. Todo esto para decir que, si yo –que era un pardillo- tomaba bobadas de  esas, ¡qué tendrá que tomar un ciclista profesional –que no por profesional deja de ser humano- para  aguantar las etapas infernales que afrontan durante casi un mes!

 

 2 de Agosto de 2006: 1 civil israelí muerto –precisamente, mientras paseaba en bicicleta-; 14 civiles libaneses  muertos cerca de la frontera Siria.

 Fran

¡Pues habrá que ir a Dossenheim!

2 de Agosto de 2006

 Hoy he recibido las instrucciones de cómo llegar a la casa en la que dos estudiantes de  Heidelberg  me van a alojar hasta que encuentre algo definitivo. Junto con dos fotos de la  persona que, para  entendernos, llamaremos “la casera”, me han adjuntado un folio  estandarizado que, seguro, no es la  primera vez que mandan. Lo he podido verificar: en  www.hospitalityclub.org “la casera” tiene, nada  más y nada menos, que 78 comentarios de  gente que, o se ha hospedado en su casa, o la han tenido  como guest. Todos relatando  maravillas y ensalzando la hospitalidad de esta buena samaritana.  Obviamente, no  desvelaré su identidad, simplemente diré que su nick es Ira Mia , algo que  demuestra  categóricamente que esta tipa no sabe español. Ningún hispanohablante se habría puesto  ese nombre (me recuerda al apellido de un buen amigo: “Iraeta”. Todos nos  sorprendíamos de que  alguien pudiera tener un apellido tan corto en el que cupieran las  iniciales de dos bandas  terroristas).

 Pero volvamos –como Clearasil - al grano: el mensaje. Ni  que  decir tiene que, tras imprimirlo y leerlo, me he  sentido como si  un superior anónimo me hubiera  asignado  una misión.  ¿Recordáis los dibujos animados  del  inspector Gadget?  Siempre aparecía su jefe –un tío  medio  calvo con una pipa que  se parecía a Popeye el  marino- en  los lugares más  insospechados para pasarle  telegramas  que explotaban a los  cinco segundos –¡cómo  me mofaba  de niño; siempre le  explotaban de al jefe!-.  Pues bien.  Resulta que el piso franco no  está en  Heidelberg ciudad  –como castizamente diríamos aquí-,  sino en un barrio que  está a cuatro kilómetros del centro  (como  Rajoi ). Se  llama Dossenheim y se llega en  tranvía, para más  señas,  el 5/5R (OEG). A continuación  me dice que baje, que  suba, que gire, que busque  semáforos, que vaya para  aquí,  para allá, que busque  una estación de servicio…  ¡uf!, la última  vez que me  dieron tantas indicaciones fue  en el examen de  conducir!. El mensaje concluye, como es  lógico, con la  instrucción de tocar el timbre y, como  ayuda, incluye un  número  de teléfono al que hay que  llamar si uno se  pierde. Dudo que  me pierda, porque,  como he dicho, el  mensaje es muy  exhaustivo. Supongo  que lo han ido  mejorando a partir de las  observaciones  de  los que  antes se hayan perdido.

                                     

Mi madre –como cualquier madre-, desconfía de que haya personas tan magnánimas como  para  alojarte en sus casas (y no me extraña que desconfíe). Ella tiene algo de miedo  porque, en el fondo,  piensa que se trata de una mafia. Andaré, pues con pies de plomo. No  obstante, estoy  acostumbrado a andar entre mafiosillos. Ayer hablé con una mujer que en  cierta manera  representaba a una sociedad de gestión de cobros, hoy he ido al banco (para  ver cuanto me  “clavaban” por sacar dinero en Alemania) y el fin de semana pasado hice a  través de La Caixa una  transferencia de 10 Euros (para comprar el dominio en que se  aloja la página que estás leyendo) y  me cobraron una comisión de 6 Euros. Pero de estos  mafiosillos ya hablaremos otro día.

 1 de Agosto de 2006: 3 soldados israelíes muertos; 3 civiles libaneses muertos (madre y dos hijas,  en un lugar cuyo nombre no me apetece buscar en el google); 2 palestinos muertos; 61 muertos en  Irak (entre ellos un sudanés, un egipcio y un británico)

 Fran

 

El poder de las nuevas tecnologías

 1 de Agosto de 2006

 Es una maravilla lo rápido que avanza la técnica. No cabe duda que de manera  exponencial, incluso más si no tuviera que ceder a los propios ritmos del mercado. Y es  que no damos abasto. Nos gastamos un dineral en el último modelo de ordenador o de  teléfono móvil y ya está la siguiente hornada de artefactos prestos a dar el salto del  mostrador e introducirse de manera irreversible en nuestras vidas -y en muchas  ocasiones, de manera incompatible con los anteriores modelos, ¿verdad?-. Como botón de  muestra, todo el mundo recordará los teléfonos con los que hace no muchos años  hablaban Mulder y Scully en Expediente X. Yo me quedaba anonadado, como si utilizaran  tecnología extraterrestre. Si ahora me vieran con uno de esos cacharros por la calle nos  niños me señalarían con el dedo.

 Pero el mayor de los avances de las últimas décadas  es sin duda el de la generalización de internet. Tan es  así, que no sólo se trata de un desarrollo tecnológico,  sino que ha supuesto –para bien- un cambio en muchas  otras facetas de nuestras vidas. Internet ha potenciado  decisivamente una de las habilidades propias del ser  humano, que le distingue del resto de los animales y  que le ha hecho –utilizando la expresión bíblica- reinar  sobre la tierra: el lenguaje. A ello se refería  precisamente Stephen Hawking en el acto de  inauguración del Campus Party 2006, en Valencia.

           

 La democratización del acceso a la información acaba con las desigualdades –rompe  barreras de entrada, que dirían los economistas-, incentiva a los tímidos a relacionarse,  permite ganarse la vida desde casa a cada vez más personas, que encuentran en la  maraña de la web la forma de desarrollar eficientemente su propio talento sin tener que  depender -en muchos casos- de un déspota, personas que incluso comparten  gratuítamente los frutos de ese talento con nosotros. Nada escapa de la web. Hace unos  meses The economist dibujaba al dragón chino enredado en la red, a pesar de que google  censure ciertas búsquedas molestas para el gobierno chino.

 Para predicar con el ejemplo, diré que yo mismo viajaré próximamente con unos billetes  comprados en internet, a un hostal alquilado por internet (Sudpfanne-Hostel) y a casa de  unos estudiantes que he conocido -también- por internet y a los que no he visto nunca. Es  una de las últimas tendencias. Leí hace no mucho en un conocido periódico que sólo había  dos grandes páginas dedicadas a poner a la gente “tan en contacto”. Quizá arriesgado, sí,  pero excitante y -como todo lo que entraña riesgo- rentable. Anyway...

 31 de Julio de 2006: 2 soldados libaneses muertos (supongo que la disminución de las bajas se  debe a la tregua de 48h. en los ataques aéreos, que no excluye el apoyo aéreo y las misiones  terrestres ¡vaya tregua!).

Fran

 

"Todos estamos con Hezbolá"

31 de Julio de 2006

 La primera imagen impresa que veo esta mañana, 31 de julio de 2006, es la de un libanés  sosteniendo el cuerpo de una niña inerte. El estómago se me hace un nudo. El hombre  corría al azar por una de las calles de Qana, supongo que más para liberar la tensión que  para evitar el impacto de cualquiera de esas moles de acero que desde hace algo más de  dos semanas llueven -también con cierto grado de azar- sobre el Líbano. Sé que anda sin  rumbo fijo porque -además de correr con los ojos cerrados- mira hacia el cielo, buscando,  quizá, un castigo divino que parece no llegar nunca. Alá debe de haberles abandonado.

A falta de remedios divinos, los libaneses se dirigen a  las  embajadas de la ONU en Qana, quienes -supongo-  tienen orden de no hacer nada hasta que el “alto el  fuego  definitivo” que profetizaba Condoleezza no se  otee por el  horizonte. No extraña lo más mínimo que  uno de los  jóvenes de los que allí se agolpaban  patease la cristalera  como Txapote en la Audiencia  Nacional -con mucha más  razón el libanés, por  supuesto-.

Ante esta pasividad divina y estadounidense –que, de momento, se abstiene muy  diplomáticamente- sólo les queda confiarse a Hezbolá, que parece ser el único que está en  condiciones de satisfacer la humana sed de venganza de la población civil.

 Y sin embargo, Condoleezza -de quien se dice que es como una galleta Oreo : negra por  fuera y blanca por dentro- sigue creyendo que a Hezbolá se le puede desarmar por la  fuerza. Y para ello propone, nada más y nada menos, que el adiestramiento del ejército  libanés –hay militares afines a Hezbolá en ese ejército- de manera muy similar a como  han adiestrado al iraquí para democratizar Irak.

 En fin. Cada muerto en Líbano supone un acercamiento, como mínimo, de una decena de  personas a los fines de Hezbolá. Tratar de frenar este derramamiento de sangre con más  sangre es como tratar de pagar intereses con financiación piramidal. Da la sensación,  entonces, de que Condoleezza tiene otro tipo de intereses.

 30 de Julio de 2006: 60 civiles libaneses muertos.

 Fran

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