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EL BLOG DE FRAN |
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Aquí estoy de nuevo, con los infatigables seguidores de Fran, cuya paciencia no conoce límites. Ayer acabé el curso de tango para iniciados. Nos tenían preparadas unas cuantas sorpresillas: nos iban restringiendo con sillas la superficie de baile, para que bailáramos más juntitos; nos hicieron cambiar de pareja, nos pusieron una música extremadamente lenta y relajante, e hicieron cerrar los ojos a las chicas. Los chicos las guiábamos por todo el salón con toda la delicadeza. ¡Qué bonito!. Después, las mujeres se desperdigaron y esperaban con los ojos cerrados a que un hombre las “rescatara” y bailara con ellas una “base”. Sólo una. Después no tocó el turno a los hombres y ellas eran las que nos cogían de la mano para que bailáramos. Uno incluso experimenta el rol de la mujer, expectante a que el macho la ataque o expectante por si un macho la ataca (depende del macho). Al final acabamos bailando todos con los ojos cerrados, la luz de la habitación siendo casi penumbra y un fino hilo de música marcando el compás. Terminamos y nos ofrecieron una copita de champán y un zumo para aquéllos/as que tuvieran que conducir. Yo pedí el champán, evidentemente. El profesor de tango se me acercó a hablar. Dijo que había pasado por Bilbao con ocasión del camino de Santiago, que también había estado en San Sebastián y que le encantó la concha. ¡Normal! A mi laso posaba con un zumo de naranja mi compañera de tango: una madre de treinta y pocos que para nada ha perdido los encantos de la juventud. Uno ha de esforzarse para poder hallar en su rostro las huellas que deja el paso del tiempo. El contraste entre su experiencia –que ha de presumírsele- y su timidez –todavía se ruboriza ante un piropo- es algo que la hace realmente atractiva. ¿cómo es posible que una persona con tanto pasado rebose tanta vitalidad y parezca no haber perdido la frescura de una quinceañera? No me gusta sólo ni principalmente porque sea guapa, sino por las cualidades humanas que en ella intuyo. Por su mirada, que es tierna (será porque es madre) y por su comportamiento. Parece noble.
Vaya! Me compré el otro día un cable USB para pasar datos (fundamentalmente fotos) desde mi teléfono móvil al ordenador y, como siempre, me están tomando el pelo entre los dos dispositivos. Enchufo el cable USB desde el teléfono al ordenata y me dice el windows que ha reconocido un nuevo dispositivo que se llama Motorola motorola dispositivo de almacenamiento USB o algo así, y cuando voy a mi PC para ver el contenido del disco que está en la nueva unidad, va y me dice que está vacío, o que introduzca un disco o algo así. Asi que ya ven. Todo mi gozo en el pozo. Otro día más sin poder pasar las fotos del móvil al ordenador. Lo peor es que uno se vuelve adicto. De hecho, el ifomático frustrado es el ser más adicto sobre la faz de la tierra. Siempre te da la sensación de que estás a un paso de conseguirlo, pero todos los intentos son en vano. Es lo que yo llamo el “síndrome del jugador de máquinas tragaperras”:este intento el último, y si no me sale, me voy a la cama. Pero nunca te das por vencido. Empiezas a buscar el disco de almacenamiento masivo por otras vías, incluso por la del perro ése tan simpático que te busca los archivos, pero nada, no aparece. Luego le pides ayuda expresamente al windows, que primero busca el controlador en el disco duro y luego incluso se lanza a internet. Te lleva a la página principal de windows, de ahí saltas a la de Motorola. Buscas el controlador a través del asistente, lo buscas tú mismo, pero nada. Incluso de tanto buscar el controlador uno acaba perdiendo el control. Intentas descifrar los consejos del ordenador –que en la mayoría de los casos te dejan como estabas- bruuufffff!! Qué de malos ratos se puede tirar uno delante del ordenata intentando hacerle entrar en razón. Uno incluso se va a la cama con mal cuerpo, preguntándose por qué el ordenador no le habrá reconocido el motorola a este servidor y sin embargo sí se lo reconoce sin rechistar al palestino. En fin, los ordenadores son a veces como niños tercos, y es mejor pasar de ellos.
Después de reunirme aquel sábado con Bettina y sus amigas, nos dispusimos a visitar los museos de Heidelberg. El primero fue el Verpackung-Museum (creo que se llama así), en el que se exponían antiguas cajas de hojalata con caramelos, pastillas para el catarro o la tos. También cajas de cartón rectangulares con detergente de una marca que todavía se comercializa (Persil). En una de las salas, un hombre mostraba el funcionamiento de una máquina de empaquetar chocolatinas y al otro lado de la habitación, tras unas vidrieras, había casas de muñecas con miniaturas de los envases de hojalata. Las chicas que iban conmigo hasta se ponían en cuclillas para poder ver las casas mientras ponían las manos sobre el cristal. Yo también habría hecho el esfuerzo si esa noche no me hubiera dolido el trapecio. En la planta baja, un grupo tocaba canciones caribeñas en español y la gente se arremolinaba alrededor mientras se comían bocadillos o se bebía un vino con agua carbonatada –aquí se la echan hasta a los zumos-. El segundo museo al que fuimos fue el Kunstpfälzisches Museum –tampoco sé si lo he escrito bien-, en el que había una exposición con fotos de Marilyn Monroe. Como había una cola más larga que un día sin pan para entrar, decidimos postergar la visita. Seguimos caminando por la Hauptstraße en busca de la Heiliges Kirche Straße, donde presumiblemente había dos exposiciones de arte africano y una de fotos artísticas, muchas de ellas de desnudos. En la de los africanos habían puesto como una especie de lunch de pago. Tres africanos con su indumentaria típica tocaban sendos instrumentos de percusión mientras otro bailaba como un poseído. Como si lo estuviera haciendo sobre ascuas, de hecho. Un cuarto con una chaqueta azul marino muy elegante invitaba a la gente a unirse al bailarín, que ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, seguía contorsionándose como una serpiente en plena lucha con un ave rapaz. Cuando el hombre de la chaqueta se acercó a mí, miré hacia otro lado, pero después lo pensé mejor: le dí las gafas y el jersey a Bettina para que me las guardara y me uní a la fiesta, a reproducir en la medida de lo posible los espasmos del africano mientras los demás aplaudían en corro. Aquello fue terapéutico, acabé la sesión de aeróbic con renovadas energías. Finalmente fuimos a ver las fotografías artísticas. Un arte bastante alternativo que mi primo, el Txus –catedrático de sexología práctica y técnicas de cortejo- viene reivindicando desde hace tiempo. Ahí podían contemplarse tanto esculturales torsos masculinos con sus correspondientes falos como firmes senos salpicados de gotitas de agua, como si fueran de rocío. En verdad eso es belleza. Uno se queda mirando durante minutos y disfrutando del arte de verdad. Sin fingir.
A la tercera va la vencida, se suele decir. Esta vez fue la definitiva. No nos pudimos encontrar la primera vez que quedamos, porque había comido tanto pollo el día anterior que me dio una indigesión de dos días y tuvimos que posponer la cita. No pudimos encontrarnos tampoco aquél martes que fui a Karlsruher a bailar tango, porque precisamente le llamó la arrendadora para avisarle de que iba a ir un tío a arreglarle la calefacción... Pero ayer, por fin, después de más de dos años escribiéndonos emails –aunque desde que estoy en Alemania bajamos bastante el listón- he conocido a mi perserverante penfriend –ahora “ keyfriend” , no?-, Tandempartner , o como se diga. Quedamos alrededor de las siete menos cuarto en la estación de Karlsruher, donde yo tuve que pasar tres horas casi a la intemperie al volver de Berlín, donde mi primo Txus echó la meada. Yo llegué alrededor de las seis y media. Ella llegaría a las 18.48 exactamente, al andén número 7. Después de meterme a mear en el baño de un local de Kebaps y darme los últimos retoques en el espejo, fui a esperarla con hormigueos de éstos que entran por el cuerpo y tximeletas en el estómago, porque estaba nervioso por la emoción y la intriga. La misma sensación que un estudiante tiene cuando sale el bedel con las notas de los exámenes para colgarlas en las cristaleras. El tren llegó puntual –¡menos mal!-. La puerta del último vagón se paró justo delante de mis narices. Yo, para disimular y dejar que fuera ella la que me viera, me puse a mirar a la gente que salía del vagón que tenía enfrente, consciente de que había pocas posibilidades de que ella saliera por esa puerta. –es que de lejos veo mal y no me iba a poner las gafas para esa ocasión, cuando nunca las llevo-. Una vez que todos los pasajeros que iban en ese vagón hubieron salido, me giré 45 grados y me puse a mirar a la gente que caminaba por el andén , y entre la muchedumbre, la reconocí. Fue fácil: era la única persona que venía directamente hacia mí, con la mirada centrada y con una sonrisa en la boca. La reconocí enseguida porque era clavada a como aparecía en las fotos. Nos saludamos, nos dijimos: Por fin!! Endlich hat es geklappt!! Salimos de la estación, cogimos un tranvía y nos fuimos al centro.
Hola, caracola. Ayer fue noche de puertas abiertas en los museos de Heidelberg, Mannheim y de Ludwigshafen. El bono, que valía 16 euros, y te daba derecho a entrar a todos los museos de Heidelberg y a coger autobuses para desplazarte a Mannheim y Ludwigshafen y así poder ver los de estas ciudades también. La idea de ver museos fue de Bettina. Yo la había invitado a que viniera a casa para hacernos compañía mutuamente mientras empollábamos –los libros-, pero ella la declinó –¡la invitación, malpensados!- diciéndome que tenía que ir a coger unos libros a una biblioteca y que se le haría corto el día si venía a mi casa. A cambio, me invitó a ir con ella y con sus amigas a ver museos. Yo acepté. Quedamos a las ocho de la tarde en la puerta del centro comercial –Galeria- que hay en la plaza de Bismark. Como llegué unos minutos antes –algo inusual en mí- me metí en la planta baja a ver postales al calorcito. Cuando dieron las ocho me puse delante de la puerta, al lado de los guardianes del mercado –a los que yo llamo “ediles curules”-, que se habían cuadrado delante de la puerta para que nadie pasara, como dos gorilas de discoteca en Ibiza. Al rato apareció Bettina con dos amigas: una delgada y otra gorda. No me quedé a la primera con el nombre de ninguna de ellas, porque estaba haciendo el correspondiente estudio antropomórfico en el momento en el que me dijeron los nombres. Más tarde me los repitieron: Caroline y Anika. Caroline no es un nombre que me guste. Me suena, evidentemente, a Carolina, y “carolina” lo relaciono indefectiblemente con los pastelazos esos de mantecado incomestibles que sólo gustan a los niños –ya sabéis cuáles son-. Anika, sin embargo, sí que me gusta. Me cae simpático, es como Ana, pero en navarro, y Ana se llamó mi primer amor platónico. Es un nombre muy fino. Ana, Ana. Suena bien. Uno no se cansa de decirlo. Caroline estaba mejor de cuerpo que Anika, pero Anika tenía una cara preciosa. Era el paradigma de la belleza de mi amigo botiglioni: la gorda guapita de cara. Él diría de Anika que es una chica potxola . Una cara redonda, pero con la forma de los pómulos y de la barbilla –no os vayáis a pensar que era como la de Camacho, el ex seleccionador-, la piel completamente tersa, rosada, los dientes perfectamente colocados y los ojos preciosos. Además, tenía el pelo como entre rubio y pelirrojo. Muy guapa. Pero de cuerpo... Como decimos en nuestra cuadrilla: P´al heri. Hace no mucho me dijo Botiglioni: Fran, algún día empezarás a valorar esos cuerpos. Vaya!, no he dicho ni una palabra de los museos.
Cuando voy a bailar tango dejo el ordenador y los libros en la taquilla del instituto, porque sería una lata llevarlos conmigo, además de exponerme al riesgo de que me los birlen. Después, al salir, vuelvo, abro con mi llave magnética, y los recojo. Pues bien, el otro día, al volver, estaba encendida la luz de la habitación de los doctorandos. Extrañado porque todavía hubiera alguien ahí, subí por curiosear un poco y me encontré a Christian. Cuando abría la puerta, mejor dicho, las puertas –hay que abrir dos puertas que estarán separadas por unos 15 centímetros aproximadamente- allí me lo encontré, mirándome sobresaltado. Evidentemente no esperaba a nadie. ¡Qué sorpresa me llevé! Me acerqué a saludarle y, cuando estaba a escasos centrímetros de su mesa, eché una miradita por debajo, no fuera a ser que en verdad no se hubiera quedado por el trabajo. No había nadie. Digamos que estaba escurrido en la silla, enfrente de él los libros plagados de post-its se amontonaban o solapaban los uno con los otros. A su derecha tenía un gran fajo de folios que se había fotocopiado en el Max Planck. Tenía los ojos enrojecidos y decía que se sentía como si hubiera perdido todo el día, porque había tenido que hacer muchas fotocopias y no tiene mitarbeiters . Que quería quedarse, al menos, a leer algún artículo, aunque sólo fuera uno. De lo contrario no podría dormir, pues la conciencia le apremiaba como un centinela implacable. Tenía dos bolsas de provisiones: una de galletitas saladas –que a mí me sabían a pescado- y otra de pastas dulzarronas, de esas que las señoras mayores les sacan a las amigas cuando van a tomar el té. Está estresado porque se ha embarcado en dos tareas a la vez. Tiene que hacer un trabajo para un bufete de Frankfurt y al mismo tiempo trabajar en la primera parte de su disertación. Al igual, yo trabajo en mi disertación y en un artículo alemán que espero que finalmente se publique. Dicen que los hombres no podemos pensar en más de una cosa a la vez. A lo mejor eso tiene algo que ver.
Hola, amigos del blog, Por fin llega la primavera a Heilderberg. Ya llevaba tiempo esperándola. Esto de llevar una bufanda perpetua enroscada en el cuello y el chaquetón ese que parece de general de las SS cuanto menos es lo más incómodo del mundo –aunque por lo menos, sí que resulta muy elegante-. La primavera la sangre altera, dicen. Sin embargo, en mí surte un efecto sedante. Esto de ver el cielo despejado, las margaritas en el césped, los árboles en flor.... uuuummm! Me viene a la cabeza el hombre de Vernel o el muñeco de mimosín. Así da gusto. Miento! Ahora caigo! Hay algo que sí que me altera: los escotes y las camisetas de las alemanas que caminan por la HauptstraBe. Hoy he visto a una que tenía unas ..... de esas que manos no cubren, que no se me quita de la cabeza. Bruuuuuffff! Entre las horas que paso en el instituto comiéndome el tarro y las cosas que veo por la calle me van a tener que sacar de aquí con camisa de fuerza. No acabo de acostumbrarme a las alemanas. Cuando llegue a España no sé lo que voy a hacer. Me tendré que meter a un seminario. Pues sí, la primavera ya esta aquí. Ahora puede uno andar en nicky por la calle, y en el Mensa ya han sacado las mesas del comedor al patio. El estudiante ya empieza a tirarse al césped y a fumar hierba e incluso creo haber visto a un profesor de esos elegantes y exigentes dando lametazos a un helado de pistacho. Esta noche me daré una caminata a la luz de las estrellas para aliviar el estrés que me ha causado el mal tiempo durante estos últimos meses. Saludos Hola, amigos. Las tres y media de la mañana de un sábado. Ayer me acosté a las cuatro de la mañana y hoy me he levantado alrededor de las 11. Había quedado en ir a recoger a Bettina a la parada del tranvía hacia las dos de la tarde y todavía quería ir al gimnasio a entrenar un poquillo (muy flojo) ahora que el dolor de trapecio parece que está remitiendo. También tendría que pasarme después por el supermercado a comprar patatas, cebollas y cuatro cosas más para hacer una tortilla, amén de sacar una media horilla de donde fuera para dejar la casa decente y dar la sensación de ser un chico ordenado. He andado un poco en la cinta –no correr- como si fuera un ciclista que se recupera de una lesión de menisco, he hecho cinco series de pecho y dos series de bíceps y me he ido a la ducha. Con la sensación del deber cumplido –en la medida de lo posible- me he ido al Penny Market –no es un sex-shop- y he comprado ingredientes para la tortilla –como ya he dicho- y un yoghourt de kilo. He llegado a casa con el tiempo justo para recogerlo todo. Media hora quitando trastos del medio como si fuera el alcalde un municipio que, alertado de que viene la policía, se pone a destruir pruebas como loco: la tele a una esquina, la ropa interior -que se secaba en la cuerda- al armario, la basura al patio, pasar la aspiradora, la fregona... Y sobre todo, el retrete. Un retrete pulcro dice mucho de una persona (al menos, si yo fuera una chica, me fijaría en eso). Por cierto, ¿qué debe de pensar una chica cada vez que entra a mear a mi baño -antes de conocer a Nora esta palabra no estaba en mi diccionario (yo decía “servicios” o simplemente “water”. Cada vez que digo “baño” me acuerdo de ella)- y ve todo lleno de cremas? Para la cara, para el cuerpo –de mango-, la típica de Nivea, cera.... Porque digo yo que se fijarán, ¿no? Las chicas se fijan en todo. ¿Se pondrán a fisgonear un poco, aunque sólo sea por unos segundos? ¡Qué divertido! Ya me las imagino mirando los tarros con extrañeza. Se reirán por lo bajo mientras piensan: ¿“para qué querrá el tío este todas estas cosas”? ¿Será metrosexual? Bueno, pues a lo que vamos. Bettina ha traído la tesina de la movida madrileña. Me ha dicho que si quería, me la dejaba. Yo, para ser cortés, le he dicho que sí, que por supuesto, y de hecho pienso leerla, porque está muy bien documentada. Tiene más de 100 páginas. No sé si “encontraré el tiempo” para leerla, pero mi intención es esa. En fin, ella me ha corregido las ocho primeras páginas de mi trabajo ( Zur Zulässigkeit des Eigentumsvorbehaltes in Spanien ) mientras yo le corregía el suyo sobre Rigoberta Menchú. Una tía muy ilustrada que habla español como los ángeles. Ya me gustaría a mí dedicarme en cuerpo y alma a estudiar lenguas. Lo que ocurre es que no es muy lucrativo. Ser traductor es una lata e intérprete, estresante. Sigo con el Derecho. Leyendo cosas como ésta me lo paso como un enano. Las horas muertas (Cómo se lo curran los del Max-Planck).
Hace tiempo conocí a una chica que haría las delicias de cualquier español (ni digamos las de un vasco –ellos ya saben por qué-). 1.79, rubia, con ojos verdes, políglota y muy buena persona. Mi primo, el Txus –catedrático de sexología práctica y técnicas de cortejo-, que la ha visto en una foto, dice que es “un pivón”, y para arrancarle al exigente Txus una estimación de tal calibre la chica tiene que estar bien de narices -y no sólo de narices-. Pues bien, tengo el honor de gustar a esta chica. Iba a decir que no sé en qué se habrá fijado, pero sí lo sé. Como soy budista y procuro mantener al Ego a raya para no perturbar mi paz interior, lo voy a omitir. A mí me gusta como persona, porque cumple el requisito fundamental al que ya he aludido en algún otro blog: que sea noble, esto es, que renuncie a sus intereses en beneficio de los de los demás en mayor grado en el que la media de las personas lo hacen, como si todos fuéramos hermanos: que te escuche, que te atienda, que te entienda... Podríamos compartir muchas cosas y de hecho ya las estamos compartiendo. Es una relación de amistad muy bonita. Incluso hemos llegado a ser más que amigos, pero menos que novios. Como dos ciclistas que saltan del pelotón para coger a unos escapados y que están en tierra de nadie. Una situación transitoria por necesidad, porque o te pones en cabeza de carrera o te dejas caer otra vez al pelotón. No merece la pena malgastar energías en vano. Pues bien, ahora estamos de nuevo en el pelotón. Hemos dejado la situación de “más que amigos” por la de “amigos sin más”. La razón fundamental es que no logro quitarme la flecha del amor que me lanzó Cupido. Ahí esta, colgando de mi corazón como cucharilla MEPS en boca de trucha. No me la intento quitar porque sé que es peor hurgar en la herida. No obstante -y esta es la segunda razón-, tampoco tendría una -otra- relación a distancia, a no ser que estuviera realmente convencido y fuera previsible que a muy corto plazo alguno de los dos se mudara. Yo, de momento, no me puedo mudar a ningún sitio por razones que quizá algún día diga. Ella tampoco. Seguiremos de amigos. Por desgracia, no soy capaz de corresponder sus bonitas frases de despedida y ella se ha dado cuenta. No sé mentir sobre los sentimientos ni me gusta dar largas –aunque las suelo dar porque, como Nora decía, tiendo a ser un poco cobarde en estas cosas (los paliativos son míos; ella decía, con razón, que lo era, sin más)-, a pesar de que he buscado asesoramiento en mi amigo Botiglioni, que como un buen ingeniero de caminos me dijo: -Fran, ¿conoces Úbeda? - Sí - Sal por ahí Gracias, Botiglini, por hacérmelo pasar tan bien con tus ocurrencias (me estuve mofando yo solo mientras hacía la cena), pero no me gusta esconderme en las ambigüedades del lenguaje. Por eso no soy abogado.
Donde esté un Yogur de kilo.... El oso panda se alimenta de bambú, el guepardo de gacelas, el camaleón de insectos y el Fran de pechugas de pollo y yogures de kilo. Si, de kilo. No sé por qué no los habrá en España –quizá en el Lidl?-, pero es lo más económico y práctico que hay. Con los yogures de kilo se acabó ya el “a mí me daban uno, me daban dos o me daban tres”. Uno ya no tiene que andar mirando si deja o no yogures para sus hermanos ni tiene que lavar mil veces la cucharilla para volver a echar azúcar a otro (cuando no se está seguro de cuántos se va a comer). Con los yogures de kilo todo son facilidades. Te los llevas del supermercado agarrándolo por el asa como si fueras a pintar la casa y al llegar lo metes en el frigorífico como el perro que entierra un hueso o el leopardo que se sube una presa a un árbol. Los hay de varios sabores: de fresa, de cereza, de vainilla, de granada y de chocolate. Yo he probado todos menos el de chocolate, porque tanto dulce me empalaga. El de vainilla está delicioso. Uno se lo puede comer (con algo de hambre) de una sentada. Es como una adición, como comer Pringles, pero mucho más sano. Vienen con tropiezos de frutas que te hacen caer continuamente en la tentación de seguir comiendo, apenas tienen grasas ni colorantes. Es empezar y no parar. ¡Qué bien me lo paso revoloteando por casa con uno de estos yogures en la mano mientras escucho al chivi! ¡Éstos sí que me renuevan y no esos activia verdes que anuncia el Coronado! Bueno, amigos, pues me voy a escapar del instituto algo más pronto de lo normal porque esta silla me está matando y tengo que pasar antes por el súper –y luego ir al gimnasio-. Tengo que comprar algo para cenar, pasta de dientes, mistol y, ¿cómo no?, algún yogur de kilo. Posiblemente de vainilla.
Le pregunté a Bettina si por casualidad ella juega al ajedrez. Lo hice porque en caso de que jugara estaría bastante bien como terapia de relax invitarla a mi casa a echar una partida mientras nos tomamos algo, ¿no? No me vendría nada mal centrar la atención durante unas horas en algo que no sea mi vida cotidiana y abstraerme. Sin embergo, Bettina no juega al ajedrez. Tras reflexionar unos segundos me dijo, además, que ese juego, deporte o lo que sea le parece impropio para la forma de pensar que tienen las mujeres. Que es un juego que, por el contrario, se adapta perfectamente a los patrones que rigen la mente masculina y que a las mujeres les puede parecer aburrido o absurdo (no será porque no sean estrategas). Ya había caído en la cuenta mucho antes de que las chicas no juegan al ajedrez. Yo jugué de adolescente en un club. Los sábados por la tarde nos desplazábamos a otros institutos o clubes a jugar partidas “de liga” que duraban horas. Cuatro contra cuatro. El que jugaba en el primer tablero era presuntamente el mejor del equipo. Yo rara vez jugué como el mejor del equipo. Fui un jugador de ajedrez del montón dentro de los que son algo más que aficionados. Lo máximo a lo que llegué fue a disputar una partida que, de haberla ganado, me habría hecho quedar primero de Bizcaia de mi categoría (tendría 17 años). Las tablas también me habrían valido –y era una partida de tablas-, pero perdí por aburrimiento después de estar más de cinco horas jugando. Perdí por debilidad mental. Si hubiera sido como Nadal –el tensita- habría hecho tablas como mínimo. Pero bueno, a lo que íbamos: no recuerdo haberme enfrentado con una mujer en más de 100 partidas de liga. Sólo recuerdo haber jugado contra niñas impúberes, en algunos casos con un gran talento, nunca con mujeres mayores de 20 años. En las listas oficiales del ELO FIDE de los jugadores españoles aparece una mujer por cada 200 hombres aproximadamente. ¿por qué? Dicen que lo encuentran aburrido o que no tiene sentido. Nada más lejos de la realidad. El ajedrez potencia cualidades importantes para la vida: te enseña a reflexionar, a no precipitarse, a ser paciente, te muestra que incurriendo en sacrificios se ganan muchas partidas. Te hace más perseverante, te da tesón, profundidad de análisis, capacidad de abstracción. Y además, es divertido. Antes que una tarde en un centro comercial prefiero una buena partida de ajedrez en un tablero de madera con un café caliente al lado. Merece la pena incluso jugar contra el ordenador. Aunque preferiría hacerlo con una persona.
Kasparov vs Anand (Frankfurt,1999) Hoy me ha dado por ahí y me he metido en los centros comerciales de la HauptstraBe en busca de un pantalón de traje para bailar tango y de una camisa blanca (de mi esperanza...). Es la primera vez en siete meses que me meto en más de dos tiendas seguidas y me he quedado asombrado del espacio que dedican algunas cadenas de grandes almacenes de ropa a exponer su mercancía. Uno entra ahí y parece un templo del S.XXI dedicado a algún Dios: todo pulcro, con baldosas de mármol y dependientas que más bien parecen vestales romanas. Qué pena no recordar el nombre de los almacenes, porque no los hay en España. Metros y metros cuadrados repletos de ropa, ropa y más ropa, entre la que había polos de Lacoste de ¡casi 100 euros! –¿es posible?- que uno incluso no se atreve a tocar por si le muerde el cocodrilo. Para no saturar al cliente tenían en las paredes pantallas planas con la imagen de un fuego de chimenea de txoko, así como sofás de cuero con la prensa local (supongo que para que los maridos inversores se sienten a echar un vistazo a la cotización de sus acciones o el valor de su participación en algún extraño fondo de inversión mientras sus mujeres otean el género –puede parecer machista, pero es raro verlo al revés-). Los pantalones que vendían por allí rondaban los 80 euros. Un poco carillos, me decía para mis adentros. No obstante, luego llamé a mi madre para salir de dudas y para decirle, de paso, que me compre una entrada para el concierto de los Héroes del silencio (en Zaragoza) –Botiglioni, si lees esto, ya la estás comprando tú también. La de 58 euros, para estar en el borrokaleku -. Volviendo a los pantalones: a pesar de que en los de 80 euros predominaba el poliéster, tenían un diseño mucho más bonito que los pantalones de lana (98%)-elastina(2%) de 59 euros del C&A, por no hablar de los de 22 euros de Poliéster (también del C&A). Mi madre me dijo –con razón- que no merece la pena gastarse 80 euros en unos pantalones, que hay pantalones de “cuarenta y tantos”, de mezcla lana-poliéster muy buenos y que se lavan muy bien, y que si me compro unos pantalones demasiado finos los voy a “descuajeringar” con la lavadora. No me extrañaría, porque ya he “descuajeringado” un jersey de lana que me compré de rebajas en Springfield y que salió de la lavadora como el jersey de papá pitufo. Se lo regalé al Nizar, que le viene bien. Eso sí, en encontrar camisas no he tenido problema alguno: una de 30 euros que parece bastante robusta. La compraré blanca, que mi abuela siempre me ha dicho que a mí, que soy moreno, el blanco es el color que más me favorece.
Por fin encontramos el bar del siempre-tango. Tenía el suelo de madera y una barra en forma de “u” en la que un hombre bastante animado con un sombrero de paja vertía tequila –en realidad más fuera que dentro- sobre seis vasos de chupito que había puesto en fila. Como la música no me dejaba entender lo que el ebrio camarero me decía, me aparté para que la nativa que iba conmigo se enterara de dónde demonios se bailaba tango. El señor del sombrero de paja nos indicó con el dedo un pasillo que había hacia el fondo del bar y que daba a un salón enorme todavía cerrado pero que se podía ver a través del cristal de la puerta, que estaba cerrada. Ya había otra pareja esperando para bailar, y Bernadette se puso a hablar con ellos. Decían que habían estado ahí un par de veces pero que ya llevaban bailando tango unos añitos. Éramos los más novatos del salón, porque yo llevo dos meses escasos y ella ha aprendido lo poco que la enseñaron aquél fin de semana en el curso comprimido de seis horas y lo que haya podido aprender de mi, que como Uds. pueden imaginar, no es mucho. Entramos al salón previo pago de 3 “oigos”, si mal no recuerdo. Era un salón enorme, mucho más grande que el de Conde-Tango –donde aprendemos y practicamos en Heidelberg- e incluso quizá algo más grande que el salón de Tribu-del-mar, también en Heidelberg y donde –dicho sea de paso- algún jueves de éstos, cuando haya mejorado mi técnica, espero poder bailar con Johanna. El suelo estaba entarimado (¿quién lo desentarimará?) y encerado, para que las chicas puedan girar como peonzas al responder a los impulsos del hombre (qué guay, ¿no?). Las mayoría de las otras parejas bailaban como los cisnes, y aunque nosotros lo hiciéramos como dos patitos feos, nos salió mejor que el domingo en que bailamos seis horas. Practicamos todas las figuras que me sabía, salvo una que se me olvidó pero que el maestro malasio me recordó ayer. Al salir, un hombre muy experimentado que supongo que, para su deleite, nos habría esta mirando, nos dijo “ nicht zweifeln ” –no dudéis- (supongo que quería decir que “no dudáramos en volver"), lo cual significa –y así me lo confirmó Bernadette- que lo habíamos hecho francamente mal.
En martes ni te cases ni te embarques El martes a las siete de la tarde estaba yo en el café Rossi esperando a Bernadette, Isabelle y su tanzspartner para ir a bailar al salón de Karlsruher. Ahí no aparecía nadie. Cuando ya pensaba que me habían dejado más colgado que a Sadam apareció Bernadette en su Toyota. Me dijo que finalmente Isabelle y su amigo no vendrían porque tenían trabajo y -como dicen los alemanes- “no encontraron el tiempo”. Así que me monté en el coche y me llevó ... ¡a los aparcamientos!, porque necesitaba un café (ella). Debe de tener algo más de treinta años (no le he preguntado la edad, como los caballeros), yo diría que unos 33, como Jesucristo cuando le crucificaron. Es rubia -aunque posiblemente algo teñida-, delgada, nerviosa, con mucha vitalidad y con unos ojos azules muy bonitos (esto último bien lo podría haber omitido, porque ya hasta se sobreentiende, va implícito en el concepto de “alemana”). Pues bien, me invitó a tomar un café en el Rossi, un establecimiento muy elegante que hay enfrente de Adenauerplatz . Yo centré toda mi energía en agudizar el oído porque esta chica habla alemán atropelladamente, aunque con un acento gutural tan fuerte que me gusta porque casi suena a holandés. Y oír hablar a una holandesa es para mí el colmo de la seducción. Una vez que nos hubimos tomado el café, montamos en el coche dirección a Karlsruher. Me preguntó si tenía hermanos/as y de qué edad. Yo –para practicar alemán y al mismo tiempo parecer simpático y mantenerla entretenida- le contaba cosas acerca de la familia, algo que, sorprendentemente, interesa a todas las mujeres, con independencia de la edad, nacionalidad, raza o religión. Le dije que tengo un hermano y una hermana, ambos más jóvenes, y que, por lo tanto, yo era el mayor, el primogénito –esta palabra la susurré para mí entre dientes, pues ella no la entendería-. El primogénito, o sea, el que hace el primo, porque uno experimenta todo el primero y va abriendo camino a los otros dos para que cuando éstos lleguen a la adolescencia se encuentren unos padres más indulgentes y trillados. Bueno, pues en esto que llegamos a Karlsruher. Preguntamos –preguntó- en una gasolinera por la calle del local del tango y enseguida nos indicaron el camino. Tras las correspondientes dificultades para aparcar –tiene un coche bastante grande- empezamos a pasar números mientras andábamos por la acera cogidos del brazo -tal y como andan las amigas quinceañeras en la edad del pavo- porque hacía un frío que –como dice mi tío- “jodía el cutis”. Hasta se veía el vaho de las expiraciones. Ya contaré en el siguiente blog cómo se nos dio la sesión en “siempre tango” ( www.siempre-tango.de )
¿Cómo te sientes? Hoy me siento Flex Cada vez que tengo noticia de los líos que se montan en Euskadi a cuenta del nacionalismo me viene a la mente esa base social pseudo-vasca que tendría que abandonar el País Vasco en caso de que Batasuna ganara con mayoría absoluta las elecciones por no reunir ni el más mínimo requisito de euskaldun . Me refiero a todos aquellos que seguro hacen que Sabino Arana se revuelva en la tumba cada vez que dicen “sentirse vascos”. “euskal-du-n” significa, si atendemos a la etimología, el que tiene euskera o, dicho con algo más de propiedad, el que sabe euskera. Y yo conozco multitud de gente que se dice radicalmente vasca y que, no sólo no se sabe el izan –lo más básico que alguien se pueda imaginar (yo soy, tu eres, él es ...)- sino que ni tiene caserío, ni toca el txistu , ni es aizkolari , ni participa en las idi probak de Markina ... gente que ni siquiera ha nacido en el País Vasco. Gente para la que prima más el haber corrido delante de la Ertzaintza que cualquiera de los criterios que he mencionado. ¡Tengo yo más razones para sentirme alemán, y sin embargo me sigo sintiendo vasco (y español)!- Hay alcaldes del PNV –por ejemplo, el de mi pueblo- que no saben Euskera y piden expresamente a andereinos (profesoras de Ikastolas ) que hablen en castellano ante su presencia, políticos nacionalistas o que se han vuelto nacionalistas por coyuntural conveniencia política que se sacan un papel para poder leer en euskera unas pocas palabras introductorias, hay funcionarias del Gobierno Vasco que portan orgullosas camisetas de Euskal presoak euskal Herrira pero que se quedan en blanco cuando se les formula una pregunta en euskera, hay carteles en los hospitales del servicio Vasco de Salud en las que uno puede encontrar la palabra enfermo ( gaixorik ) mal escrita ( gaizorik , que pega tanto a la vista como almoada sin “h”), tengo amigos bastante nacionalistas a los que “les da pereza” hablar en euskera –tanto no amarán a la patria-. Estoy seguro de que en los congresos internos del PNV no se habla en euskera, ¿cómo se iban a permitir poner en tal aprieto a sus afiliados pseudo-nacionalistas? Un partido nacionalista no se puede tomar tan en serio lo de la identidad vasca como para poner en peligro sus propios intereses políticos. Ni siquiera Batasuna da los mítines políticos íntegramente en euskera. ¿cómo iban a poner tan evidencia a su masa de monolingües castellanoparlantes? Tranquilos, pseudo-nacionalistas, ni Batasuna alcanzará la mayoría en el parlamento Vasco ni os exigiría hablar euskera en caso de que la alcanzara. Hablad, pues, el español: vuestra lengua.
Desde luego, no sé dónde me habría metido yo el día en que repartían los temas de tesis, tesinas, trabajos de fin de carrera y cosas semejantes. Bettina –la intérprete que quiere vivir en Madrid- escribe su tesina sobre “la movida madrileña”. ¡Qué pasada! Y yo no puedo hacer la tesis de eso o de algo parecido? Me cambio de tema, de director, de universidad y hasta casi de orientación sexual si me dan un tema así. Yo conocí a un tío que la hacía de la guerra civil española a través de las canciones o algo así. Y he llegado a conocer a un filósofo del derecho que le dedicó la suya “al buen salvaje” Pero volviendo a la tesina de Bettina: me parece que todo surgió a raíz de que le cité a los Héroes del Silencio como uno de los grupos que me gustaban –fue un grupo muy famoso en Alemania, pero no pensaba que ella los conociera, porque es demasiado joven-. Resulta que la tía los conoce también por el tema de su tesina. Yo no sabía que los héroes del silencio se enmarcaran en ese movimiento. La verdad es que soy un poco despistado y tampoco sabría decir muchos grupos de la movida (tengo los que mi tío me ha volcado de su disco de 40 gigas –Alaska con Dinarama y los Pegamoides, Duncan Dhu, La Mode, La Unión, Loquillo, Los Nikis, Los Secretos, Nacha Pop, el último de la fila...) pero los que ella me citó debían de ser fijo. Le dije que me cantara alguna canción, pero me dijo lo típico –aquí da igual que sea alemana, española, noruega o de las islas Molucas-: “ji ji jij jij. Es que no sé cantar”. Vaya! Seguro que en la ducha o cuando está sola en casa sí que canta. A mí me dicen que cante y canto, y tampoco sé cantar. A ver si os animáis un poco, no? ¡Que no siempre van a ser los tíos los que llevemos la voz cantante! Bueno, pues eeee e e e e e e, e e e e e es eso es todo amigos !!! Me voy a la piltra.
Leoni, Bernadette y el salón de Tango de Karlsruhe Hay veces en las que uno incluso tiene la tentación de creer en el destino, porque de repente se dan demasiadas casualidades a la vez. ¿No os ha pasado? Hoy, por ejemplo, estaba yo en el Instituto de Derecho comparado haciendo limpieza de conceptos jurídicos anacrónicos cuando, de repente, el Chivo –así llamo yo a mi teléfono alemán, porque la compañía es Tschibo - ha sonado. Era un mensaje de Leoni, una chica virtual con la que estuve durante más de un año mandándome una media de cuatro emails semanales en alemán y corrigiendo los suyos, que ella, evidentemente, me escribía en español. Pensé que sería la primera persona que conocería al llegar a Alemania, porque ella vive en Worms, un pueblecito que estará a una hora en tranvía más o menos –donde Carlos V enjuició a Lutero, precisamente-. Pues bien, voy a cumplir ya mi séptimo mes en Alemania y todavía no la he visto en persona. Nos habríamos conocido el sábado pasado, pero me puse enfermo. Hoy me ha dejado un mensaje diciéndome que mañana tiene fiesta y podríamos encontrarnos en Karlsruhe. Yo le he dicho que sí, que nos encontraríamos mañana, porque ya va siendo hora. Pues bien, al rato –y aquí viene la casualidad- me llama por el chivo una de mis parejas de tango –Bernadette, con la que estuve bailando ayer un total de 6 horas- para decirme que no puede bailar entre semana y que tampoco puede esperarse hasta el domingo, que había estado buscando en internet un local en el que se pudiera bailar tango el martes y que encontró uno precisamente.... ¡en Karlsruhe!. Así que en cinco minutos se me ha planteado un día alternativo de lujo: conocer a Leoni alrededor de las tres de la tarde y encontrarme cinco horas después con Bernadette, Isabel y su respectivo compañero de tango para bailar en el salón de Karlsruhe. Así no tendría que conocer a Leoni el fin de semana y tendría el sábado libre para estudiar. No obstante, mientras estaba yo regocijándome en la parada del tranvía, me ha mandado Leoni un mensaje para cancelar la cita. Dice que le ha llamado el arrendador para decirle que mañana se pasará al mediodía el técnico para arreglarle la calefacción. Yo he insistido de todas formas en encontrarme con ella, si el técnico acaba pronto. A ver si sale. El ordenador del seminario de la universidad me mandó un nuevo mensaje para decirme que una tal Bettina estaba interesada en conocerme. En cuanto ví el nombre, me vinieron a la mente tres cosas: La primera, un ciclista que siempre me tocaba en las porras que hacíamos en el instituto: un tal Paolo Bettini. Nunca ganaba nada, salvo un año en que no me toco, que se escapó en una etapa de montaña y ganó. Desde entonces no se me olvida su nombe. La segunda imagen que me vino fue la de “Beti la fea”. La tercera fue la mujer de Pablo, el amigo de Pedro Picapedra, que se llamaba Betti. Con estos tres elementos de juicio –mejor dicho, de prejuicio- ya estaba casi convencido de que me encontraría a una chica fea, porque estaréis conmigo en que Bettina suena a nombre de chica fea, ¿no?. Pensaréis que soy superficial, pero es que el hombre se monta sus propios prejuicios incluso a partir de un mero nombre. Va uno todo el camino diciendo: Ummmm, Bettina. ¿Cómo será? Überraschung! Pues bien, en contra de lo pronosticado, Bettina no es fea, sino guapa y –mucho más importante todavía- muy simpática. Está estudiando para ser intérprete. Habla perfectamente el español –con un acento catalán que no sé de dónde le saldrá, porque ella sólo ha estado en Madrid- y el inglés. Estos son los dos idiomas de los que puede hacer interpretaciones en los dos sentidos. Además, también habla algo de francés, y aprende el chino –esto último entre el hobby y el reto personal-. Tiene novio en Madrid –¡katxis!-, de ahí que piense irse a España a vivir en breve. Dice que le alegrará el hecho de tener hijos en un futuro y que éstos tengan dos lenguas maternas. Además, les mandará al instituto inglés para que aprendan bien una tercera. ¡Típico! Todas las traductoras o intérpretes me dicen lo mismo: que quieren casarse con un extranjero para que los hijos sepan más de una lengua. ¡Qué va a querer una madre sino lo mejor para sus hijos!. Yo, que he metido más horas que un sereno en aprender idiomas porque en mi casa sólo se habla latino paladino, lo entiendo perfectamente. También a mí me gustaría casarme –mejor juntarme- con una extranjera para tener hijos políglotas. Sin embargo, la cosa está, de momento, dificililla.
Aunque la verdad es que no me puedo quejar, porque los dos anteriores San Valentines si que los pasé en una relación satisfactoria. Aunque a mi ex (llamémosla Nora, porque esto de “ex” me suena muy frío) le enervara que no tuviera ni el más mínimo detalle con ella. Yo le decía –y era verdad- que el amor estaba ahí a pesar de que no se exteriorizara en forma de rosa, de medallita, o de cena romántica. Y que el fondo importa más que las formas (yo soy de esos tíos un poco fríos y críticos por naturaleza a los que todas estas pantomimas le resbalan, pero ella no, claro). Ahora me arrepiento. Quizá su felicidad hubiera compensado con creces el fastidio que me hubiera supuesto a mi pasar por el aro e ir en contra de mis propios principios. De hecho, contradigo mis principios con bastante frecuencia. No habría estado mal contradecirlos una vez más por ella. Bueno, pues esta vez no se me ha planteado conflicto alguno. No habiendo relación de amor tampoco hay razón para regalar rosa. Muerto el perro se acabó la rabia. Digo que no hay relación de amor porque no hay relación, no porque no haya amor –al menos platónico-. Al igual que los virus del resfriado, Love is in the air , y yo, que, a diferencia de mi abuelo, no me tapo la boca con la bufanda, lo pillo todo, así que, al igual que los catarros, también he pillado en Heidelberg el virus del amor (porque en Heidelberg hace mucho frío, ¿saben?) Yo siempre he definido el amor –desde una perspectiva biológica, que creo yo que es el punto de vista que hay que adoptar cuando definimos procesos que afectan a los seres vivos- como un espejismo inducido por la madre naturaleza para garantizar la procreación. Cuando uno se enamora de una persona atribuye a ese ser cualidades que en realidad no le corresponden del todo . La magnifica, la idealiza, la idolatra. No se tiene ojos para otra y siente como si necesitara a esa persona para dar sentido a su existencia, como si ella tuviera el electrón que completaría nuestra capa de valencia. La definición de “amor” de la Real Academia de la Lengua es muy acertada: amor. (Del lat. amor, -oris ). 1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. 2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear. Como insinuaba, Ich habe mein Herz in Heidelberg verloren –he perdido mi corazón en Heidelberg-. Allá por diciembre del año pasado, por una chica rubia, con ojos azules y noble. Hay muchas chicas con ojos azules en Heidelberg, pero ya no hay tantas chicas rubias y con ojos azules que a la vez sean nobles –yo tengo la inclinación a pensar que la belleza está reñida con la nobleza-, y la nobleza de Johanna –que así se llama- fue el factor decisivo para que en mi interior se encendiera la llama del amor cual velita de catedral cuando uno echa unos céntimos. Sí, me gustan las personas nobles porque yo también soy noble –no como el Konde Lekio- y creo que las personas que comparten los mismos valores se atraen. De hecho, Nora también era –es y será- noble, demasiado noble, quizá, para vivir en esta sociedad de alimañas en la que vivimos (ver el artículo Mileuristas en la sección “Grandes Tratados”). Supe que Johanna es noble por su mirada: una mirada directa, sostenida y penetrante, pero sin rasgo de malicia, altivez o desonfianza. Una mirada transparente. Transparente como el cielo en un tórrido día de verano. Azul como el cielo en un tórrido día de verano. Ahí caí. Fran
Bueno, pues aquél día, excepcionalmente, me desperté a las siete de la mañana, pero no porque de repente Dios me hubiera dado fuerzas extraordinarias (como a Sansón), sino porque el cuerpo me avisaba en forma de mareos y calentón (calentón febril, no del otro) de que algo no iba del todo bien en el organismo (Houston, tenemos un problema!) ¿Saben ustedes? Cuando uno se pone malo mientras duerme, los sueños cambian y se vuelven pesados, no sé, como empalagosos. Lo digo porque estaba yo soñando con alguna historia agradable, de estas entretenidas –no me acuerdo exactamente de qué- y de repente me puse a soñar (ya en el limbo, medio despierto/medio dormido) con las diferencias entre la reserva de dominio en España y en Alemania. ¡Vamos!, que cuando uno se despierta del todo le atribuye el mareo al Derecho en vez de al pollo. Pues bien, antes de levantarme de la cama ya sabía que me marearía y tendría que volver, pero aun así lo intenté. Y así fue: Me levanté, entré a la cocina y, mientras llenaba un vaso de agua, la vista se iba nublando progresivamente, a medida que las nauseas y ganas de vomitar se hacían más explícitas. Tiré el agua del vaso y me lancé a la cama en plancha. Caí como un ladrillo en un colchón. Cada vez tenía más ganas de vomitar, y uno sabe que es inevitable e incluso recomendable. Es una maravilla cómo se queda uno después. Desaparece el mareo automáticamente. Es como si uno se quitara un sargento que le aprisiona la cabeza. Por eso no merece la pena retrasarlo, es como postergar el inevitable desenlace. En esos momentos siempre me acuerdo de botiglioni, que está más acostumbrado a echar la raba que una bulímica. ¿Recuerdan cuando conté que botiglioni no se arrepentía de beber mientras potaba al volver de Elantxobe? Pues todavía más fuerte me parece que alguien beba después de potar o incluso que produzca el vómito para seguir bebiendo. Botiglioni es de éstos. Tengo congelada en el cerebro una imagen de Botiglioni en la que declaraba todo ufano después de haber potado: “¡Qué bien!, me siento mejor, ya puedo seguir bebiendo”. Lo que yo diría en esas circunstancias sería lo que hemos dicho todos en multitud de ocasiones: “Joder! No vuelvo a beber en la vida!. Pero sigamos con la historia: ese día era viernes, el día en que tenía que ir a recoger el certificado del DSH. Incluso pensé por un momento en ir, porque después de vomitar uno se encuentra genial. Sin embargo, fui cauto y me metí a la cama de nuevo. A posteriori supe que hice bien, porque ahí no acabó la historia. Mi estómago devolvía todo lo que le metía, como la pared de un frontón. Y eso que sólo tomaba sorbitos de agua azucarada. Vomité en total unas cinco veces hasta que me recuperé.
Hola, mis ávidos lectores/as Este fin de semana no he podido escribir porque me he puesto enfermo. Si pasamos por alto la “indigestión” que me produjeron las cervezas que me tomé en la fiesta de despedida de Nacho, esta es la primera vez que me pongo malito en Heidelberg. Asi que, si la estadística funciona, no creo que vuelva a enfermar hasta después de volver a España. Como en la ocasión de la cerveza, la culpa volvió a ser ¿del chachachá?. No, mía: la noche del jueves llegué a casa con un hambre de lobos y me dije: “Venga! por qué no te pones a freír unas patatas y unos muslos de pollo y cenas a la española aunque sólo sea por una vez?”. Cuando lo pensé debían de ser alrededor de las 23.00 h –ese día había salido del instituto cerca de las diez-. Me puse a pelar las patatas, redondas, tal y como las freía mi abuela. Unas más finas y otras más gordas, irregulares, bah!! “Date vida, Fran, que si no no te metes a la cama en la vida” –me decía-. Un buen chorretón de aceite de oliva y listo. Las patatas ya estaban friéndose. ¡Pero mira que tardaron, eh?!! Se nota que éstas no son como las de Mc. Cain o como las de bolsa de Maastricht, que se freían en un Santiamén (Patxi y yo decíamos que tenían petróleo). Éstas estuvieron una media hora para freirse. Y yo de mientras dando paseillos por mi diminuta cocina, en círculos, como los que se da un perro antes de acostarse. Cuando saqué las patatas de la sartén eché el pollo. Y ahí mi craso error: el de freír a palo seco dos muslos de pollo cerca de las doce de la noche sin refritos ni rehogaos ni leches, sino directamente en la sartén sobre el aceite de las patatas. Obviamente, le tuve que poner la tapadera, porque aquello sí que parecía un arma de destrucción masiva. Mientras rechisporreteaba (no existe, pero es un recurso estilístico que el autor se permite, vale? J ) el pollo dentro de la sartén, yo me iba comiendo las patatas para que no se me quedaran frías, pero con cuidado de dejar algunas para acompañar al pollo. Destapé la sartén como el apicultor destapa la colmena para dar media vuelta al pollo y lo volví a dejar para que se friera por la otra parte (hasta parecía que el pollo bailaba y todo). Tuve que cerrar la puerta que da al cuarto para que no pasara la humareda que monté.¡Qué cisco! Bueno, llegó la hora de sacar al pollo y yo tenía un hambre que no veía. Estaba doradito-doradito, que diría Arguiñano, pero un poco ahumado. Eché los muslos junto a las patatas que quedaban en los platos y me dispuse a darle entrada. Serían las 00.45 de la mañana. En fin, una cena totalmente insana a una hora insana. No es que el pollo estuviera crudo por dentro; digamos más bien –eufemísticamente- que no estaba uniformemente cocinado. Un poco crudillo por dentro y quemadillo por fuera. Y me lo tragué todo como una fiera de un safari. Un paseo de un par de horas hasta la estación central quizá me hubiera salvado del fatal desenlace que me esperaba, pero como estaba hecho polvo, me puse un poco al ordenador y me fui a la cama a las dos y pico. Mientras yo dormía plácidmente, ajeno a todo peligro, el cerebro debió dar la orden de paralizar la obra y devolver el pedido. Ya os contaré cómo sobreviví en las siguientes entregas de las aventuras de Fran.
Fran El museo de la historia de Alemania II Dije que hoy hablaría de la planta baja del Museo de la historia de Berlín, dedicada en su integridad a la Segunda Guerra Mundial, en la que los nazis protagonizaron las fechorías por todos conocidas. Bien, pues bajé las escaleras y una vez en la planta baja pasé a una primera sala en la que se exponía toda la propaganda política relativa a las elecciones de 1933. Se podían ver carteles de los nazis, los comunistas, el partido del centro, el partido demócrata, etc... Hasta un total de unos 15 partidos. Incluso podía verse una de las papeletas originales en la que los llamados a las urnas decidían su futuro (y el de todo el mundo) ese día. El partido nacionalsocialista encabezaba la lista. Uno se puede quedar durante minutos ahí pasmado, viendo el partido de Hitler encabezando una lista electoral y postulándose democráticamente para detentar el poder. En una vitrina que estaba más al fondo se exponían los uniformes de gala de los dirigentes nazis, tanto los de mayor rango como los de los cabos rasos, supongo. Daba no sé qué ver en vivo y en directo esos brazaletes rojos con la esvástica, algo que todo hijo de vecino ha visto ya en diversas películas y documentales (por cierto, hace poco han sacado una película-parodia del “gran dictador” titulada “ Mein Führer ”). En las paredes de la habitación se exponían vídeos con mítines del entonces candidato a Canciller Hitler. Esta expuesto todo -al igual que en la planta de arriba- en orden cronológico, así que lo que empezaron siendo mítines políticos acabaron siendo los enfáticos discursos incendiarios que todos hemos visto en alguna película o documental. Sólo se veía la imagen. El que quisiera oír al “orador” se podía poner justo debajo de un artefacto con forma de ducha donde se oía claramente lo que decía –aunque yo sólo entendía palabras sueltas: “ meine deutsche Seele ...” A medida que uno avanzaba por la sala se iba introduciendo en la guerra: propaganda anticipando eventuales ataques comunistas, excusas para rearmarse, crónicas de periódicos extranjeros... Había un ejemplar del Herald Tribune –creo recordar- que narraba el primer día de batalla entre rusos y alemanes. Uno contrastaba las fuentes rusas y alemanas y daba risa. Me parece que los alemanes decían haber derribado 1200 aviones rusos y éstos decían que 69 o así. Entre otras cosas, también había un video interactivo que reconstruía la pesadilla de una familia judía, una reconstrucción a escala de un campo de exterminio –aunque poco detallado-, una batería antiaérea (que impresionaba), uno de los obuses con los que ensayaron en Gernika, el motor de un avión del ejército británico, una bomba de media tonelada.... Y, hacia el final, la página de un periódico estadounidense que informaba de la muerte de Hitler. Mereció la pena verlo. Cuando salí me fui a comer unas hamburguesas al Mc. Donald´s, que eran las cinco de la tarde.
El museo de la historia de Alemania Iba caminando yo por la avenida “Bajo los tilos” cuando en verdad lo hacía bajo una virulenta tormenta de nieve. Me acordé en esos momentos de mi abuelo que, en cuanto refresca, lo primero que hace es taparse la boca con una bufanda o un pañuelo, porque dice que por ahí es por donde entran los constipados, catarros, bronquitis y demás enfermedades. Hice, por lo tanto, como haría mi abuelo, y me tapé la cara, casi completamente, con una bufanda de lana que me compré en Budapest. Sólo se me veían los ojos. Llevaba las gafas puestas, no para ver mejor -que también veía mejor-, sino para evitar que los trocitos de hielo que caían del cielo me entraran en los ojos y me molestaran. Iba mirando hacia los lados por si veía algún edificio en el que resguardarme y curiosear al mismo tiempo. A la derecha estaba el edificio de la ópera y a la izquierda la universidad de Humboldt. Me metí en esta última, en el hall, y cogí unos cuantos panfletos con la oferta académica, para luego hojearla en casa (la verdad es que soy muy dado a coger papeles de todos los sitios, sean éstos de lo que sean). Cuando salí de la universidad seguí caminando hasta un edificio que se parecía a un templo griego. En su interior había una escultura de una mujer que miraba hacia el cielo como clamando a la providencia mientras abrazaba a su hijo muerto. Creo recordar que era una escultura dedicada con carácter general a las víctimas de las guerras. El siguiente edificio, imponente, por cierto, era el museo de la Historia de Alemania. Como eran las cinco de la tarde y cerraban a las seis no me mereció la pena entrar. “Volveré mañana”, -pensé-. Al día siguiente, sábado, la entrada al museo era gratuita. El viernes, sin embargo, costaba cuatro euros. Me metí y pedí una guía, de éstas que te comentan las obras que se exponen. Lo confieso: la mayor atracción que ese museo encerraba para mí era el periodo de la segunda guerra mundial. Habría entrado de cualquier forma, pero la principal razón que me llevó allí era, lógicamente, la de ver a los nazis. Empecé, como es lógico, por el principio. La visita al museo estaba ordenada por orden cronológico, así que empecé, cómo no, con las historias de los enfrentamientos entre el imperio romano y los pueblos bárbaros. A continuación había una sección especialmente dedicada a la figura de Lutero, que también me gustó bastante. Ahí estaban una por una sus 95 tesis en contra de la hipocresía, las indulgencias y demás impuestos revolucionarios; el edicto de Worms, que censura sus escritos y lo declara “persona sin honor”, lo cual significaba, entre otras cosas, que le podían matar sin afrontar por ello consecuencia jurídica alguna. Vamos, algo parecido a la declaración de infamia en el Derecho romano. También había bulas papales y diferentes escritos que lo conminaban a retractarse. Uno de estos escritos estaba ilustrado con la hidra, monstruo de siete cabezas que representaba a Lutero y sus no sé qué siete pecados. Habían transcurrido casi dos horas hasta llegar allí y todavía no había visto ni un 20% del museo. Como ya empezaba a tener hambre y no había visto a los nazis, pillé un atajo hasta la planta baja. Sólo me detuve a ver el Código Civil de Napoleón y la propaganda para el reclutamiento de americanos con ocasión de la entrada en la primera guerra mundial. De la sección dedicada a la segunda guerra mundial hablaré en la próxima entrega. De las esculturas religiosas características del periodo de la Edad media, obviamente, paso. Me empalagan. Por cierto, he aprobado el DSH con un 2, siendo el 0 la peor nota y el 3 la mejor. Estoy que no quepo en mí de gozo. Encontrarme esta mañana en la lista de aprobados ha sido como si hubiera llegado a casa y me hubiese encontrado a dos lesbianas, una rubia y otra morena, de curvas perfectas y pechos turgentes, encadenadas a mi cama y dándose un besito.
Fran Ya dijimos que celebraríamos una fiesta en mi casa en caso de que aprobáramos el examen de alemán, y así fue. Invité a mucha gente, pero debido a que por estas fechas los alemanes están de examenes, finalmente sólo estuvimos 7 –que no son pocos-. La que primero llegó, haciendo honor a la puntualidad alemana, fue Steffanie, que sacrificó horas de estudio para su Klausur por participar en nuestra fiesta. Desde aquí se lo agradecemos –Steffie, si me estás leyendo, que sepas que te dejaste el paraguas en la ducha-. Después llegó Nizar, mi amigo palestino, que tomó posesión de su escaño nada más entrar y no se movió de ahí en toda la noche. Mientras yo ultimaba los preparativos en la cocina, el palestino y la alemana –a cual de los dos más tímido- evitaban mirarse a los ojos –parecía que lo hacías adrede-. No obstante, acabaron cruzándose algunas palabras. La tercera en llegar fue Elisa, que traía una tortilla de patata que se había tomado la molestia de hacer. La mesa ya estaba casi preparada. Habia puesto unos bocadillos de jamón serrano (español), jamón ahumado de la selva negra, y queso; una docena de mitades de huevos cocidos con una rodaja de jamón york cada uno y coronados por una aceituna rellena (siempre hago lo mismo); patatas, ala-deltas de esas que se untan en un pringue y... la guinda del pastel: un plato de litzis pelados. Son unos frutos algo más grandes que las uvas revestidos por una fina cáscara erizada como la de las castañas pilongas, de una pulpa blanca extremadamente dulce y con un hueso gigante en su interior. No tienen mucha carne, pero la que tiene está de miedo. Pues bien, puse un plato de Litzis pelados en el centro de la mesa (yo los llamo “alpachuetas”) y unos espárragos, que se me olvidaban. El mexicano llegó con unos 45 minutos de retraso, lo cual debe de ser algo normal en él. Una vez llegó a clase de alemán con 45 minutos de retraso también, y entró con toda la pachorra. Está bien. El stress es malo. Bueno, pues con el vino que trajeron los invitados, la fiesta fue degenerando poco a poco. Nos lo pasamos bien. Hablamos en alemán y español acerca del comportamiento de hombre y mujeres mientras escuchábamos música de todo tipo. Nos echamos unas risas. A eso de la una de la mañana recibí una llamada de un desconocido al móvil. Era Carlus, el chico que quería quedar conmigo para practicar español, Preguntaba si todavía continuaba la fiesta y si podría venir con su novia. Yo le dije que por supuesto –no le había visto en mi vida-. Se presentó al cabo de un cuarto de hora: un tipo simpático que había pasado el Erasmus en Santiago de Compostela. A las tres de la mañana cada mochuelo se fue a su nido. De derecha a izquierda: Nizar, quien, fiel a las prescripciones de la Sharía, se abstuvo del alcohol y del sexo, Fran, Steffanie, Eloy y Elisa.
Fran cantando "losing my religion"; vamos, en su línea. / Fran comiéndose con Elisa a medias un yogur de Granada (de kilo).
Fran satisfecho, tumbado en su catre. Eloy, el mexicano, con Elisa, valenciana.
Hasta la última célula de mi cuerpo se lamentaba amargamente cuando ayer, día 2 de Febrero, sonó el despertador a las 6.15 de la mañana para ir a hacer el examen de habilitación. El examen de habilitación (comúnmente conocido como DSH) te permite acceder a la Universidad y estudiar una carrera en alemán. Ni que decir tiene que hay potenciales estudiantes que se juegan mucho en ese examen. Imagínense que alguien viene con la intención de estudiar una carrera y no logra aprobarlo. Se le pasaría el plazo y tenga que esperar al próximo semestre para reintentarlo. Y mientras tanto tendría que costearse la estancia en Alemania. Si su manutención depende, además, de lo que le manden los padres, la situación sería, al menos para mí, un poco estresante. ¿En qué jaleos te has metido, hijo? Pues ahí estaba yo, con un pie fuera de la cama, apoyado en el suelo, preparándome psicológicamente para izar el cuerpo “a la de tres”. En esos momentos uno se pregunta a sí mismo: ¿pero quien te mandaría apuntarte en la lista de los que hacen el DSH, si ni siquiera lo necesitas? Tendría que haber hecho como el compañero mexicano, que se apuntó en la lista pero al final se arrepintió y no pagó -el examen vale 50 euros-, por lo que no fue. Es que ... ¿sabéis? Yo a veces actúo por impulsos, como las medusas, y cuando pasaron la lista del DSH y ví a algunos osados que se apuntaban (uno de Alaska, una polaca, un finlandés...), dije yo para mis adentros ( neure buruari ): “Y tú, que eres de Bilbao, tú, que has nacido en Bilbao –no en Barakaldo (que es donde nacen todos los que lo hacen por allí), sino en BILBAO-, ¿no te vas a apuntar?. ¡Qué vergüenza para los de tu estirpe, los de los glóbulos rojos sin RH!”. En ese momento reaccioné –como Popeye con las espinacas- y dije lo que siempre digo cuando tomo una decisión más impulsiva que racional: “¡Qué coño!” “¡venga, que me apunto, la ostia, que soy de Bilbao!” Y me apunté. Pues ayer tempranito sentí las consecuencias de esa decisión irracional. No obstante, el arrepentimiento me duró poco. En cuanto uno desafía la ley de la gravedad y se levanta de la cama (como dice el Txus, la ley de la gravedad en esas condiciones de tiempo y temperatura se multiplica por 10) la modorra empieza a disiparse como la niebla matutina y uno se va sintiendo incluso orgulloso de la hazaña. Y desde luego, meterse en la ducha y que te caiga el agua calentita es un verdadero bálsamo. Incluso canté, creo recordar. Cuando salí a la calle todavía era de noche, aunque ya habían puesto los raíles del tranvía. Hacía un frío que hasta se te congelaban las ideas. En el andén de la estación ya había incluso niñas que no habría de tener muchos más de 10 años. ¡Ya levantadas!. Llegué a Neuenheimer Feld con tiempo de sobra. Nunca había estado allí. Es donde los estudiantes tienen las residencias. El examen duró cuatro horas y media y constaba de comprensión escrita, auditiva y redacción. No nos hacen examen oral porque veníamos a través de las Escuelas de Idiomas. En la convocatoria por libre sí te hacen oral. Después del examen me fui a nadar. Luego compré cosas para la fiesta y limpié la casa para que las chicas piensen que soy un chico pulcro y ordenado. El martes salen las notas del examen. Si he aprobado –lo cual creo probable, porque me salió bien, aunque nunca se sabe- montaré una segunda fiesta. Esta vez con más gente. Hablaré de la fiesta de ayer cuando Elisa me pase las fotos. Ya sabéis que jodí mi máquina en Berlín. Fran
Die Party für die von uns und dank unserer Willenskraft, Entschlossenheit und sowohl Hilfe als auch fast unendlichen Geduld unserer jeweiligen tandempartern/innen bestandenen Prüfungen. Evidentemente, ningún alemán formularía una frase así en su vida (que, además, fijo que tiene algún fallo gramatical), a menos que, como yo, simplemente quiera cachondearse de lo enrevesado y a veces artificial de las transformaciones que nos cayeron en el examen del Oberstuffe. Felizmente, fui capaz de transformar una subordinada de relativo en un participio atributivo como Jesús transformó el agua en vino. También tuve éxito en sustantivar oraciones subordinadas introducidas por conjunciones de toda clase. Y no sólo yo, sino también los otros dos representantes de lengua castellana (los hijos de Don quijote, tal y como llaman en Francia a los sin techo) alcanzaron el éxito en esta ardua tarea: Eloy y Elisabeth, a quien agradezco, por cierto, que me haya pasado amablemente las correcciones de una prueba que penqué por no haber estado el día en que se explicó la materia (estaba en Budapest). Había un cuarto hijo de Don Quijote: el maeeeeestro. Sí, el chico chileno que nos emborrachó a mí y a mi amigo Nacho en el Hard-Rock de Heidelberg. Desde que volvimos de vacaciones de Navidad nadie ha vuelto a saber nada de él. ¿Qué le habrá pasado? ¿Dónde se habrá metido? A lo mejor ha conocido a una alemana que le ha enseñado todas estas y más cosas y desde entonces le parecieron superfluas las clases de alemán. A lo mejor se ha pasado al francés. O al griego. Puta, la güeeeeea!!! Tengo, por lo tanto, razones para estar contento. Tener un papelito –cutre, por cierto- que acredita que uno “chana” alemán es algo importante en la carrera – rectius, maratón- hacia profesor universitario. También me puede servir para pescar alguna beca del DAAD –o quizá del ministerio de educación o de asuntos exteriores español- y volver aquí en el futuro. Y para celebrarlo, la correspondiente fiesta: la fiesta de los exámenes aprobados gracias a nuestra fuerza de voluntad, resolución y a tanto la ayuda como la casi infinita paciencia de nuestros respectivos tandemparters. La gracia del título en alemán es que lo de los exámenes va al final y todo lo demás antes, de tal manera que cuando uno llega a lo que de verdad da sentido a la oración -el elemento que más carga semántica tiene- ya se ha olvidado de lo que iba la frase. A la fiesta vendrán, como es natural, Elisabeth y Eloy. La primera con una tortilla de patata y el segundo con una botella de Tequila, nooooo máaaaas!! (es mexicano). También están invitadas Steffanie, una de mis tandempartnerins, que espero que venga; Isabel, que no sé si vendrá –si no viene “comemos sin Isabel” y ya está-; Tanja, que anda estudiando para la Klausur y no puede salir de casa en dos semanas, pero dado que vive aquí al lado es posible que se anime, y Jenny, que no creo que venga, porque es una chica responsable en exámenes y Dios no la dejará “caer en la tentación”. Incluso, en mi inconsciente alborozo, he invitado también a Carlus, y eso que no le he visto en mi vida –no creo que venga-. Johanna me ha confirmado que no vendrá, por razones difíciles de entender (a veces el corazón tiene razones que la razón no entiende) y de las que ahora mismo, como diría Cervantes, “no quiero acordarme”. Pd: Por cierto, dice Johanna que el maestro de tango es de Malasia.
Hola, amigos, ya estoy aquí de nuevo, después de mi periplo por tierras berlinesas. Perdonad que os haya puesto una foto de google images en vez de una sacada por mi, pero es que a mi cámara de 50 euros se le “congeló la imagen” –nunca mejor dicho- cuando intentaba sacar una foto a la puerta de Brandemburgo y desde entonces no ha vuelto a funcionar. Ya sabéis: lo barato acaba siendo caro. Nada más llegar a una de las avenidas principales (Bajo los tilos) me tuve que comprar unos guantes y un gorro en una tienda para turistas desprevenidos como yo, porque hacía un frío que se te congelaban las manos literalmente. Incluso una vez con los guantes puestos las seguía teniendo frías. Al lado de la puerta de Brandemburgo había, de hecho, un tío con una especie de cuádriga tirada por Alaska malamutes o como se llamen los perros éstos que tiran de trineos. Después de tomarme un café con leche y un donut en un Starbucks (4.50 euros) desde el que se veía la famosa puerta –y también a unos mimos que daban vida a un muñeco articulado que saludaba a los turistas desde la otra parte del cristal- me fui a ver el parlamento alemán. A la puerta del Bundestag había un tío delante de un carrito de esos que llevan los que venden hot dogs , pero que en realidad daba panfletos para los que visitaran el parlamento. Se le habían acabado los que estaban en español y pedí uno en inglés. Después de esperar veinte interminables minutos en las escaleras que dan acceso al imponente edificio entré al hall del parlamento con la premura de quien sale de un frigorífico. Dejé todas mis cosas encima de la bandeja de los rayos X y pasé el control. No pude sentarme en los escaños (en realidad son butacas azules como las de un cine), pero sí pude ver el recinto donde discuten los parlamentarios a través de una cúpula de cristal enorme que se alza unos 200 metros por encima del pleno del parlamento. También se ve al águila, que pesa más de 100 toneladas –y yo que creía que era un grabado en el cristal...-. Ese día me comí un filete de cerdo mal albardado con dos trozos de queso por encima que se derretían y dos rodajas de limón.¡¡Imagináos que plan!!. Menos mal que, al menos, me pude poner cerca de la calefacción para entrar en calor. Desde dentro de veía la avenida “ Unter den Liden ” totalmente nevada y a la gente abriéndose paso entre las ráfagas de viento, que traían trozos de hielo que parecían cristalitos pulverizados que irritaban la cara que no veas. Como si a Dios se le hubiera roto la vajilla ese día. A la tarde me volví a casa pronto. Sólo ví por fuera el edificio de la ópera, el museo de la historia de Alemania, y la Universidad de Willhem von Humboldt, a la que también entré. Al museo de la historia, no obstante, volví el día siguiente.
Quedé en hablar de nuestro peculiar profesor de tango: se trata de un hombre o chino o japonés (no sé distinguirlos por sus rasgos). Apostaría que es japonés. La verdad es que me resultó extraño encontrarme a un japonés enseñando a bailar tango en Heidelberg, aunque he de decir que el hombre baila perfectamente, tal y como pudimos apreciar en una demostración que nos hizo con la que creo que es su mujer –que asiste a su marido en la enseñanza-. Además, tampoco hace falta saber bailar muy bien para dar clases a un grupo de aprendices como nosotros, pero ya digo que este hombre “domina la materia” (al menos eso parece, visto desde la perspectiva de un lego como yo). Bueno, pues ahí estábamos todos dando vueltas en círculo en sentido contrario a las agujas del reloj con el japonés en el centro observándonos como el maestro de Kung-fu a Daniel Sanz. De hecho, hasta que no nos emparejamos, aquello parecía más un calentamiento de las clases de Taekwondo a las que yo asistía de pequeño que una clase de tango, máxime si uno reparaba en que la camisa gris que llevaba el monitor llevaba grabado en color gris más pálido nada más y nada menos que ... ¡un dragón! Sólo le falta al profesor la perilla de chivo y a nosotros ponernos a dar cera y pulir cera en el parqué para que aquello parezca una clase de algún arte marcial oriental de estos raros. De hecho, cuando el profe observa algún fallo en la forma de agarrar a la pareja de la mano y te la coge para enseñarte cómo “tomarla”, da la sensación de que te va a enseñar una técnica para parar algún golpe. Me recuerda a cuando mi maestro de Taekwondo, Antonio, me decía que para dar puñetazos hay que tener el dedo gordo por fuera de la mano, porque si no te lo puedes romper. Bien, amigos. Por hoy no escribo más, porque mañana me voy a Berlín y tengo muuuuuuchas cosas por preparar todavía. No os podéis hacer una idea. Y ya es la una de la mañana. Fran
Por recomendación de mi amiga la evangelista me he apuntado a un curso de tango de diez sesiones, de hora y media cada una, que me ha costado –por ser estudiante- 112 euros (más o menos como lo que cuesta una clase de inglés particular). Ya había participado en alguna ocasión en un par de clases para aprender los pasos básicos, y he decidido apuntarme finalmente porque es bastante relajante y porque el saber no ocupa lugar (aunque quite bastante energía). ¡Quien sabe! Quizá algún día incluso pueda lucirme delante de las féminas en algún salón de baile, cual pavo real. Pues ni corto ni perezoso me metí en la página web ( www.condetango.de ) y busqué el curso de principiantes (los lunes o domingos de 20.45 a 22.15). Un requisito para poder participar es tener una pareja de baile, pero parece ser que ese no es problema para un hombre, porque siempre hay más damas que varones disponibles. El curso empezó ayer, lunes, aunque el domingo ya tuve ocasión de participar en una clase gratuita para que la gente probara antes de apuntarse. Yo ya sabía que tendría pareja -me lo comunicaron por email-, así que ni me molesté en buscarla en el servicio de emparejamiento que ofrece la página web. Simplemente aparecí por el piso donde se dan las clases y allí estaba el profesor, esperándome con una chica, la única que no tenía pareja. El profe me preguntó el nombre para localizarme en la lista y me dijo que la chica que estaba al lado sería mi Tanzspartnerin , a lo que yo asentí ufano con una sonrisa de oreja a oreja, como la que se le pone a un perro cuando le enseñas un solomillo, porque realmente me habían asignado un buen género. La chica se llama Tina y es algo más baja que yo (ella llevaba tacones y yo las zapatillas más cómodas y flexibles que tengo, casi sin suela). Iba toda vestida de negro, muy elegante (no como yo) y tenía unos ojos muy bonitos, como la mayoría de las alemanas. Además, los llevaba muy bien pintados (muy mal hay que pintarse para que los ojazos que tienen éstas por aquí no destaquen). Si los tuviera que describir (un soneto me manda hacer Violante, en mi vida me he visto en tal aprieto...) diría que son como si uno hiciera un corte transversal a una aceituna deshuesada, la colocara sobre un pedacito de mar en calma y recortara el contorno. ¡Asín! ¡¡Como para hacer caso al profe y mirar por encima de su hombro derecho!! Ya hablaré del profe en el próximo blog, que es un tío muy gracioso. Fran
Dice Botiglioni, quizá expresando el sentir general de mi círculo de amigos, que los blogs de Fran se están haciendo cada vez más serios y que ya no divierten como antaño. Es cierto, lo reconozco: puede que se me esté contagiando la seriedad que caracteriza a los alemanes. Ellos echan de menos los blogs de ligoteos, erotismo (si es que alguna vez los hubo) y chicas malas que se cuecen boca arriba en las saunas. Pues ahí va uno de los que reflejan la faceta más divertida de Fran: sus innumerables despistes. Érase una vez, que el Fran entró en su madriguera después de un agotador día de trabajo como cualquier otro: como un toro cuando sale del redil. Llego a casa más cargado que Gaspar en la víspera de Reyes, con el ordenador en una mano, una bolsa verde donde llevo los libros y apuntes en la otra, y la mochila con la ropa de las piscinas en la espalda. Ni que decir tiene que mi habitación estaba hecha una leonera (desde que he vuelto de España el 8 de enero hoy ha sido la primera vez que la he ordenado en condiciones). Pues bien, después de cenar y de estudiar alemán preparé las cosas para el día siguiente (si las tengo que preparar por la mañana, directamente no me levanto). Para conciliar el sueño, suelo leer un libro, porque la historia me distrae y así no doy vuelta a todas las tareas que me presionan –y si el libro es en inglés me quedo más tranquilo, porque así mato dos pájaros de un tiro: me logro dormir al tiempo que repaso inglés-. Pues hete aquí que me levanto al día siguiente y ... ¡no veo las llaves en la mesa!. En un primer momento no me inquieté, porque es normal en mí no encontrar las llaves a la primera, pueden estar en muchos sitios. Pero mi intranquilidad fue en aumento cuando veía que no las encontraba debajo de los papeles que andan por mi mesa –como si el tornado hubiera pasado por aquí, de hecho-. Me puse a revolverlos como una gallina revuelve un montón de estiércol en busca de gusanos, pero no hallé las llaves. Tampoco estaban en el gancho de la placa de aluminio que hay colgada en la pared según entras, ni en la cerradura. Las busqué en los bolsillos de la chaqueta –ya me estaba empezando a mosquear- y finalmente en la mesa pequeña donde solía comer. Pero nada. Las llaves no aparecían. Miré de reojo al fregadero y al baño por si acaso y rebusqué otra vez en todos los lugares que había buscado antes, pero nada. Ni rastro de las llaves. Estaba seguro de que no las había perdido por ahí porque de hecho yo estaba en casa, luego las habría tenido que utilizar por necesidad para entrar. En ese momento se me encendió la bombilla : “¡ a que están en la cerradura! (por fuera)”. Y ahí estaban. Así que ya veis: he pasado la noche con las llaves colgadas de la cerradura, por fuera. Doy gracias a Dios –es un decir- por que en esta nuestra comunidad vivamos gente muy disciplinada, que si no... ¡Imaginaos!: Podría haber entrado un efebo enmascarado con los huevos anillados y haberme barrenado el ano látigo en mano, así, por la tontería. O podría haber entrado alguien y haberse llevado el ordenador. O todavía peor: podría incluso haber entrado alguien con muy mala leche y haberse llevado las tablas de la declinación del adjetivo, y ¡a ver cómo iba a hablar yo!. Fran Me siento como si un enjambre de abejas encolerizadas me picotearan el culo o como si un dromedario sirio me mordiera un huevo mientras me agacho a coger agua en un oasis cada vez que veo los anuncios en la tele de las típicas entidades financieras que te salvan la vida prestándote 3000 euros a una tasa de interés usuraria que, en la mayoria de los casos, sobrepasa el 20%. En los reclamos publicitarios siempre aparece un tío (llamémosle Pedro) todo deprimido que parece no encontrar sentido a su vida, cuando de repente... una mano misteriosa que bien podría ser la de la providencia aparece de la nada con un fajo de billetes para aliviar las penas del atribulado Pedro. Con 3000 euros en el bolsillo –y una deuda que crece como una bola de nieve que se precipita por una ladera- Pedro ya es feliz de nuevo: ahora puede pagar la entrada de un coche, irse de vacaciones o comprar ego en alguna joyería. El anuncio sigue: Mientras la mano redentora sale del cielo como si trajera el maná, una voz estilo Constantino Romero te dice: ¿se imagina todo lo que podría hacer con 3000 euros más? -falacia gorda donde las haya, porque ahora nuestro Pedro tiene una deuda que antes no tenía-. Hombre, sí que se pueden hacer cosas con 3000 euros, pero de ahí a que tengas que pedir un crédito al 24% TAE para hacerlas, es como para pensárselo, ¿no? Porque, además, la mayoría de las cosas que se pueden hacer con 3000 euros son prescindibles. Podría cortarse un poco la gente antes de acudir a esos usureros. En el anuncio versión tía se hace incluso una comparación muy gráfica: en un primer momento aparece Eva deprimida. El día es gris y en el bolsillo no le queda ni un duro. Sin embargo, tras aparecer la mano del fajo, sale incluso el sol. Se la vuelve a ver a Eva rodeada de bolsas, con zapatos nuevos, un collar y una sonrisa de oreja a oreja como la de Cameron Díaz. Ya veis cómo retratan a las mujeres: como unos seres cuya felicidad depende de si se pueden ir de tiendas. Y en algunos casos será así y todo.
Si antes hablo, antes me confundo. El sistema informático de la Universidad de Heidelberg me ha pasado el primer mensaje que me llega de un tío que quiere quedar conmigo. El mail reza como sigue: „Hola , Fran soy Carlus, un estudiante aleman de Heidelberg y encontré tu correo en la programma tandem de la ORE. Bueno, yo busco un intercambio para hablar español y hacer cosas, no sé si estás buscando aún. Porqué no quedamos un día para tomar algo ? Mi telefono es 06221 72773?? –censurado por respeto a la intimidad-. O por email . Hasta luego Carlus” La verdad es que, leído así, a primera vista, parece que este tal Carlus –nombre simpático donde los haya- puede querer algo más que aprender español, ¿qué será eso de “hacer cosas”? Si se trata de ir a meditar a un centro budista, de nadar, de ir al gimnasio y ayudarnos a levantar las pesas, de echar partidas de ajedrez, de subir en bici hasta la punta del königstuhl o incluso de acudir a fiestas nudistas, no tendría ningún problema, pero si se trata de otra cosa... Igual pienso de esta manera porque la última vez que un tío me propuso de manera tan repentina “tomarnos algo” estaba yo pasándome la toalla por las ingles en las duchas del gimnasio de La Latina –de infraestructuras franquistas, dicho sea de paso- y ciertamente puedo asegurar que lo propuso con lo que los penalistas (los del Derecho Penal, no los del pene derecho) llaman “ánimo libidinoso”. Yo le respondí con toda la naturalidad que no me iba el tema, que desgraciadamente “sigo siendo heterosexual” -como dice la canción- y que además, tenía novia. Pues bien, después de considerar pros y contras he decidido hacer un hueco en mi agenda para Carlus (suena a gladiador romano, eh?). Pero sólo en mi agenda. Además, mañana había quedado con Steffanie.
Ayer fui al cine a ver una película que se titula “El amor no necesita vacaciones”, protagonizada por Cameron Díaz –cómo me gusta esta actriz-, Kate Winslet, Jude Law y Jack Black (estoy copiando los nombres de los actores, eh? A éstos dos últimos no los conocía). Trataba de dos mujeres que se despechan al mismo tiempo, la una porque pilla a su marido en una mentira y la otra porque el chico del que siempre ha estado enamorada se casa con otra. Así que las dos deciden tomarse un respiro. Se meten a internet, a una página en la que se cambian casas por un fin de semana, se ponen en contacto y, ni cortas ni perezosas, se van respectivamente una a casa de la otra. Me recuerda a cuando yo me vine ni corto ni perezoso a casa de estas dos chicas de Dossenheim cuando vine a Heidelberg, o cuando el Txus y yo pasamos una noche en casa de Susi, la chica alemana que nos preparó la cena, nos dio vino, Martini y champán para beber, nos montó una fiesta y nos cedió todo el salón para nosotros. O, ¡cómo no!, a cuando Nacho y yo nos quedamos a dormir en Stuttgart, en casa de Philipps y de su novia –según informaciones de Nacho, que debió de tener puesta la antena, debieron de echar dos polvos mañaneros. Qué energía la de Phillips!. No me extraña que las bombillas sean tan buenas.- Bueno, pues a lo que íbamos. ¡Qué sociedad tan idílica la que nos retratan los estudios americanos, eh?! Con razón se decía en algún documental francés que ví una vez –uno en el que se negaba que el hombre hubiera llegado a la luna- que los estudios cinematográficos se encargan de crear sueños. Imagínense por un momento que el sueño que se representa en la película de Cameron Díaz se hiciera realidad. Gente que, cansada de competir con el vecino a ver quién de los dos tiene más poder adquisitivo, decide ir a conocer a una persona al otro lado del mundo en vez de irse a un hotel con campo de golf recién construido en una zona costera recién recalificada por un alcalde recién elegido que recientemente acaba de ingresar en prisión (¡qué rápido pasan las cosas!). Imaginemos que una pareja estadounidense, en vez de aislarse en el lujoso camarote de un trasatlántico, deciden alojarse en casa de unos indios, venezolanos, chilenos o iraníes (unos iraníes que hablen inglés no pueden ser muy radicales) que no conocen, simplemente para conversar: para conocerles, para que les enseñen dónde viven y qué es lo que hacen, qué piensan de Ahdmadineyad o de las armas de destrucción masiva. La gente no hace esto, sino lo que le sugiere Ramón García (que, encima, lo hace pagado). Además, si fueras con los iraníes... ¿Cómo ibas a explicárselo al vecino? ¿cómo ibas a explicárselo a la sociedad? ¿dónde están las fotos? ¿dónde iba a estar tu estatus?
Desde que llegué y puse mi nombre en el ordenador que hay en el seminario de la Universidad diciendo que sabía español y que me ofrecía para mantener conversaciones biligües con gente que esté en la situación inversa han aparecido en mi correo, al menos, cinco mensajes. Todos de tías (ni que decir que, de haber sido tíos, habría acudido igual de gustosamente a la cita, pues a mi lo que me interesa es el alemán, y para eso tanto me sirve un tío como una tía). Pues bien, yo he clasificado a las tías en dos clases: “muros de Berlín” y “las que vienen de Maloooca”. Las primeras son aquellas a las que vas a saludar el primer día que te las encuentras al estilo español (esto es, dando un par de besos) y en cuanto te ven las intenciones, se apartan como el boxeador que esquiva un gancho. Yo he llegado a conocer a una a la que le extrañaba incluso que le dieras la mano. Decía que, para saludarse, “ellos” siempre dicen “Hallo” y que las manos o las muestras de afecto las reservan para los amigos/as. Ahora bien, yo sé de buena tinta que eso no es cierto en todo caso, porque he conocido alemanas que se comportan de otra manera diametralmente opuesta. Las que vienen de Malooooca, sin embargo, son chicas que incluso me han llegado a sorprender por su simpatía. Pertenecen a este grupo las que te reciben con una sonrisa y con los brazos abiertos como si fuera el reencuentro de Marco con su madre. Y no sólo te dan un abrazo, sino que también te dan dos besos al estilo español. Es decir, te saludan como si fueras un amigo de toda la vida. Tengo “tandem-partners” de las dos clases, y debo decir que las “muro de Berlín” no evolucionan. Hay una que conozco desde hace varios meses y a la que saludo con dos besos. Ella da dos besos al aire todavía con reticencia (no digo que me los dé a mí, pero podría besar al aire con alegría, como las señoras mayores hacen que se besan en España). No dejo de saludarla con besos para que no se sienta ofendida. Lo más paradójico es que, luego, hablado con ella, me dice que tendría que haber más roce en la sociedad y no estar todos tan cohibidos. Cualquiera las entiende!
Voy siguiendo lo de la manifestación de Bilbao por los titulares telegráficos que me aparecen en el correo de Yahoo, pero como ya sé de qué pie cojea cada partido, o como “a buen entendedor pocas palabras bastan”, sobra con leerme los titulares para adivinar las razones de por qué cada partido actúa como actúa. Se veía venir. Como decía Manrique, “si juzgamos sabiamente daremos lo no venido por pasado”. Está claro que el PNV, que hasta ahora no había tenido mucho protagonismo en el proceso de paz, ha querido rentabilizar políticamente de alguna manera la repulsa de “los vascos y las vascas” al atentado de ETA y se ha sacado de la chistera una manifestación con un lema que incomodara tanto a peperos como socialistas pero que no estuviera lo suficientemente alejado de sus respectivas posturas –sobre todo, de la del PSE-. Contaba con que mucha gente iría a la manifestación a pesar de no estar del todo de acuerdo con el lema (en cualquier caso irían a la manifestación más personas de las que conforman su base social, con lo que se asegura no hacer el ridículo en ningún caso). De hecho, así lo manifestó Patxi López: que el PSE apoyaba e iría a la manifestación a pesar de no estar de acuerdo con el rótulo –así que irían a regañadientes-. En verdad el PSE estaba en una encrucijada: -Si apoya la manifestación causará estupor entre sus votantes, que en su inmensa mayoría ven con malos ojos que siga la negociación (pues a la gente le entra por lo ojos la foto de Patxi detrás de una pancarta en la que pone “diálogo” y se le olvidan las declaraciones (una imagen vale más que mil palabras). -Si, por el contrario, no iban a la manifestación, todo el protagonismo se lo llevaría el PNV –a cuya manifestación irá mucha gente del PSE-, y, además, su postura no se diferenciaría apenas de la del PP, que posiblemente lo utilizaría para seguir confundiendo: “los socialistas vuelven al pacto antiterrorista” o algo así. Pero he aquí que ha habido un factor sorpresa, y es que Batasuna, que tiene un miedo atroz a quedarse aislada, se quería apuntar a última hora a la reunión de amigos, porque dicen estar por la paz –a pesar de no haber condenado el atentado-. Esta postura de Batasuna ha echado por tierra la iniciativa de Ibarretxe, cuyo principal activo político es que se diferencia de Batasuna en su repulsa a la violencia, por lo que no le viene nada bien que se le vea en la misma manifestación con Arnaldo y los suyos. Así que, ni corto ni perezoso, ha cambiado el lema de la pancarta para excluir a Batasuna y seguir manteniendo al PSE en la encrucijada. Ahora el lema debe de ser algo así como: “Por la paz y el diálogo. Exigimos a ETA que renuncie a la violencia.” Una pancarta a medida. Algún día van a poner letra pequeña, como en los formularios de los bancos. O notas al pie. Ahora el lema le viene mejor a los socialistas, porque la palabra diálogo, que es la que a ellos les molesta, queda un poco más diluida con la última aposición. A los del PP ni les va ni les viene, porque ellos no quieren ver el diálogo ni en pintura, y ellos se mostrarían más rotundos contra ETA. La del PP sería algo así como: “Por la paz y con |